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Los puentes de Königsberg, de David Toscana

Elena Méndez

2009. 70 años han transcurrido ya desde el inicio de la II Guerra Mundial, acontecimiento que cambió la historia de la humanidad, por sus consecuentes transformaciones políticas, económicas, sociales, geográficas. Dicha guerra culminó en 1945, año en que David Toscana sitúa su novela Los puentes de Königsberg.

Königsberg, actualmente Kaliningrado, formaba en ese entonces parte de la región septentrional de Prusia, estado que habría de desaparecer. Toponímicamente, Königsberg significa ‘monte real’, lo que permite una relación con Monterrey, ciudad presente en todas las obras toscanianas.

Además de la sempiterna obsesión del autor por su lugar de origen, en este libro encontramos los visos onettianos y cervantinos que caracterizan su estilo. Onettianos, por el absurdo a que parecen estar condenados sus personajes; y cervantinos, porque estos mismos personajes son tan idealistas como el Quijote, cuyas batallas están perdidas de antemano.

La estructura de la novela es compleja, ya que no sólo juega con la espacio-temporalidad, sino que existen dos voces narrativas: una en tercera persona y otra más, la del narrador protagonista, Gortari.

Este chico se esfuerza en resolver un problema matemático, el de los puentes de Königsberg, ciudad cruzada por siete puentes que conectan dos islas atravesadas por el río Préguel. El dilema, creado por el suizo Leonhard Euler, consiste en recorrer todos los puentes sin pasar por ninguno dos veces.

El empecinamiento de Gortari en resolver el problema va más allá de un promedio elevado, ya que le sirve como pretexto para acercarse más a su maestra, Andrea, una mujer de carácter férreo, quien le advierte que el acertijo carece de solución. La maestra utiliza el dilema para hacer partícipe al chico sobre la Guerra, mostrándole la importancia que tienen los puentes para la defensa de una ciudad. De esta manera, ambos identifican entre sí diversos paralelismos entre Königsberg y Monterrey, aunque esta última tenga sólo un puente, el San Luisito, y su río Santa Catarina no sea más que “una grieta por donde a veces pasa el agua”.

Gortari tiene desaparecida a su hermana mayor, Marisol, de 14 años. Éste se vuelve otro dilema similar al de Königsberg, dado que se carecen de pistas para encontrarla a ella y a otras niñas desaparecidas.

Un grupo de parroquianos del Lontananza rinde homenaje a estas jovencitas, representándolas con botellas de diversas bebidas alcohólicas. Se trata de Floro, Blasco y un enigmático Polaco. Acaso el más singular de ellos sea Floro, un actor aficionado que mezcla diversas tramas y personajes durante sus representaciones: puede a un tiempo ser “rey y cartero y bachiller y donjuán y amante celoso y estrangulador de prostitutas y alcalde de Zalamea y muchas cosas más”.

Floro, Blasco, el Polaco, Andrea y Gortari, inmersos en su propia realidad, urden la defensa de Königsberg, asediada por el Ejército Rojo. Gortari asume la identidad del soldado Ernst Tiburzy, mientras que Floro hace lo propio con la del general Otto Lasch, ambos a las órdenes del Führer.

Se acerca el fin de la guerra, mas la evocación de las niñas muertas, víctimas de esta u otras batallas, nunca cesa…

Toscana traslada de norte a norte la guerra, con sus delirios, sus absurdos, sus fantasmas. Un entrañable derroche de imaginación hace las veces de cosmos en medio del caos. [David Toscana, Los puentes de Königsberg, México, Alfaguara, 2009].


Para saber más sobre David Toscana

David Toscana nació en Monterrey, Nuevo León, en 1961. Primero obtuvo el título de ingeniero industrial y de sistemas en el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM), pero luego se volcó hacia la literatura, a partir de los 29 años. Su escritura reconoce influencias diversas (Cervantes, Calderón de la Barca, Onetti, Donoso), pero es considerado como uno de los escritores más originales de su generación. Sus temas suelen incursionar en el fracaso y la soledad. Entre sus obras publicadas –y traducidas al árabe, alemán, griego, sueco, serbio e inglés–, se cuentan cinco novelas: Las bicicletas (1992), Estación Tula (1995), Santa María del Circo (1998), Duelo por Miguel Pruneda (2002) y El último lector (2004), además de un libro de cuentos: Historia del Lontananza (1997). Formó parte del International Writers Program de la Universidad de Iowa en 1994, del Berliner Künstlerprogramm y del programa de becarios del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes de México. El Premio Antonin Artaud le fue concedido en 2005 por su obra El último lector, y el Premio Casa de las Américas de Narrativa José María Arguedas, en 2008, por El ejército iluminado.


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