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Conjuros (61-70)

Con el apoyo del FONCA y CONACULTA, a través del Sistema Nacional de Creadores de Arte.


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70. Océanida

Un deslumbramiento la bahía. Un deslumbramiento la memoria. Avanzo entre ellos el deseo, agudo como una daga.











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68. Los amorosos

–Salud, camarada –dijo el marinero ilustrado, con el vaso de ron en alto, pero el hombre de los anteojos y las barbas no contestó. Era una tarde larga y nublada y fría, y el profesor, si acaso lo era, pero todos en la isla lo llamaban así, la veía llena de palmeras.

–Hoy, ¿no vamos a charlar? –preguntó el marinero, que hacía largo rato intentaba que su compañero hablara. Pero el hombre de los cuadernos no se volvió para verlo, ni admiró el sol vacilante que era el vaso de ron. Apoyó los codos en la mesa; agitó la cabeza y una racha le arrastró hacia tierra las palabras que no había pronunciado.

–No es para tanto –dijo el marinero, sin creer lo que decía, y se sentó en otra de las mesas, balanceando las piernas-. Ya verá que su sirena…

El profesor se encogió de hombros, como si no le importara o no quisiera escuchar. El marinero alzó la mirada y sorprendió una estrella entre las nubes. Se puso de pie y avanzó vacilante hasta el barandal de tablones.

–Los amorosos –murmuró, aguzando la memoria– andan como locos porque están solos, solos, solos, entregándose, dándose a cada rato, llorando porque no salvan al amor.

El hombre de los libros apoyó en las palmas abiertas la cabeza agobiada. Fuera del pueblo, grandes nubes atracaban en la sierra, pero ellos no las veían.

–Les preocupa el amor –dijo el marinero alzando la voz por encima de las olas que estrellaban en la escollera–. Viven al día… siempre se están yendo… no esperan nada… pero esperan. Saben que nunca han de encontrar.

El profesor se quitó los anteojos y recostó la cabeza en los antebrazos cruzados. Cualquiera habría pensado que estaba borracho, pero esa tarde el hombre de las barbas no había bebido y, además, la cantina estaba desierta. El marinero apuró el vaso y lo miró perplejo porque la memoria le escondía algunos versos. Volvió a la silla. Quiso servirse más ron, pero la botella estaba vacía. Sintió frío. Se puso de pie y entonces tropezó con las palabras que buscaba. Las dijo entre dientes para que el profesor las escuchara como si no le fueran dirigidas:

–Los amorosos son los insaciables, los que siempre, ¡qué bueno!, han de estar solos.

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67. Fray Matías el Mudo

Más allá de Tecpan y Capultzinco, del otro lado del río, antes de llegar a Los Planes, al pardear la tarde llegamos a la capilla, disimulada en un platanar. En otro tiempo anexa al casco de La Poza, se alza ahora con su torre chata y la espadaña rota. Los murales que cubren el coro, admirables, tantas veces descritos, no nos detuvieron. Claudia me llevó de la mano por la estrecha escalera de piedra hasta el pasadizo. Tuve que habituarme a la oscuridad para distinguir las figuras.

–Fray Matías el Mudo, en una noche… –susurró Claudia alzando la mano hacia el fresco.

Vi en lo alto la estrella, en un cielo cuajado de luceros, sobre la aspereza del monte, la oquedad en la peña, el rostro borneado de María, el resplandor del Niño, la silueta bendita de José. Y abajo, con un calosfrío, una multitud de demonios –garras, colmillos, alas membranosas, ojos inyectados, colas serpentinas– en actitud de adoración.

–No volvió a pintar nada –dijo Claudia a mis espaldas, cuando íbamos de salida–; después de esa noche volvió a hablar.

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66. El enemigo

Uno da las buenas noches. Besa a papá. Besa a mamá. Pide un vaso de agua. Que le bajen un libro. Se esconde detrás del sillón. Finge que está dormido. Besa a mamá. Pide otro vaso de agua. Forcejea con papá. Pide que le lean un cuento. Que le desabrochen el cinturón. Dice que ya se va a la cama. Pide que le den un muñeco. Besa a papá. Pide que le muestren las fotografías que vieron en la tarde. Quiere salir al patio y ver las jaulas de los canarios. Pide otro vaso de agua. Gimotea un poco. Besa a mamá, que ya no quiere que uno la bese. Pide que le presten la cinta de medir. Besa a papá. Promete irse a dormir en cuanto vuelvan a contarle cómo aprendió a caminar.

Uno tiene solamente dos manos, dos brazos. Cuesta trabajo llevar el libro, el muñeco, la cinta, una foto, un vaso de agua. Camina despacio, como si no quisiera irse jamás de la sala.

Finalmente llega al pasillo. Uno sabe que el otro está allí, agazapado al extremo del corredor, en la oscuridad.

Uno entra al pasillo y entonces lo ve. Lo ve venir del fondo del corredor. Lo ve remedar los movimientos que uno hace. Caminar con el mismo paso. Uno cierra los ojos. Lo escucha respirar. Lo siente más cerca. Cada vez más cerca. Uno abre los ojos. Lo ve con la mirada fija. Uno se detiene frente a él. Podría tocarlo. Uno le sostiene la mirada. Lo ve con un libro, un muñeco, una cinta, una foto, un vaso de agua. Lo ve pálido, dueño de la noche, dueño del silencio, del otro lado del espejo.

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65. Espejo doble

Las ramas del pirul y los luceros llenan la alberca. La ventana se abre sin luz en la torre. Antes de pisar el agua, la miro sosegada y oscura; sé que voy a llenarla de reflejos.

Rebota el agua en la tina hasta que se ahoga. Luego crece muda y transparente, con un murmullo que parece venir de otra parte. Te ves en ella a oscuras, alzada sobre la ciudad. Dejas que se aquiete, pero no el ardor de la piel.

A un mismo tiempo, rompemos sin ruido las quietas superficies: la bañera en la torre, el estanque en el jardín. Nos tendemos boca arriba, cerramos los ojos, echamos atrás la cabeza; al tiempo de entrar al agua mis/tus oídos saben que dices/digo mi/tu nombre.



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64. Como en el sueño

Un silencio largo cayó sobre el mar, púrpura y oro. En el malecón vacío, el semáforo, en ámbar. La cantina estaba llena de bebedores contemplativos.

–Lo veo triste –dijo el marinero ilustrado, con el vaso de ron en la mano. El profesor alzó la botella de cerveza y bebió.

–No diga nada, déjeme ver –siguió el marinero-, su sirena ¿hace mucho que no la ve?

Un mesero les llevó otra cerveza y otro vaso de ron. La tarde se iba poniendo malva.

–No se achique, camarada –continuó el marinero–. A veces sucede así.

El hombre de las barbas se quitó los anteojos y se volvió hacia su compañero de mesa. Pareció que algo iba a decir.

–A veces la vida se nos aquieta –añadió el marinero que buscaba en vano la voz de un poeta que ya lo hubiera dicho- como la espera, o… Lo impaciento, ¿verdad?

El profesor sintió frío y se frotó los brazos.

–¿Nos juntará la vida, como en el sueño? –preguntó el marinero, retóricamente.

–Una sirena que vale la pena –dijo por fin el profesor– jamás se deja alcanzar.

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63. De madrugada

–¿Me regalas un beso? –la escuchó a sus espaldas; la voz que buscaba su nuca para esconderse. No abrió los ojos. No se movió.

–Bésame. No te hagas el loco –sintió el aliento tibio, la caricia del susurro, la proximidad del cuerpo desnudo. Con los ojos cerrados vio la alcoba en sombras, las cortinas jaspeadas con la sospecha del día.

–¿Vas a despreciarme?

Se removió, así de lado, como estaba, con las piernas encogidas, y clavó la barbilla en las sábanas. Tenía puesta en la piel la memoria de sus manos, y en los labios la huella de sus pezones, y entre las piernas el tacto de su humedad. Aspiró la atmósfera de sombras y se llenó el cuerpo del sabor de tantas veces, de tantas madrugadas.

–No me niegues tus labios –dijo la voz, como en otros amaneceres. Su timbre anunciaba el temblor de aquel cuerpo tan minuciosa y febrilmente explorado.

Abrió los ojos, escuchó trinos, sintió que las tinieblas eran cada vez más leves. Enardecido, se volvió, alargó los brazos en el vacío.

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62. Santa Tirana niña

Desde la infancia, Tirana ganó fama de santa. Un día supo que en un templo abandonado se guarecía una serpiente alada que se cebaba con los viajeros que iban o venían de Hirápolis. Con sólo la señal de la cruz, la niña forzó a la alimaña a retirarse al desierto. Otro día, cuando Tirana predicaba a un grupo de peregrinos, hizo erupción un volcán, cerca del monte Celión. Algunos de los romeros se sintieron amenazados por la lava que bajaba por la pendiente y quisieron salir a la carrera. Tirana se arrodilló y comenzó a rezar. Todos quienes siguieron su ejemplo salvaron la vida.

Tales y otros milagros hicieron crecer el renombre de la doncella; multitudes salían a su encuentro.

Una mañana, a las puertas de Osma, unos pordioseros le pidieron limosna. Unos eran ciegos, otros tullidos, llagados, habían perdido la razón. Tirana, que tenía en poco las riquezas, alzó al cielo las manos… Al instante aquellos menesterosos recobraron la salud. Y entonces, al verse privados de su acostumbrada manera de sustento, los mendigos atacaron a Tirana con piedras y bastones, y le dieron muerte.

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61. Fotografías

La crema de aceitunas negras, ni los chilacayotes al curry, ni el arroz con apio, ni los pimientos rellenos de cangrejo, ni el sorbete de lima, ni los turrones cubiertos de chocolate, ni el café con raspaduras de limón, nada fue bastante para consolar a la tía Martucha.

–¡Quién se lo manda! –dijo la Beba mordiendo otro turrón.

–Estuvo viendo sus fotos –le explicó Fermín al Nene, que venía llegando.

Martucha negó con la cabeza. Hizo a un lado el plato y alzó la mirada húmeda. Un gorrión llegó al fresno y se asomó a ver qué pasaba. Las primas memoriosas se sirvieron agua de guayaba. Algo tiró Toña en la cocina.

–La vida es muy triste –dijo Celia mientras buscaba las chispas de caramelo para espolvorearlas en el sorbete–; uno quisiera regresar el tiempo.

–No es eso –murmuró Martucha con la mirada perdida–. Es que las fotos me recuerdan al abuelo.

–¿Marcos? –preguntó Martín.

–Marcos –contestó la tía con un soplo de voz, mientras abría la cigarrera de piel.

–Pero, ¡si nunca se tomó una foto! –dijo la Beba.

Celia se sirvió café. Las primas se quejaron de que los pimientos les daban sed y volvieron a llenar los vasos de agua. Martín retornó a los chilacayotes; Fermín aprovechó el movimiento para guardarse en el bolsillo dos piezas de turrón.

–La última vez que se retrató el abuelo –dijo Martucha y lanzó una bocanada de humo hacia los cristales biselados– fue cuando cumplió seis años: kepí, charreteras, sable en la mano, pantalón corto. La tomó su padre, que en realidad no era su padre pero que tenía un estudio donde… pero ésa es otra historia y hoy…

–¿No hay más helado? –interrumpió la Beba.

–… lo que recuerdo es que después ya nunca quiso retratarse, y recuerdo también lo que me dijo el día que murió.

–¿Se murió el abuelo? –preguntó Fermín, sobresaltado.

–No el tuyo, el de la abuela –le informó el Nene, con la boca llena.

–Ni siquiera le gustaba ver fotos –siguió Martucha–. En su casa no había ninguna colgada en las paredes, y si alguien sacaba un álbum, una cámara, unas tarjetas postales, el abuelo se marchaba a otro lugar. El único pleito que tuvo con los suegros fue cuando se negó a posar el día de su boda. A sus hijos la abuela los retrató a escondidas.

–¿Se acabaron la nieve? –insistió la Beba.

Martín se puso de pie para alcanzar el café. En la cocina hubo un estrépito de cacharros.

–Con tal de no retratarse, nunca tuvo un pasaporte, una credencial, un título… no apareció nunca en un grupo familiar ni escolar. Una vez, en un restaurante, unos desconocidos se retrataron y nosotros estábamos detrás. Conseguimos una copia: al fondo, el abuelo alcanzó a cubrirse la cara con una servilleta. Una oreja hirsuta que asoma por un lado es la única imagen que conservamos del abuelo Marcos.

–De veras, ¿ya se murió? –volvió a preguntar Fermín.

–Esa tarde, aquí arriba, antes de morirse el abuelo me pidió que me acercara. Me arrodillé al lado de la cama, en el cuarto que olía a medicinas y a sudor. Me habló sin abrir los ojos, con su cara mal rasurada: “Nunca me gustó. Nunca tuve tiempo. No quiero ver para atrás”, me dijo. Y luego, con el último aliento: “Esas radiografías del hospital, por favor, por favor destrúyelas”.

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1 Comentario

  1. Alejandra Betuel escribió:

    “Fotografías”: ¡de los mejores! Felicidades…

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