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Bicentenario: ¿quiénes somos? La identidad de los jóvenes posmodernos

El grito / Martha Nélida Ruiz

En los tiempos de festejos y de revisión de identidades nacionales que imponen los Bicentenarios en varios países de América Latina, no sólo la identidad nacional se pone en entredicho; también, la individual. Y mucho más, la de los jóvenes. En este ensayo, la especialista Martha Nélida Ruiz abre horizontes para pensar los desafíos de la identidad en pleno siglo XXI.

La construcción de la identidad de los jóvenes posmodernos parte de tres elementos: la condición posmoderna en sí, la supremacía del Tanatos sobre el Eros, y la globalización.

A su vez, los tres grandes temas de la posmodernidad, desde mi punto de vista, son: el hiperrealismo, el hiperconsumo y la hiperlógica.

El tiempo en el que la nueva generación de jóvenes adolescentes comienza el segundo proceso de individuación está marcado hoy por hiperbolizaciones intoxicantes. La hiperrealidad sustituye a la realidad. El terreno en el que se desarrolla la vida cotidiana parece estar poblado de oasis fantásticos en los que todo es posible y nada es lo que parece o, por lo menos, nada produce sombra, sólo artificio. La percepción de la realidad resulta cada vez más compleja cuando casi todo lo que oímos y vemos ha sido perfeccionado a través de la magia de la digitalización, y lo que olemos y probamos ha abandonado todo referente a la naturaleza.

El ideal de la joven de 13 años es la imagen de una supermodelo sometida a riguroso tratamiento de perfeccionamiento digital. Por más que la joven se esfuerce, por más que deje de comer y haga ejercicios extenuantes, jamás podrá alcanzar su meta, por lo menos, no con los métodos de la realidad.

Éste es quizá el primer y más doloroso signo de la Posmodernidad al que tienen que enfrentarse los jóvenes en este, de por sí pesado, proceso de construcción de su identidad: la imposibilidad de alcanzar metas, de cerrar círculos. Corren como perros tras la liebre, pueden dejar la vida en el intento, pero aun así jamás rozará su cuerpo la presa anhelada.

Esta imposibilidad lleva a los jóvenes, por un lado, al hiperconsumo de objetos simbólicos que les garanticen un lugar, una identidad en alguna de las tribus urbanas que pueblan su salón de clases, su escuela, su barrio, su ciudad, su mundo y su planeta; que le permitan ser un chavo adaptado, el hijo de papá o la hija de mamá que cumple los sueños y aspiraciones generacionales de la familia en su círculo social; o bien que le den el derecho a construir su propio mundo. Se trata de objetos simbólicos que, además, cambian cada dos o tres meses de vigencia, como todos aquellos que pertenecen al mundo de la moda o de la tecnología. Así se abre paso el segundo y poderoso signo de la posmodernidad: la imposibilidad de encontrar satisfacción, de calmar el hambre o la sed ontológicas.

Los jóvenes convertidos así en máquinas deseantes deleuzianas caminan por su tiempo con el ojo puesto en el futuro, sobre un campo minado de espejismos en donde cada paso hacia adelante abre nuevos caminos en el laberinto infinito en que se ha convertido su vida, cuya principal característica es la paradoja: el exceso de lógica que termina por generar un proceso autoinmune que destruye en sí mismo todo resquicio de racionalidad.

El tercer signo de la Posmodernidad es la imposibilidad de establecer relaciones sociales a profundidad. Esto se relaciona con un fenómeno importante que se origina con la globalización: la competencia. La exposición cada vez más temprana y violenta a los procesos de competencia en la vida del ser humano genera un trastorno en el primer proceso de individuación del niño, modificando a profundidad las formas de socialización, y dando paso a lo que Baudrillard describe como actitud mundana y que yo describiría, más bien, como desapego social. Esta competencia con sus pares comienza con la muy temprana escolarización del individuo a los dos años de edad y constituye una justificación perfecta del abandono de que es objeto por parte de sus padres.

En este mismo sentido, la empresarialización de la educación, con su sofisticado sistema de bonos y recompensas y su vocación hacia la competitividad y la productividad, institucionaliza la competencia, que lleva, en un proceso natural, a la escisión del Yo como única salida para evitar el dolor de la pérdida del amigo. Escisión del Yo que no tiene que ver con la escisión del Yo del esquizofrénico, que no parte de la visión psicótica, sino de una realidad demasiado contundente, no es una escisión psíquica, sino ontológica: la división del Yo pragmático y el Yo pasional. Así, el rostro social del triunfador es siempre el Yo pragmático. Aparece el nuevo ser humano, ya no el individuo único, indivisible, sino al hombre escindido, el Dividual: que es, al mismo tiempo, división, divisor y dividido.

Esta falta de apego social conlleva una alta dosis de soledad e incertidumbre, soledad que debe ser llenada superficialmente en un mundo en el que lo cool es lo light, en el que se exploran las superficies y se rechazan los grandes retos de las profundidades. Esta soledad debe ser exorcizada con la acumulación desordenada de objetos, de contactos en el Messenger, de sitios virtuales a los que pertenecer y a los que hay que acudir para calmar el miedo del sí mismo vacío y agotado, el sí mismo enfermo de lo que llamo ontologopatía, profunda enfermedad existencial que, como virus hiperlógico, es a la vez contagioso e implosivo y se ha vuelto inmune a la psicoterapia y a los antidepresivos, a los ansiolíticos y a los antipsicóticos.

El cuarto signo de la Posmodernidad es la incomunicación intergeneracional y tiene que ver con el ascenso de la tecnología como creadora de nuevos lenguajes cada vez más elaborados y codificados. Paradójicamente, estos nuevos lenguajes, tras su apariencia de simplificación, esconden una cosmovisión compleja que se expresa en lenguajes crípticos, de un reduccionismo semántico impresionante y al que las generaciones que conforman los padres y los abuelos parecen no tener acceso. De este modo, se dificulta el diálogo intergeneracional que ha servido de vehículo transmisor de los conocimientos acumulados y reproductor de formas de socialización tradicionales.

La comunicación en la Posmodernidad se expresa a través de signos, símbolos, contracciones, abreviaturas, expresiones onomatopéyicas. Se entrecruzan lenguajes simbólicos, numéricos, literarios; se produce nuevas sintaxis y expresiones, ya no coloquiales o idiomáticas, sino transidiomáticas, cosmopolitas y rizomáticas. Precisamente en eso radica la complejidad y multidimensionalidad del nuevo lenguaje por el que parecen transitar los jóvenes con la mayor facilidad todos los días. Frente a este lenguaje, los adultos, o se someten a una adolescencia perenne, peterpanesca, o se retiran vencidos, desorientados y temerosos y asumen una actitud de descalificación y desprecio, de apatía o de desánimo y abatimiento.

Lo que enfrentamos aquí es un problema de incompatibilidad de cosmovisiones: la linealidad y la idea del progreso del mundo de la modernidad y el racionalismo, y la multiplicidad rizomática, la multidimensionalidad temporal, espacial y conceptual y la anulación de los absolutos en la Posmodernidad.

Por otro lado, estos nuevos lenguajes de los jóvenes se expresan mediante formas y vehículos altamente sofisticados, complejos y adictivos, que tienen que ver con el uso de la tecnología. La carta de Rilke a Salomé, que se escribía con pluma fuente sobre papel y tenía que esperar en la incertidumbre por semanas, ha sido sustituida por el SMS del teléfono celular o el Messenger que anuncia su respuesta en unos cuantos segundos. Las 89 cartas de amor de Antonieta Rivas Mercado a Manuel Rodríguez Lozano nada tienen que ver con la afición a la escritura epistolar del adolescente norteamericano promedio de hoy que envía 80 mensajes de texto al día. La adicción del Quijote a la lectura de libros de caballería no puede ser comparable con la adicción de los jóvenes al mensaje de texto. Estudios realizados en Inglaterra para la Hewlett Packard demostraron que el escuchar el timbre que anuncia el arribo de un nuevo mensaje de texto en el celular, por tiempo prolongado, además de ser altamente adictivo, provoca la pérdida de diez puntos más del Coeficiente Intelectual, que la pérdida sufrida por el uso cotidiano de la marihuana.

Aparte, están los contenidos. En la correspondencia de Rilke a Salomé o de Antonieta a Rodríguez Lozano, encontramos una carga emocional compleja, profunda y existencial, conceptualmente rica y desgarradora, mientras que en los mensajes de texto encontramos la expresión de las trivialidades cotidianas, la superficialidad de las emociones y la simplicidad de las relaciones interpersonales. Las relaciones interpersonales hoy se encuentran de tal modo mediatizadas, que resultaría increíble encontrar un adolescente de cualquier clase social que fuera ajeno a los usos y costumbres de esta nueva tecnología. Su conocimiento, su uso, abre o cierra las puertas de la existencia, en el mundo de los jóvenes, de la pertenencia al grupo y por ende al mundo mismo; asimismo, contribuye a hacer aun más grande y profunda la llamada brecha generacional y a aislarlos o protegerlos de la alteridad representada por sus padres o sus maestros. La cosa es sencilla: si un adulto es capaz de moverse con cierto nivel de destreza en el mundo de las nuevas tecnologías y apropiarse el lenguaje de los chicos, entonces merece cierto grado de confianza y le son abiertos algunos, no todos, los accesos al mundo de los jóvenes. La tecnología es como una frontera hipersegura que divide los mundos, ya no los países.

Quienes estamos en contacto constante con los jóvenes posmodernos notamos esa cierta arrogancia que da el dominio de la tecnología, que mata cualquier doctorado y que constituye una de las pocas fuentes de orgullo y satisfacción a las que tienen acceso.

Otro factor muy importante en la construcción de la identidad en la Posmodernidad es la homogenización que la globalización ha traído, como consecuencia de la diversificación del comercio, del surgimiento de las nuevas tecnologías, del avance de las telecomunicaciones y de la prácticamente universalización del tiempo.

Las frases hechas que constituyen el cuerpo del mensaje que comunican los adolescentes, el peinado, la ropa, los gustos, las aficiones, la música que escuchan, lo que comen, lo que no comen, en lo que creen y en lo que no creen, parecen extraídos de las series de televisión y comienza en la temprana infancia, homogeniza, masifica, les quita y les da identidad al mismo tiempo. A esta identidad en serie, habrán de aferrarse algunos y por la que irán transitando otros en sus diversidades –hoy punk; mañana, surfer; pasado, prepi, etc. en un viaje tranquilo, ya no invadido por las crisis existenciales que marcaron el paso de sus abuelos de hippies a hombres de familia.

La imposibilidad de alcanzar metas, la imposibilidad de encontrar satisfacción, la imposibilidad de establecer relaciones sociales a profundidad y la incomunicación intergeneracional, ocasionan en los jóvenes, ya no individuos sino dividuales, el padecimiento de ontologopatía. Las expresiones sintomáticas de todo esto son la desilusión, la visión sombría de la vida, la ansiedad ontológica, la perdida de los valores tradicionales, la culpabilidad que lo anterior conlleva (porque no son nihilistas), la ausencia de una visión optimista de futuro, la apatía social, la falta de credibilidad en las instituciones incapaces de adaptarse a las nuevas condiciones de la vida en la posmodernidad. Todo lo anterior, además, facilita el dominio de Tanatos sobre Eros.

Ante la supremacía de la pulsión de muerte sobre la de vida, de la destructividad sobre el instinto creador, ¿para qué construir sobre la arena movediza de lo efímero?

· El sabotaje a los puentes intergeneracionales.
· La trivialización de las emociones.
· La concepción desarticulada del cuerpo y de éste en relación con el pensamiento, los sentimientos y la voluntad, sobre una visión holística del ser humano.
· La fragmentación del conocimiento frente a sus articulaciones multidimensionales.
· El surgimiento de lo que podríamos llamar basura humana y dividir en desechos tóxicos y basura inadaptada, que es víctima del bullying y termina por desarrollar un resentimiento social capaz de destruirlo todo y que es a la vez víctima y victimario.
· La aceptación del bullying como irremediable.
· La insensibilización ante el dolor y la necesidad del otro; el nacionalismo futbolero.
· La pérdida de empatía.
· El acoso moral omnipresente en muchas de las relaciones afectivas de los adolescentes.
· El hedonismo y el narcisismo no superado.
· La trivialización de la guerra.
· La expresión solitaria del videojuego ante la amnesia generacional del juego lúdico.
· La hiperindividualización que deviene dividualización.
· La sacralización de la marca y la divinización de los ídolos mediáticos.
· La laceración del cuerpo como bandera.
· El neomachismo-
· La banalización de la sexualidad.
· …

Este es el nivel de complejidad en el que, penosamente, se lleva a cabo la construcción de la identidad de los jóvenes en la Posmodernidad, complejidad merecedora de acercamientos científicos libres de la preconcepción tan arraigada en muchos de los científicos sociales anclados a los conceptos tradicionales en el estudio de la realidad social y que son superados por una contemporaneidad mutable, veloz como ráfaga de viento o la aparición de una estrella fugaz en el cielo estrellado: para notarla, hay que tener el ojo bien abierto. Tenemos que construir nuevas categorías analíticas que nos ayuden a aproximarnos al objeto de análisis y poder ser capaces de desmenuzarlo, deconstruirlo y volver a ensamblarlo con zurcido invisible, aprender a respetar las distintas y cambiantes formas de socialización o de emulación de socialización que nos plantean los jóvenes, y ceder ante la tentación que representa la apropiación de los conocimientos y el mundo que construyen todos los días en su paso a la adultez, una adultez sin duda esencial y tentadoramente nueva y abierta al ojo siempre abierto de la sociología.

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