El crimen de la calle Aramberri, de Hugo Valdés
A principios de los años treinta del siglo XX, la ciudad de Monterrey tenía aproximadamente 120,000 habitantes. Corría el año 1933. Para ser exactos: miércoles 5 de abril, entre las 6:45 y 6:50 de la mañana. En la calle Aramberri, en una casa situada en la acera sur y marcada con el número 1026, ahí se cometió el asesinato de dos mujeres: la señorita Florinda Montemayor Lozano, de 21 años, y la señora Antonía Lozano de Montemayor, de 54. Ambas, madre e hija, fueron acuchilladas y encontradas ya sin vida en sus respectivas camas… Ése es el comienzo para que el detective Inés González (una especie de Gil Grissom) empiece la búsqueda del o los asesinos.
75 años después, con más de 6 millones de habitantes, Monterrey es una ciudad que no se atemoriza tan fácilmente. Ahora el crimen organizado y la muerte conviven diariamente con las rutinas de quienes la habitamos y tratamos de no meternos en problemas con la justicia. Pero ¿qué tiene de especial este crimen, esta macabra historia que sigue despertando interés entre los lectores y que se encuentra ya en su quinta edición? Pues simple y sencillamente que está bien escrita. No por nada Carlos Fuentes en 1996 la llamó una “novela excepcional”. Prosa fina, en donde, de una manera clara y detallada, son expuestos los paisajes del Monterrey de los años treinta –lo que incluye marcas de productos, nombres de negocios, acontecimientos cinematográficos, etcétera–. Se destacan también, en el lenguaje empleado, los provincianismos.
Este acontecimiento verídico marcó un momento de transición en la ciudad, una ciudad que crecía al mismo tiempo que perdía su inocencia y que se perdía el respeto a sí misma. De allí que atinadamente Hugo Valdés rescate primeramente la historia y, por otra parte, que a partir de eso el autor cree nuevos materiales de conocimiento y deleite, en la medida en que los hechos superan la capacidad de asimilarlos, es decir, la realidad supera a la ficción.
Delfino Montemayor esposo y padre de las victimas dijo que sospechaba del demonio. Se interrogó también al lechero, que simplemente realizó su entrega antes de los hechos, y a un pretendiente de la joven occisa. Se sabía que el o los asesinos habían vaciado un costal de cemento para seguramente llevarse el botín y se encontró tirado un alzacuellos en la casa contigua donde vivía un sacristán. La principal pista surgiría a partir de ver a un perro que olisqueaba la banqueta: justo ahí se encontraban unas pequeñas gotas rojas ¿acaso de sangre? que en zig zag formaban un rastro que justo en la esquina de Arramberri y Diego de Montemayor doblaba rumbo al sur. Al seguirlo por varias calles, justo en Abasolo y Doctor Coss las manchas desaparecían pero señalaban sin duda hacia una carnicería. ¿Y qué hay en una carnicería? Obviamente carniceros, carne, sangre y… cuchillos. Habría que, después de este curioso y simbólico hecho, hacer algunas cosas: echar un vistazo, interrogar a los carniceros. Mientras tanto, la ciudad rumoraba todas las versiones posibles. Lo más extraño era que no apuntaban hacia un crimen pasional. Los asesinos mataron para robarse el dinero, algo bastante significativo que aún en nuestros días sirve para suavizar y hasta justificar ese tipo de actos. Aparece también un periodista metiche del periódico El Porvenir, que saca sus propias conclusiones de su propia investigación y sin ningún empacho las publica.
Los cinco sospechosos principales eran el carnicero, Gabriel Villarreal, que resultó ser ex policía y tener antecedentes penales; Emeterio González, que trabajaba en la carnicería de la que era dueño Gabriel; Pedro Ulloa, alias el ciego, que era chofer; y unos familiares de las víctimas, Heliodoro y Fernando Montemayor.
Otra pista puede darle un vuelco total al desenlace de la historia: un domingo al asistir a misa, Inés observa al sacerdote y descubre que lleva puesto un alzacuellos como el que encontró al iniciar sus investigaciones. El padre Tereso resultó tener fama de mujeriego y el hijo del sacristán sospechosamente era su vivo retrato, ahora deducimos algunas cosas…
Llega la cuarta y última parte de la novela, donde Valdés narra con destreza, y con lujo de detalles, los últimos momentos tanto de las víctimas como de los victimarios. En el capítulo dieciséis, sin duda alguna, el lector entenderá que se encuentra ante un autor comprometido con su oficio. [Hugo Valdés, El crimen de la calle Aramberri, México, Jus/UANL, 2008].
| Para saber más sobre Hugo Valdés |
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Hugo Valdés (Monterrey, Nuevo León, 1963) ha publicado las novelas The Monterrey news (Grijalbo, 1990; UANL, 2006), Días de nadie (Fondo Editorial Tierra Adentro, 1992; Foneca, 2003), El crimen de la calle Aramberri (Ediciones Castillo, 1994, 1997, 2003; Jus/UANL, 2008) y La vocación insular (Ediciones Castillo, 1999). Y los libros de ensayo El laberinto cuentístico de Sergio Pitol, El laboratorio del crepúsculo y otros ensayos y Ocho ensayos sobre narrativa femenina de Nuevo León (Foneca, 1998, 2002 y 2006, respectivamente). Ha sido becario del Centro de Escritores de Nuevo León, del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y del Foneca de Nuevo León. Ganador del Certamen Nacional de Literatura Alfonso Reyes en 1994 y del Premio Universidad Autónoma de Nuevo León a las Artes en 2007. Actualmente es coordinador del Centro de Escritores de Nuevo León. |
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