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Letras digitales, autores digitales, derechos digitales

José Cohen

Alguna vez aprendí a no escribir siquiera una carta sin pasar primero por la burocrática oficina de derechos de autor. Me daba miedo que me robaran hasta la tinta sin palabras. Había vivido tantas experiencias desastrosas con respecto a pagos, no pagos, publicaciones, nombres, no nombres, pseudonombres, dizquenombres, en fin. Tantas historias con respecto a mi adolescente ilusión de ser publicado por alguna revista que nunca quiso que se supiera que había sido yo el autor de dicho artículo, para ellos, gratis. Es decir, la premisa era, a mi parecer, ¿por qué pagar si puedo no hacerlo?

Y pasaron los años, y surgió Internet, y creció, y creció, y creció. Mi desesperación por ser publicado en cualquier revista, fuera para mujeres o de tecnología, de autos o de moda, desapareció. Simplemente me conformaba con leer libros, revistas y escribir mis novelas. Me olvidé de periódicos y revistas. Pero un día surgieron los blogs, o más bien, me enteré de la existencia de un espacio llamado blogspot en el que yo podía publicar mis propios pensamientos. Tal vez nadie lo iba a leer, pero estaba ahí para que lo leyera quien quisiera. Pero como nadie lo leería, qué más me daba si pasaba por la burocracia de registro o no. Podía escribir cuanta locura quisiera sin que alguien dijera que sueno de una u otra forma, que debería escribir más así que así, o que simplemente me buscara otro oficio. Fui feliz en la segunda parte de mi anonimato.

Pero Internet siguió creciendo y mi primer blog no, así que no me di cuenta de lo que sucedía hasta que por azares del destino los medios digitales fungieron como imán y me llamaron a abrir mi tercer blog, con la amenaza de ser leído. Con más miedo que antes, escribí, con dos novelas autopublicadas en mi cinturón, escribí, con la emoción de ver si alguien parecía interesado en mi ordinaria escritura. Lo hice. Y recordé mi vieja frustración de artículos no pagados en mi adolescencia, mis largas colas para registrar cualquier cantidad de textos, pagando más por el famoso número de registro que lo que suponía el dinero que nunca me pagarían por el artículo que no vería a la luz. Recordé mis inicios de querer ser escritor. Era momento de hacer algo con los derechos de autor. Encontrar la forma de publicar. Intenté enterarme, estar al día con respecto a qué hacían esos que publicaban periódicamente en cualquiera de los millones de blogs que hay en la red.

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Entonces llegué al día de hoy, habiendo ya descubierto la magnitud y dimensiones que supone en verdad la Red. El mar de letras e información, de procesos y de escándalos: el desfile de calidades en textos y de temas para éstos. Esto me llevó a pensar, para que el plagio se llame plagio, que debe de haber un texto publicado anteriormente bajo el nombre de un autor diferente al que lo firma en dicha obra más reciente. ¡Qué hueva! Entonces pensé: ¿en verdad me daré cuenta de si alguien se roba un artículo de mi blog, para publicarlo con otro nombre en otro blog? Digo, si de pronto me cayera del cielo un ángel que copiara mis textos y los republicara bajo el nombre de Dan Brown o Stephanie Meyer, entonces entablaría una demanda, me haría millonario y seguramente me iría a vivir a Maui. Al fin y al cabo mi blog funciona como el mismo registro, ¿no? Desde la óptica en que se mire, la fecha en la que ese artículo vio la luz debe ser previa a cualquier otra ocasión en la que éste pudo haber sido publicado, ¿no? Si yo fuera abogado, seguro eso haría un buen caso. Pero lo más probable es que eso no suceda.

Pero todo esto no me fue suficiente: seguí indagando. Y bueno, me di cuenta de que es un conflicto más común de lo que yo imaginaba, que cada día alguien pelea su autoría con alguien más, que cada día un blog se anda rompiendo la madre con otro, para ver quién fue primero, si el huevo y la gallina.

¿Regresaríamos todos a la burocracia y a las largas colas para salvar la vida de nuestros leídos o no leídos textos? No. Al parecer las cosas son distintas; ya hay empresas digitales hechas para proteger los derechos digitales. En Google aparecen. Y cada vez son más grandes. ¿Confío en ellas? No lo sé, pero existen y las uso. También INDAUTOR se ha modernizado y tiene todo tipo de derechos para publicaciones digitales, las ventanillas siguen vigentes, y la burocracia no ha llegado a la nueva era.

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Hoy, los escritores ganan menos pero son más leídos, tal vez más plagiados, pero sin saberlo, como decía mi abuelo, nadie sabe para quién trabaja. Lo que es un hecho, es que cada quién debe defender lo que le pertenece, en papel, en monitor, o en audio, da igual. Sólo hay que guglear la forma de protegernos que más nos acomode. Al final del día, de eso se trata la Red, ¿no? De facilitarnos la vida.

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1 Comentario

  1. Angelik escribió:

    Hola, leí todo el artículo y en serio me gustó. Escribes chévere y me gustaría leer de tus historias y novelas, pero, tranquis, ¡no las voy a plagiar! ¡Ja, ja, ja! Cuídate. Chao.

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