Mi papá Internet y mi mamá computadora

La nueva generación ha reemplazado a los padres por el Internet. Cuando los adolescentes de mi generación o de la anterior tenían alguna duda, solían acercarse a sus padres para preguntar –independientemente del nivel de escolaridad que ellos tuvieran–, porque se valoraba la experiencia de los mayores. Hoy, la experiencia no sólo no se valora sino que, inclusive, se exorciza a través del uso de la tecnología virtual y de la robótica. Los padres han sido reemplazados por la máquina.
Sin embargo, las relaciones frías, carentes de afecto, de cercanía, de intimidad, que se dan en las familias y que la película American beauty retrata con terrible realismo chocan con las necesidades reales del joven que basa su identidad y el sentido de su existencia en su habilidad para el manejo de la información y en su capacidad para mantener relaciones interpersonales cool, a distancia.
El piercing es también una expresión de rechazo a esta identidad ficticia, colectiva. Es una laceración externa al Yo interno que lucha por entenderse y entender la complejidad de este mundo cambiante y aceleradísimo que no permite sentarse, para ver el propio rostro en el espejo. Este mundo es, sobre todo, la respuesta violenta al horror de intuirse dividual, fracturado, fraccionado, disperso, inencontrable.

Este ser dividual no refleja la multiplicidad de la que dan cuenta Deleuze y Guattari en Mil mesetas (8), en la que cada célula que compone al individuo encierra su riqueza, posibilidades y potencialidades. Tampoco es el mapa en el que se encuentran la totalidad de caminos, senderos y supercarreteras que conducen a la existencia real y a la existencia imaginaria del individuo. No, lo que enfrentamos hoy en día es la condición de lo dividual como patrón de identidad de esta nueva generación, es decir, fractura estructural y ontológica: no es el Yo y el Superyó, en contienda permanente, no es la fisura esquizofrénica al interior del Yo, es la división profunda entre el ser emocional-funcional y el ser pragmático-funcional. No se trata ya de un espacio del ser humano por el que se puede navegar y elegir, no se trata tampoco del interruptor que se puede apagar o encender para decidir si ahora quiero ser racional o pragmático o ahora quiero ser emocional funcional o no funcional. El problema es que aquí sí se tienen que tomar decisiones, si se tiene que elegir y sacrificar, y el sacrificio implica cerrar con llave y enterrarla y después borrar las huellas.
La posibilidad del retorno es una verdadera odisea en la que se juega, nada más y nada menos que la identidad y la salud mental. Ese ser dividual no es el ser escindido en tres o cuatro partes, es la combinación de todas las piezas, de la totalidad de rompecabezas posibles, sobre la arena blanca de la playa, en días de huracán. ¿Cómo podría unirlas sin perder la paciencia, la energía, la motivación, la cabeza?
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