Reyes + Borges + Chesterton
2009: Alfonso Reyes cumplirÃa este año 120, y Jorge Luis Borges 110. Hace 50 que el primero de ellos falleció.
“El mejor prosista de la lengua española de este y del otro lado del Atlántico –escribió Borges– sigue siendo el mexicano Alfonso Reyesâ€. “Considero a Reyes el más alto estilista en prosa en español de este sigloâ€. “Es probable que haya influido en mi manera de escribirâ€. Etcétera.

Alfonso Reyes. Foto: autor anónimo CNL-INBA.
Reyes y Borges se conocieron en casa de Pedro HenrÃquez Ureña, en Buenos Aires, a donde Reyes llegó en junio de 1927 como embajador de México en Argentina. Tres años antes, Borges le habÃa enviado un ejemplar de Fervor de Buenos Aires. Reyes escribió muchas veces sobre su amigo y le prodigó las muestras de una sincera admiración: “Usted me ha reconciliado con las letrasâ€, le escribió después de haber leÃdo El Aleph, en 1949, en una de las cartas que en 1979 José Emilio Pacheco dio a conocer en la revista Universidad de México.
Reyes permaneció en Buenos Aires hasta el 3 de abril de 1930, cuando pasó a RÃo de Janeiro como embajador de México en Brasil. En esos poco más de dos años, muchos domingos Borges acudió a comer con su amigo el señor embajador, y participó en sus lances editoriales: la revista Libra y la colección Cuadernos del Plata, donde publicó Cuaderno San MartÃn. Cuando Reyes dejó la Argentina –regresarÃa nuevamente como embajador, de julio de 1936 a diciembre de 1937– se inició entre los dos un intercambio de libros y cartas –de 1954 en adelante, Borges tuvo que dictarlas a su madre– que se mantuvo hasta la muerte de Reyes.
Borges y Reyes se sintieron siempre orgullosos de sus lecturas: sabÃan que un escritor se hace leyendo. “Reyes –escribió Borges– es hoy el primer hombre de letras de nuestra América. No digo el primer ensayista, el primer narrador, el primer poeta: digo el primer hombre de letras, que es decir el primer escritor y el primer lectorâ€.
Justa. De lector a lector honra la memoria de estos dos grandes lectores recogiendo parte de un diálogo que sostuvieron a través de sus libros, sobre uno de los muchos temas en que coincidieron: Chesterton (1874-1936), el enorme escritor inglés.
Chesterton. Explicar sólo lo inexplicable
REYES: Pues bien, el hombre es el Robinsón del mundo. Lo vemos extender, en torno a su morada, lÃneas que parten de su frente, como la araña se saca de sà misma la baba preciosa. Acostumbrados ya a las seculares conquistas de este Robinsón, no siempre las apreciamos lo bastante; no nos percatamos, por ejemplo, de que un lugar común puede haber sido la gran novedad de otro tiempo. No nos detenemos a admirar los esfuerzos que han precedido, por ejemplo, a la idea de la unidad aritmética o a la idea del cero. Pongamos que, como a Robinsón, la ola nos lanzase de pronto a una isla deshabitada. Entonces, observa Chesterton, darÃamos todo su valor a estas cosas que hoy, en la abundancia, desdeñamos: un cuchillo, un hacha, lo que casualmente logremos rescatar entre los despojos del naufragio. Respetemos la felicidad de que no sabemos hacer caso. El proverbio dice: “Nadie sabe el bien que tiene hasta no haberlo perdidoâ€.
El hombre no descubre el mundo de una vez para siempre, sino a través de renovadas sorpresas. Para el hombre en pleno ejercicio de sus facultades, el mundo es una creación constante y un reto nuevo cada dÃa. ¿No dijo un hereje que la Creación se renueva incesantemente? Poco a poco descubrimos en nuestro alrededor algunas regularidades estadÃsticas, que primero intentamos dominar mediante prácticas mágicas, y luego concebimos como leyes cientÃficas de aplicación invariable. Aun entonces, el hombre no puede dormirse sobre sus laureles. La historia, por una parte, registra casos en que el hombre pierde u olvida tesoros con que ya contaba. Por otra parte, el mundo sólo está explorado en una diminuta fracción. El explorador vela junto a sus armas y avizora el horizonte en guardia perpetua. Su torre de vigÃa es la conciencia, y el basamento es la evidencia, hasta donde sea posible fundarla; pues resulta que a veces la torre anda como suspendida en el vacÃo. Desde su torre, el vigÃa ve bifurcarse los senderos. [Obras completas, XX, México, septiembre de 1957, p. 418].
BORGES: En algún memorable cuento de Poe, el obstinado jefe de la policÃa de ParÃs, empeñado en recuperar una carta, fatiga en vano los recursos de la investigación minuciosa: del taladro, de la lupa, del microscopio. El sedentario Augusto Dupin, mientras tanto, fuma y reflexiona en su gabinete de la calle Dunot. Al otro dÃa, resuelto ya el problema, visita la casa que ha burlado el escrutinio policial. Entra, e inmediatamente da con la carta… Eso ocurrió hacia 1855. Desde entonces, el incansable jefe de la policÃa de ParÃs ha tenido infinitos imitadores; el especulativo Augusto Dupin, unos pocos. Por un detective razonador –por un Ellery Queen o Padre Brown o PrÃncipe Zaleski– hay diez descifradores de cenizas y examinadores de rastros. El mismo Sherlock Holmes –¿tendré el valor y la ingratitud de decirlo?– era hombre de taladro y de microscopio, no de razonamientos.
La solución, en las malas ficciones policiales, es de orden material: una puerta secreta, una barba suplementaria. En las buenas, es de orden psicológico: una falacia, un hábito mental, una superstición. Ejemplo de las buenas –y aun de las mejores– es cualquier relato de Chesterton. Sé de lectores pervertidos por Miss Dorothy Sayers o por S.S. Van Dine que le suelen negar esa primacÃa. No le perdonan su excelente costumbre de no explicar sino las cosas inexplicables. No le perdonan su deliberada omisión de horarios y de mapas. Ellos querrÃan asimismo el número y la calle de la armerÃa donde el criminal adquirió el culpable revólver.
En este libro póstumo, Las paradojas de Mr. Pond, los problemas son también de naturaleza verbal. Se trata de un rigor adicional que el autor se habÃa impuesto. El héroe, Mr. Pond, dice con naturalidad misteriosa: “Claro, como nunca estaban de acuerdo, no podÃan discutirâ€, o “Aunque todos deseaban que se quedara, lo expulsaronâ€, y refiere luego una historia que asombrosamente ilumina esa observación.
Los ocho cuentos del volumen son buenos. El primero, “Los tres jinetes del Apocalipsis†es, en verdad, extraordinario. No es menos arduo y elegante que un severo problema de ajedrez o que una contrerime de Toulet. [El Hogar, Buenos Aires, 14 de mayo de 1937. Textos cautivos, pp. 132-133].
REYES: ¿Nada hay mejor que el agua? Va en opiniones. El trianero de aquellas coplas que hace años cantaba por los tablados de Madrid Dora la Cordobesita, como era borracho inveterado, sacaba argumentos contra el agua de las inundaciones de Sevilla:
¡Triana, Triana!
S’a riaÃto Triana…
¡Y pa que prediquen
en contra del vino
y a favor del agua!!
De igual modo Noé en aquel poema de Chesterton que traducido a lo chapucero dice asÃ:
Medito tumbado en la piragua.
Noé se burla del destino:
“¿Qué me importa dónde llegue el agua
con tal que no llegue hasta el vinoâ€.
Y nuestro Ruiz de Alarcón pone en boca de sus personajes aquellas tonadas de las Ventas madrileñas:
Venta de Viveros:
¡Dichoso sitio,
si el ventero es cristiano
y es moro el vino!
¡Sitio dichoso
si es cristiano el ventero
y el vino es moro!

Jorge Luis Borges. Foto: autor anónimo CNL-INBA.
Y a pesar de estas opiniones singulares, como proposición general vale el dicho de PÃndaro: nada es mejor que el agua. Aplaca, refresca, limpia, alivia, fortalece, ayuda. Es sólida, lÃquida y gaseosa. Mata y resucita según el caso. Todo lo hace, todo lo puede. Es una verdad. Pero también es una mentira. Se engañan, con ella, el vino y la leche. Si pedimos agua, ¿hay acaso riesgo de que nos la adulteren con leche o vino? [“Plegaria por el aguaâ€, Los trabajos y los dÃas, 1934-1944. Obras completas, IX, 226-227].
BORGES: Gravemente observar que de todos los libros de Chesterton el único que no es autobiográfico es el libro AutobiografÃa no es paradoja muy memorable, pero es la casi pura verdad. El Padre Brown o la batalla naval de Lepanto o el libro que fulminaba a quienes lo abrÃan le han dado a Chesterton más oportunidad de ser Chesterton que esta labor autobiográfica. No censuro la obra; mi sentimiento primordial es de agrado y aun a veces de encanto, pero la juzgo menos tÃpica que otras, y entiendo que su plena gustación postula y presupone esas otras. No es el libro que yo recomendarÃa para trabar conocimiento con Chesterton. (Como libro inicial y de iniciación, yo indicarÃa más bien cualquiera de los cinco volúmenes de la gesta del Padre Brown o el resumen de la época victoriana o El hombre que fue jueves, o los poemas…). En cambio, para quienes ya son amigos de Chesterton, este libro colmado y generoso bien puede ser una nueva ocasión de felicidad. El periodista inglés Douglas West ha dicho que es su libro más alto. Es el más alto porque lo sostienen los otros.
Innecesario hablar de la magia y el brillo de Chesterton. Yo quiero ponderar otras virtudes del famoso escritor: su admirable modestia y su cortesÃa. Los literatos que en nuestro solemne paÃs condescienden al género autobiográfico nos hablan de sà mismos en un tono remoto y reverencial como si hablaran de un ilustre pariente que a veces encontraran en los velorios. Chesterton, al contrario, intima jovialmente con Chesterton y hasta se rÃe de él. De esa modestia varonil hay ejemplos en cada página. Traslado este, del capÃtulo que se llama “El suburbio fantásticoâ€. (Otros capÃtulos se llaman: “El hombre de la llave de oroâ€, “Cómo ser un dementeâ€, “El crimen de la ortodoxiaâ€, “La sombra de la espadaâ€, “El viajero incompletoâ€, “El dios de la llave de oro ). Yeats declara en un verso, olÃmpicamente: “No hay un imbécil que pueda tratarme de amigoâ€. Chesterton lo pondera y añade: “En cuanto a mÃ, supongo que hay muchos imbéciles que pueden tratarme de amigo y también –reflexión más edificante– muchos amigos que pueden tratarme de imbécilâ€. [El Hogar, Buenos Aires, 1° de octubre de 1937. Textos cautivos, pp. 172-173].
REYES: Asà como Maurras, en sus dÃas de gloria, arrebató el monarquismo francés a los aristócratas saudosos, que simplemente arrastraban su melancolÃa por los salones, y lo lanzó en guerra a la media calle, asà –confiesa Dorothy L. Sayers– Chesterton produjo en el mortecino ambiente de los feligreses católicos (comienzos del siglo XX) el efecto de una bomba benéfica. Chesterton, el regocijado creyente que sustituyó por los golpes de pecho las carcajadas, el que viajó por todas las herejÃas sin hallar ninguna a su gusto y, cuando al fin dio con la que le acomodaba, se percató de que habÃa descubierto por su cuenta el catolicismo romano, no acaba de irse de este mundo. TodavÃa hace de las suyas. Parece que, a última hora, le hubieran prorrogado la tarjeta de turismo en la tierra.
Ello es que acaba de descubrirse un drama suyo, La sorpresa. El drama, claro está, padece del mal que padecen todas las obras olvidadas por sus autores: le falta la última mano, el pulimento que lucen, por ejemplo, los otros dos dramas conocidos de Chesterton, a saber, Magia y El juicio del doctor Johnson. Pero hasta por ese gracioso defectillo, aun por ese dejar ver todavÃa, a pedazos, la trama de la tela, este drama póstumo muerde más en la curiosidad del aficionado.
Chesterton dejó una enorme masa de material inédito o no recogido. Hubiera necesitado una casa editorial para él solo. Asà acontece con las naturalezas verdaderamente literarias, que encaminan todas sus reacciones ante la vida, por automáticas e inconscientes que sean, hacia la obra de las palabras. Ha poco, una casa inglesa publicó un montón de ensayos olvidados de Chesterton –The Common Man–, ensayos olvidados, pero que no merecÃan serlo, y un libro encantador de Mary Ward, Return to Chesterton, hecho con cartas, fragmentos desconocidos, recuerdos de quienes lo trataron, incluso una veintena de ministros, su barbero y su conductor de taxi, y toda esa aura de literatura oral que envuelve la vida de los escritores.
La sorpresa fue escrita unos seis años antes de la muerte de Chesterton. Y aunque él nos tiene habituados a lo imprevisto, si es que vale decirlo asÃ, este drama en dos actos acentúa más, como su nombre lo ofrece, este carácter de cosa extraordinaria. Como en Pirandello, como en la famosa trampa que Hamlet pone a los asesinos de su padre, se trata de un drama dentro de un drama. Pero la mayor singularidad es que los personajes son tÃteres y ejecutan la acción dos veces: primero, movidos por los hilos, como los tÃteres comunes; después, dotados provisionalmente de libre albedrÃo, como los tÃteres humanos.
Sin entrar en consideraciones sobre la analogÃa entre la creación divina y la humana, digamos que, asà como la farsa del Hamlet da veneno en broma, asà esta comedia de Chesterton trae su secreto escondido y dista mucho de ser un mero pasatiempo. De nuevo encontramos aquà esa filosofÃa del milagro –dominante mental de Chesterton– y su convicción de que el enigma del universo está en el problema del bien, no del mal.
¿Cómo definir esa filosofÃa chestertoniana del milagro? Él mismo lo dice, y lo dijo antes de que la ciencia rectificara el sentido beato de la ley natural, sustituyéndolo por el de una mera probabilidad estadÃstica. “No es argumento para la inalterabilidad de una ley –escribió– el que demos por aceptado el curso ordinario de las cosas. La verdad es que no contamos con la ley, sino que apostamos por ellaâ€. La verdad es una perpetua sorpresa, y la sorpresa es placentera, estimulante y provechosa. “Bienaventurado el que nada espera, pues recibirá una gloriosa sorpresaâ€. En el drama de Chesterton, el Poeta dice a la Princesa: “La gente no desea tanto exceso de seguridadâ€. La filosofÃa de la sorpresa puede expresarse en estas palabras de Darwin el nieto (The Next Million Years): “La felicidad no es un estado, sino un cambio de estadoâ€.
Lo cierto es que semejante filosofÃa, tan oportuna en aquella hora soñolienta del mundo, cuando Chesterton saltó a la liza (cuando Chesterton soltó la risa), puede hoy no parecer oportuna. La depresión del ánimo contemporáneo es precisamente consecuencia de los muchos sobresaltos que hemos sufrido, de los muchos casos inauditos que hemos presenciado.
Pero Chesterton comprendió con razón que el sentido de inseguridad es lo que devuelve su pleno y virginal valor a cuanto el mundo nos ofrece. Bien mirado, en la doctrina de la sorpresa nada hay contrario a la licitud de la seguridad social en sà misma. Lo que se objeta aquà es aquella odiosa actitud mental que toma la seguridad, la dicha, la vida en conjunto como otros tantos dones gratuitos y que no necesitamos merecer ni ganar.
El asunto de La sorpresa trae no sé qué vagas reminiscencias de aquella obra de Andersen, el Compañero de viaje, en que los muñecos reclaman vida. El personaje del Fraile Francisco hace veces de EspÃritu Santo, y el enigmático Autor parece asumir las funciones del Padre y del Hijo. En cuanto a la idea misma de dar responsabilidad y conciencia a los tÃteres, recordemos que el aristócrata de Anatole France (Los dioses tienen sed) se ganaba la vida fabricando muñecos para el guiñol y solÃa repetir: “Yo soy un dios piadoso, yo no concedo alma a mis criaturasâ€. [“Chesterton y los tÃteresâ€, Obras completas, XXII, pp. 291-293].
Tomado de La máquina de pensar, y otros diálogos literarios (recopilación y nota preliminar de Felipe Garrido), México, Asociación Nacional del Libro, A.C., 1998.
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