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Elogio de Chesterton

Juan Manuel Escamilla

chesterton-121De los metafísicos de Tlon, dice Borges que “no buscan la verdad; ni siquiera la verosimilitud: buscan el asombro. Juzgan que la metafísica es una rama de la literatura fantástica”. Detrás de esas líneas, parece estar la causa del afecto que el autor de El aleph le guardó a Chesterton: su sed de milagros. Sólo que el escritor inglés procedía al revés: cuando escribía literatura fantástica estaba haciendo metafísica. No buscaba el asombro: tropezaba con él al besar la barca de su escritura las playas de la Verdad. Y la encontraba tan asombrosa como los milagros.

Borges reconocía su propia literatura deudora de las intrigas del padre Brown (sátira elogiosa del género policíaco, refutación del positivismo de Conan Doyle). Alfonso Reyes prodigó a Chesterton elogios desmesurados –como corresponde al caso: probablemente a ningún autor este adjetivo le pertenezca tanto como a Chesterton–. George Bernard Shaw nunca tuvo un mejor enemigo, más agudo y más afable.

La mayor injusticia que se puede cometer al elogiar a este hacedor de paradojas es no hacerlo bastante. La fascinante desproporción de su literatura, su desmesura, nunca serán alabadas suficientemente. Su literatura es monstruosamente delicada; inconmensurable; filosófica… hasta en lo más trivial; gravemente lúdica o divertidamente seria; defiende la sensatez hasta extremos irrazonables; argumenta contra las herejías del siglo XX… para terminar instalándose en un Medievo convencional desde el que condena la Modernidad. Por todo ello, en cada página escrita por Chesterton aguarda, agazapada, esperando a que la hallemos, una alegría que salta a la cara del lector y le arranca una sonrisa. La de recordar lo ya sabido, la de reparar en las verdades más obvias del sentido común que Chesterton esgrime a diestra y siniestra.

Chesterton nació, lo mismo que Churchill, en 1874. Su obra abarca todos los géneros: escribió novela, teatro, cuento, poesía, ensayo, artículo periodístico; dictó conferencias; abordó con soltura asuntos de historia, teología, filosofía, economía, pintura, arqueología…

Era un perfecto inútil. En su despiste proverbial, todo lo perdía, incluso, frecuentemente, a sí mismo. No podía vestirse solo. Jamás sabía qué había hecho con el dinero. Podía dedicar tardes sin término a sus frecuentes tertulias donde discutía con sus muchos amigos, rehaciendo el mundo, y es cosa sabida que su catolicismo era hijo de una apuesta por la alegría: por ello, su fe desbordaba jovialidad; era tan vehemente que se sostenía, confiadamente, en la razón (para el creyente, decía, la razón es artículo de fe). En el cristianismo, no encontró una losa, sino una inspiración y el pretexto para darle la razón al hombre corriente… o beber un poco más de cerveza.

Bienvenidas críticas constructivas: juanmescamilla@gmail.com



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