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Justa. De lector a lector / número 16, septiembre de 2010

Editorial

Estándares de lectura

El jueves 26 de agosto de 2010, a las nueve de la mañana, en una memorable ceremonia, ante funcionarios, maestros y heroicos padres de familia y niños que salieron de sus casas entre las seis y las seis media de la mañana para llegar una hora antes a la sede de la SEP, don Alonso Lujambio, secretario de Educación Pública, presentó y dio alcance nacional a los “Estándares de habilidad lectora” –desarrollados en la Administración Federal de Servicios Educativos en el Distrito Federal.

Más allá de la jerga con que están oficialmente descritos, estos estándares son una tabla que señala el número de palabras mínimo y máximo que los alumnos de educación primaria y secundaria deben leer por minuto, de acuerdo con el grado que cursen. Estos estándares existen en otros países, y compararlos permite obtener conclusiones sobre el nivel de desarrollo de las capacidades lectoras de una nación, un estado, una escuela, un grupo, un alumno en particular.

La incorporación de los estándares de habilidad lectora a las prácticas escolares ha provocado inquietud y rechazo entre muchos maestros y especialistas. Se teme que destacar de tal manera la importancia de la velocidad con que un alumno lee puede colocar esta capacidad como una meta superior a la comprensión –como ha sucedido en el pasado–. Se teme también que esa lectura acotada de tan cerca atente contra la libertad, el placer y la gratuidad que son componentes indispensables para la formación de un lector.

Hay razones sobradas para estos temores; hace falta mantenerse vigilantes. Esta vez, sin embargo, quiero ser optimista. En los documentos relativos a los estándares, se insiste en que, para que la lectura sea efectiva, la comprensión es imprescindible. Sin comprensión no hay lectura, se insistió en la ceremonia; yo mismo lo hice –mis palabras aparecerán en este número de Justa junto con la circular, dirigida a las familias–. Los estándares no son una meta; deben usarse como un recurso diagnóstico, una manera de evaluar el nivel de un lector.

Algo me parece una ganancia: la media hora de lectura diaria en la escuela, y los veinte minutos de lectura diaria en la casa, bajo la supervisión de los padres que ahora forman parte de este programa.

Los buenos maestros siempre han hecho de la lectura y la escritura tareas de todos los días. Pero ahora, por primera vez, en tiempos en que leer y escribir parecían actividades desterradas de las escuelas –en 2001 el programa Rincones de Lectura desapareció; los libros de lectura de primaria están siendo suprimidos–, la lectura diaria forma parte oficialmente del quehacer cotidiano en las aulas y en los hogares, y eso, si se practica con la continuidad necesaria, puede tener efectos positivos que no imaginamos. Que en las escuelas haya un espacio abierto para la lectura y la escritura, al margen de los demás trabajos escolares, es una vieja aspiración de todos quienes creemos que la lectura y la escritura por interés y placer personales son indispensables para transformar el sistema educativo y, a final de cuentas, el país.

Felipe Garrido





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Y para los más chicos… que son muy grandes lectores…


¡Justita!

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