Publicado en: Mar, oct 12th, 2010

Alfonso Reyes y los territorios del arte, edición del Munal

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Adolfo Castañón

portada001 <i>Alfonso Reyes y los territorios del arte</i>, edición del Munal

Alfonso Reyes y los territorios del arte, edición del Museo Nacional de Arte de México (Munal), reúne once trabajos de investigadores y escritores que dan cuenta de otros tantos aspectos –o más– de la relación sustancial de Alfonso Reyes con el arte: 1) Fernando Curiel dedica su contribución a Savia Moderna; 2) Minerva Margarita Villarreal, a “Alfonso Reyes: una escritura sin fronteras”; 3) Adolfo Castañón, a “Algunas notas para situar la idea de México en Alfonso Reyes”; 4) Manuel González Casanova escribe “Fósforo y la critica de cine”; 5) Aurelio de los Reyes se ocupa de “Alfonso Reyes, censor de películas”; 6) Christopher Domínguez hace “Diferencia y simpatía: Goya y Reyes”; 7) Héctor Perea se ocupa de “La diplomacia cultural de Alfonso Reyes a favor del arte”; 8) Fernando Corona ahonda en “De Grecia a Cuernavaca: el épico saber de Alfonso Reyes; 9) Alicia Reyes se dedica a “Alfonso Reyes y su amistad con artistas plásticos”; 10) Arturo López, a “Aquiles o de la contemplación: Alfonso Reyes y los territorios del arte” y 11) Raquel Tibol rinde su “Informe de una experiencia”. Además, este libro-catálogo se acompaña de cinco presentaciones institucionales, de una lista catalográfica, de los respectivos créditos institucionales de la exposición homónima en el Munal (que fuera ocasión y origen en 2010, para la presentación de este libro) y de una lista de agradecimientos.

No extraña que una de las afirmaciones emblemáticas de Alfonso Reyes –esa que dice que el ensayo es el “Centauro de los géneros” (véase nota al final)– se encuentre inserta como un mosaico en un ensayo. “Las nuevas artes” fue escrito en 1944 y está dedicado a la exploración de las nueva experiencia estética con que se despertó el hombre del siglo XX: la fotografía, el cine, los procesos de reproducción técnica, la introducción en el arte de nuevas técnicas y procesos –el proceso mismo de las técnicas de dibujo y pintura–, el descubrimiento de las artes de todo el mundo empezando por las de los pueblos primitivos, o la recuperación, para el arte, de objetos de uso mágico y ritual en Oriente y Occidente. Todo esto condujo al hombre del siglo XX a la innovación y ensanche de lo que André Malraux llamaría más tarde “el museo imaginario”. “El radio –dice Reyes– transformará a la oratoria; el cine a la epopeya”. Por cierto, en ese ensayo luminoso, ocurre la comparación afortunada entre Chaplin y Cantinflas. Por otro lado, cabe constatar que la presencia del arte en el desarrollo de la vocación artística y literaria de Alfonso Reyes tuvo, por así decir, una función inaugural, instauradora y fundacional, como puede probar el hecho de que la primera publicación del joven poeta, “Duda” (tres sonetos), estuviese dedicada al grupo escultórico del artista conocido como Franciosino o Nicola Cordier, discípulo de Miguel Ángel que Reyes se había encontrado reproducidos en El mundo ilustrado: “un viejo de volteriana apariencia desliza al oído de un espantado jovencito las especies del escepticismo y del desarcimiento”.

Desde la más tierna infancia, por otro lado, el teatro, las artes escénicas, las representaciones dramáticas de diverso tipo animaban la infancia del niño Alfonso, y sus hermanos. Por si fuera poco, Reyes mismo –como otros escritores: James Thurber, Augusto Monterroso, Xavier Villaurrutia, José Moreno Villa– incursionó, a lo largo de sus cuadernos y apuntes, en el oficio de dibujante al punto que el dibujo de su ex libris fue trabajado por él mismo. No sólo eso. Cabría decir que la brújula invisible de las artes fue para Alfonso Reyes, a lo largo de su vida y de sus escritos, como un hilo de Ariadna que le permitió adentrarse en los santuarios ocultos y públicos de la civilización y la cultura. Al igual que en los casos de Guillame Apollinaire, Charles Baudelaire o de Octavio Paz, el arte fue para Alfonso Reyes puente hacia los otros y un sostén de su economía poética y crítica interior. De ahí que la exposición Alfonso Reyes y los territorios del arte, en el Munal, haya sido conceptualmente tan afortunada, y que el tema desborde necesariamente los límites del espacio en que se asienta. De ahí también que sea concebible –y aún apremiante– que uno de estos días se edite o publique una recopilación de escritos de Alfonso Reyes sobre arte.

En ese paisaje, se precisa el sentido de este libro-exposición, cuyos pabellones conceptuales están sostenidos por cuatro columnas.

1) La vida y la obra de Alfonso Reyes entreverada con el arte desde su juventud a través de las revistas Savia Moderna y Moderna de México, cuando recién había llegado a la ciudad de México desde Nuevo León. Allí tuvo una amistad viva y en persona con artistas, como Diego Rivera y Ángel Zárraga, con quienes tuvo nutrida correspondencia, y con otros mexicanos y españoles, como Manuel Rodríguez Lozano, Roberto Montenegro, José Moreno Villa, Max Aub, Carlos Bracho y Antonio Rodríguez Luna. Con estos últimos, mantuvo una estrecha y sólida amistad –reflejada en los numerosos documentos, objetos y pinturas que resguarda la Capilla Alfonsina de la ciudad de México.

2) El paisaje en movimiento de las artes tradicionales en el mundo.

3) El proceso histórico, político y cultural de México.

4) El proceso de expansión de las diversas artes.

Alfonso Reyes y los territorios del arte consta de once capítulos que revelan aspectos singulares de Alfonso Reyes en su relación con las artes, y todos traen la erudición y el saber como una fiesta. Abre Fernando Curiel con un provocador ensayo: “Savia Moderna, dealer”, que representa una restitución del paisaje de las artes plásticas en la cultura porfirista de fines del XIX y principios del siglo XX. Hace una minuciosa exposición de la “Agenda plástica” que maneja la revista. El capítulo de Curiel es interesante, pues revela hasta qué punto la generación del Centenario, El Ateneo, la Universidad Popular mexicana y el vasconcelismo tuvieron una materia común y compartida, un horizonte y un casting, un reparto común. También es elocuente de las rupturas y del gradual cambio en el gusto estético de esa época en movimiento que corresponde a la infancia y juventud de Alfonso Reyes.

En su colaboración, Minerva Margarita Villarreal adelanta la vocación de Alfonso Reyes como agente comunicador entre culturas: trujamán, bandeirante, o passeur, citando a la estudiosa francesa Rose Duroux quien escribió un trabajo comparando a Valery Larbaud, Enrique Díez Canedo y Alfonso Reyes.

Aduanero trasatlántico entre México, los Estados Unidos, la Argentina, España, Francia, Inglaterra, tanto como aduanero entre unas artes y otras: de ahí también se derivará la condición de Reyes como humanista, condición a la cual le debe no poco su labor como editor de Monterrey, el correo unipersonal que sostuvo Reyes desde Río y desde Buenos Aires casi durante 10 años.

Del ensayo de Castañón, diré que es uno de los más extensos y presenta en sus trazos una biografía de Alfonso Reyes que permite comprender cómo su diálogo en cuanto poeta y escritor con las otras artes y prácticas artísticas era reflejo de un armónico desarrollo sensitivo que le permitía a aquel hombre vivir al aire libre con los cinco sentido abiertos y soñar con los seis sentidos alertas. El cosmopolitismo de Alfonso Reyes se correspondería con un polimorfismo personal y sensitivo, sin perder nunca de vista la idea de patria o nación.

Los dos ensayos que siguen, “Fósforo y la crítica de cine” y “Alfonso Reyes, censor de películas”, están dedicados al mundo del cinematógrafo en sus diversos aspectos.

Manuel González Casanova hace un inteligente planteamiento de cómo el tandem Reyes-Guzmán fue sensible a la emergencia del nuevo género artístico y a su capacidad de transformación del mundo de las artes en general. Manuel González Casanova aparta cómo ambos escriben alterando párrafos. Tiene además el acierto de rastrear los antecedentes de esa labor literaria en las crónicas ingeniosas y pioneras de Amado Nervo.

Aurelio de los Reyes, en su ensayo, trae a la luz la condición digamos inquisitorial o policiaca o meramente supervisora de quienes trabajan en el mundo diplomático: “Como censor, Alfonso Reyes se enfrentó a la exhibición en Francia de dos películas prohibidas por el Gobierno mexicano, Why Worry (1923) de Harold Lloyd y Mademoiselle Mid night (1923) de Robert Z. Leonart; envió además la iniciativa de filmar una película de propaganda favorable a México por la compañía francesa Gaumont”. Todo esto formaba parte de lo que Reyes mismo llama “Campaña de saneamiento del cine por lo que afecta a los intereses de México”. “Alfonso Reyes como censor no manifestó ni dejó traslucir su opinión personal sobre las películas… ni emitió juicio alguno estético, se limitó a aplicar la política del Gobierno mexicano como buen funcionario que era”. La labor de Reyes fue tan exitosa que fue nombrado en Francia censor oficial “para las películas con asuntos relacionados con mexicanos”. El entusiasmo de los franceses por la causa mexicana promovida por Alfonso Reyes llegó al punto de que el Sr. Jean Faugere, director de Gaumont, le propondría al Gobierno mexicano, a través de Reyes, hacer una serie de películas a favor de México financiadas por… México.

En su colaboración, Christopher Domínguez Michael realiza una circunvalación para extraer, como en una ecuación algebraica, la “diferencia y simpatía” que aproxima y separa a “Goya y Reyes”. En principio –nos dice Domínguez– “lo goyesco” se acomoda a “la idea gentil y mesurada” […] que se desprende del humanismo de Reyes. Cuando recibe la invitación de ir a Burdeos por parte de Azorín, Reyes acaba de cumplir treinta años. Reyes, al igual que Goya en Burdeos “es un desterrado más o menos voluntario”.

A partir de ahí, Domínguez inicia un contrapunto dialógico entre Goya y Reyes haciendo pasar la vida y la obra de éste por el trasluz acendrado por el cristal de aquél: por ejemplo, nos dice cómo Bernardo Reyes ha sido uno “de los primeros hijos que la Revolución Mexicana ha devorado como Saturno a sus hijos”. Nos dice Domínguez cómo, gracias a Velázquez, va apreciando a Goya y sus caprichos grotescos. Así –concluye Domínguez–, “Reyes traza el meridiano de su hispanoamericanidad: ambigüedad ante el rapto romántico, fidelidad al materialismo moribundo de los filósofos en conflicto con el cristianismo y esa alegría barroca a la que se le va endureciendo el gusto por las preocupaciones neo-clásicas, por la amenazante dictadura del Rococó”.

portada002 <i>Alfonso Reyes y los territorios del arte</i>, edición del Munal

Otra es la perspectiva de Héctor Perea. Curador de la exposición en el Munal, es uno de los estudiosos mexicanos más asiduos y enterados de la obra de Alfonso Reyes. Fue el editor del catálogo de la exposición itinerante entre Sao Paulo, París, Madrid, Toulouse, Brasilia, Chicago y Nueva York, que se publicó y exhibió en 2007, y que –debe decirse– es radicalmente distinta a esta exposición en torno a Alfonso Reyes y el arte. Perea es autor de varios libros sobre Alfonso Reyes, y acaba de publicar en la UNAM, un volumen que reúne 14 ensayos, notas y apuntes sobre este autor. Por cierto, Perea ha puesto como portada de ese libro –Héctor Perea, Ojos de Reyes, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2009– la misma que tiene el catálogo titulado Sendero entre la vida y la ficción y que muestra a un Reyes-neptúnico, como viniendo del mar embravecido que se rompe a sus espaldas. El acucioso texto de Perea muestra a Alfonso Reyes en todo su polimorfismo artístico: aparece ahí el dibujante, el coleccionista, el aficionado a los museos y el apasionado por las obras de arte. Pero, sobre todo, surge la figura de un escritor y poeta movido por el arte, necesitado de la compañía y del calor humano de los pintores y artistas, cuya compañía humana y editorial siempre procuró. La lista es larga, y Perea sabe exponer muy bien los lazos que Reyes va anudando a lo largo de los años y de sus sucesivas residencias con personajes como Henri Cordier, Julio Ruelas, Foujita, Diego Rivera, Angelina Beloff, Marie Blanchard, Cándido Portinari, Tarsila do Amaral –mujer algún tiempo de Oswaldo de Andrade– Emilio Cavalcanti, Cicero Días, Dimitri Ismailovith, Manuel Rodríguez Lozano, Elvira Gascón, Roberto Montenegro y José Moreno Villa.

Llama la atención cómo los “ojos penetrantes, sensibles, analíticos” de Reyes (Perea citando a Raquel Tibol) se acercaron al mundo de las vanguardias con una mirada clásica o inclinada hacia el clasicismo. El otro dato sobre el que Perea llama atinadamente la atención es la tendencia de Alfonso Reyes a introducir, desde el título mismo de sus obras, elementos plásticos: Visión de Anáhuac, Cartones de Madrid, El plano oblicuo, Retratos reales e imaginarios, etcétera.

A esto ha de añadirse la exigencia casi sistemática de Alfonso Reyes en plantear la edición y publicación como un hecho no sólo editorial sino artístico. Por eso, en casi todas de sus ediciones príncipe, van a figurar artistas como Norah Borges, José Moreno Villa o Elvira Gascón.

A esa dimensión, hay que añadir el conocimiento íntimo y vivido que Reyes puede tener del mundo de los artistas. Aquí Reyes se integra a una genealogía de autores como Charles Baudelaire, Théophile Gautier y Guillaume Apollinaire o, en lengua inglesa, W. B. Yeats y Samuel Beckett, que respiran el mundo de las letras como parte del mundo del arte. Ésa es parte de la gracia del texto de Héctor Perea aquí incluido: “La diplomacia cultural de Alfonso Reyes a favor del arte”. Pero a Alfonso Reyes no le gustaba todo ni era un entusiasta ciego. Perea recuerda su atracción y amistad por la brasileña Tarsila de Amaral de “quien no guardó obra alguna”, quizá por la “casi nula simpatía que (Reyes) sintió por algunas vertientes de la vanguardia internacional”.

El ensayo de Fernando Corona, “De Grecia a Cuernavaca: El épico saber de Alfonso Reyes”, es notable no sólo por la familiaridad que tiene el autor del universo clásico, tal y como se da o aparece en la obra de Alfonso Reyes, sino por su inteligencia certera. El clasicismo de Reyes está lejos de ser ornamental; su “afición de Grecia” dista de ser superficial o epidérmica.

alfonso <i>Alfonso Reyes y los territorios del arte</i>, edición del Munal

Alfonso Reyes

Ya desde el ensayo sobre las tres Electras reunido en Cuestiones estéticas y escrito mucho antes de la muerte trágica del general Bernardo Reyes, tiene la intuición de que un sello trágico estampa su vida. El despertar de la infancia a la adolescencia de Alfonso Reyes coincide con el inicio de un mundo de sospechas, intrigas y ambigüedades que marca la entronización del general como figura pública y figura de poder. Para Alfonso Reyes, es el inicio de la tragedia y el comienzo de su iniciación personal en la tradición clásica como algo vivido y sufrido en lo personal.

Toca a Alicia Reyes repasar el tema de “Alfonso Reyes y su amistad con artistas plásticos”. El texto gira en torno a seis figuras decisivas: Diego Rivera, Angelina Belluf, José Moreno Villa, Manuel Rodríguez Lozano, Foujita y Roberto Montenegro. El común denominador de esta relación es la generosidad: Reyes aparece en anécdotas y cartas como un generoso “dador”.

“Aquiles o de la contemplación. Alfonso Reyes y los territorios del arte” es el amplio y pormenorizado ensayo con que concluye este hermoso libro-catálogo: Arturo tiene además el mérito de ser el curador de esta exposición en torno a las artes: los nombres y lugares nos son conocidos. El artículo de López retoma y ahonda varios de los lugares tratados antes por Héctor Perea, Manuel González Casanova o Christopher Domínguez, pero imprime a su texto una singularidad: la de vincular a los artistas con la cultura y con la historia.

Otro dato importante de este texto: es la noticia –ojo a los reyistas– de la correspondencia sostenida entre el dibujante salvadoreño Toño Salazar y Alfonso Reyes, y la de éste con Diego Rivera. De hecho, uno de los saldos que arroja este ensayo es el de la imperiosa necesidad de editar un libro con la correspondencia entre los dos grandes gordos de la cultura mexicana; así como la de editar una antología de Alfonso Reyes a la luz del arte y de los artistas.

El libro concluye con informe técnico de Raquel Tibol, realizado en 1981, cuando trabajó para convertir, en museo visitable, la casa de Alfonso Reyes que ahora conocemos como Capilla.

En síntesis, esta exposición y este libro son reconfortantes. Si se mide la continuidad y atención de una cultura hacia sus protagonistas, en este caso Alfonso Reyes, como un índice de la vitalidad de dicha cultura, puede pensarse que la cultura mexicana ha sabido sobrevivir a las crisis, presupuestos, recortes, revoluciones y contrarrevoluciones. [Alfonso Reyes y los territorios del arte, México, Museo Nacional de Arte/Editorial RM y Villacero, 2009].

Nota

“… y el ensayo: este centauro de los géneros, donde hay de todo y cabe de todo, propio hijo caprichoso de una cultura que no puede ya responder al orbe circular y cerrado de los antiguos, sino a la curva abierta, al proceso en marcha, al “Etcétera” cantado ya por un poeta contemporáneo preocupado de filosofía”. Alfonso Reyes, “Las nuevas artes”, en Norte y Sur, Obras completas, t. IX, México, Fondo de Cultura Económica, 1996.


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