Publicado en: Jue, ago 6th, 2009

Bitácora de mi leer

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Gustavo Emilio Rosales

Que otros se jacten de los libros que les ha sido dado leer, yo me precio de los lugares en que me ha sido dado ejercer el placer de la lectura.

Algunos de estos sitios han desaparecido, como el Julepe y el Bar-Bas, dos prostíbulos de la Zona Rosa donde yo iba de joven a beber cubas y devorar Paradiso, Rayuela y El coronel no tiene quien le escriba entre el humo de otros y la mirada atónita de las profesionales del lugar, que terminaban sentándose a mi mesa para que yo, después de compartir con ellas la lectura en voz alta, les escribiera sobre cualquier tipo de papel anotaciones de amor, reclamo y amenaza. En un ámbito al que los varones ingresan para pagar, yo cobraba por mi labor como amanuense. ¡Oh, gracias libros! Pocas veces me sentí mejor remunerado por mis servicios, en metálico o en especie.

A la cabeza de estos recintos de gozo también están los baños. Emplazamiento de tortura para algunos, único recurso de desinhibición para otros, los sanitarios –lo sé de cierto– ofrecen la necesaria intimidad para que el libro encuentre a su lector y viceversa. Algo parecido a la comunión se verifica sobre el escusado (retrete, es la palabra que recibe este objeto hacia el sur del continente; trono le llaman los desposeídos), cuando un libro está a mano. La atención se concentra en el texto de forma inusitada: en pocos segundos nos encontramos inmersos en un vaivén de imágenes, ritmos, anécdotas, ideas. Habitamos, literalmente, los discursos impresos que en numerosas ocasiones rebasan los formatos del tomo encuadernado para situarse en revistas, cómics, panfletos, libelos; o, en caso de extrema urgencia lectora, almanaques, instructivos, recetas o tablas de ingredientes.

El baño es un perfecto lugar para leer. No preguntemos por qué; simplemente… lo es. Huizinga coloca a la evacuación como una pausa ineludible en la frenética lucha de las primeras comunidades por lograr sobrevivir a catástrofes y depredadores. De acuerdo con su apunte, el tiempo de aliviar los intestinos es proclive para hallar momentos de introspección; sin embargo, tememos estar a solas con nosotros mismos, aun en ese instante de intimidad fisiológica, por lo que decidimos con ansiedad la compañía más discreta y segura: algo que leer. Henry Miller, según él mismo confesó, leyó con fruición en el retrete mientras se encontraba en la cumbre de su audacia juvenil; años después, ya triunfador, elegía para hacerlo sólo los bosques de París. Sin duda algo en este proceso de aburguesamiento lector se relaciona con su progresiva mediocridad como escritor.

A propósito, es menester aclarar que de ningún modo la lectura en el baño da como resultado escritores de baño. Curioso, pero mientras que en el sanitario se pueden degustar páginas densas (recuerdo mis primeros intentos de descifrar la Crítica de la razón pura en el toilette de Bísquets), los escritos que suelen rondar por estos lugares son de corte rudimentario: una constatación imperativa –“Aquí estuvo su padre, tomen…”– o declaraciones de índole sexual. Sentimos que Álvaro Mutis miente, por ejemplo, cuando dice que Maqroll tapizó un mingitorio con sentencias del tipo “Sigue a los navíos. Sigue la ruta que surcan las gastadas y tristes embarcaciones. No te detengas. Evita hasta el más humilde fondeadero. Remonta los ríos. Desciende por los ríos. Confúndete en las lluvias que inundan las sabanas. Niega toda orilla”. Es claro que el escritor colombiano, pese a haber estado preso en Lecumberri, desconoce los códigos no escritos de los baños públicos, donde nadie en su sano juicio escribe más de dos frases seguidas.

Creo justo incluir aquí un reconocimiento breve a los baños de Sanborn’s, que son, desde hace décadas, los más hospitalarios que se conocen en el Distrito Federal. A excepción de unos cuantos –como el de la Plaza de los Coyotes, en Coyoacán–, suelen ser lugares aseados, de libre acceso y permanencia voluntaria, condiciones propicias para el fomento de la lectura. Siempre encontraremos en ellos agua, jabón, papel y un ganchito donde colgar abrigo, mochila o bolsa y así quedar en libertad de desplegar nuestros impresos de interés. Si somos temerarios y no portamos algo que leer, siempre está la posibilidad de atravesar como ráfaga la zona de libros y revistas antes de ingresar al sanitario con el tesoro que nuestro cinismo conquistó. Los baños de esta empresa –en mi bitácora de lector– tienen olor a infancia, a Herman Hesse, a García Márquez, a Borges, al fanzine Acústica, a los monitos de la Familia Burrón, Chanoc, Fantômas y la revista Plural, de Octavio Paz.

A diferencia de Miller, sigo leyendo en todo tipo de toilettes y de vez en cuando experimento una anagnórisis –esa operación clave de la tragedia griega, que consiste en un reconocimiento de corte existencial– cuando me veo hospedado en el baño de alguien que ha colocado allí un revistero bien nutrido.

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Displaying 2 Comments
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  1. Julio César Hernández. G. dice:

    “El baño es un lugar perfecto para leer”. Todos los lugares son perfectos para tal intimidad.

    A Alejandro Gaspar: en tu comentario anterior, pretendes hacer notar la mediocridad de dos personas – Miller y el autor del artículo – pero lo haces con un mediocre conjunto de palabras que sólo denotan enfado. El artículo anterior no intenta dar una cátedra de meditación literaria, es sólo la expresión de un acto.

    Y al llamar “putas” a “las profesionales del lugar” demuestras tu falta de sensibilidad para comprender que lo que “leíste“ no era un reto ni una tarea, sino sólo un texto con que entretenerse un momento.

  2. Alejandro Gaspar dice:

    Así que ibas a los prostíbulos a leer a Lezama y a convertirte en el vate de las que, no atreviéndote a llamar putas, llamas “las profesionales del lugar”. Y eres tan pero tan culto y etéreo que ni cuando vas a cagar dejas de zambullirte en profundas meditaciones filosóficas y literarias. Y claro, eres muy superior al progresivamente mediocre Miller porque tú sí experimentas la anagnórisis en el retrete. Por eso a todas luces eres mejor prosista; es notorio.

    En tu artículo no hay verdad. Es, de principio a fin, una pose de snob coyoacanense, un alarde condechis. Me quedo con que, para ti, los retretes sanbornseros huelen “a infancia”. Infancia es destino, dicen.

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