Publicado en: Jue, sep 1st, 2011

Búsqueda (cinco historias breves)

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Héctor Palacio

ciudad Búsqueda (cinco historias breves)

Exasperado, angustiado casi, corrí tras una historia. Ésa que ya había adivinado al pasar, que había cruzado ante mí, que había sido mi propósito postergado y que no deseaba dejar escapar una vez más. Pero ahora iría en pos de ella. Entonces, no me importó mirar hacia los lados por las calles sin sonreír amable a las señoras con sus niños o a los homosexuales que venden quesadillas. Ni reparar en los velorios inesperados con vistas a la acera; si acaso cuando mucho, registrar de soslayo los hermosos ojos de los jóvenes rostros de muchachas incipientes. Mi objetivo me precipitó a las escaleras del metro azul esquivando a los venteros. Un tanto sofocado, di un salto al vagón que ya cerraba saturado en hora no tan pico. Aun así, ignoré el escándalo de ruidos y canciones abrumadoras. En Revolución, resolví subir al metrobús una estación sola. Porque la historia se había, como si dijéramos, revelado desde allí, como al pasar. Descendí, pues, en Plaza de la República y crucé Insurgentes a la izquierda.

Luego, giré, y un trazo casi recto se dibujó entonces desde una calle de viejos y bellos edificios porfirianos y el nuevo Teatro Principal, hasta la tierra prometida a mi objetivo. Caminé como por un impulso primigenio. Registré con la mirada y la memoria las posibilidades al pulso de mis piernas y mis ojos. Atravesé Insurgentes de nuevo sobre Valentín Gómez Farías ya reposicionado hacia mi meta. Un reciente camellón de enormes estalactitas metálicas con el registro de escudos y nombres de ciudades mexicanas, era el pasaje de la despejada ruta hacia el encuentro con el remozado Monumento a la Revolución de ascensor, museo y mirador, mas con los mismos huesos, algunos criminales, de héroes oficiales.

Desde el arco, descendí hacia la explanada repleta de escolares y miré, en el Jiménez Rueda, otro teatro ausente de obras. Y edificios Art déco conviviendo en agonía con las modernas construcciones extendidas hasta Avenida Reforma y Bucareli, donde un caballo amarillento nunca realmente valorado, relinchaba los hedores de ciudad, de senadores a punto de partida con maletas y maletines a inteligentes instalaciones y de niños lectores de bolitas de loterías sangradas por las mañosas administraciones marcadas a cierta distancia por un reloj chino alcanzado aún  por la mirada. Y con el sol lloviendo a plomo, ya estaba en Juárez.

¿Y quién no ha hablado de Avenida Juárez que no parezca ya un exceso: novelistas, cronistas y poetas? ¿Huertas, Novos, Fuentes, todos? De lo que había y no existía aún. De lo que ha desaparecido y lo que habrá. Solidaridad en plaza, Alameda decadente, Hemiciclo de agravios (El Sótano y la Gandhi, cordiales invitaciones a las letras), nuevas estructuras slimicenses… Converso brevemente con un viejo franelero sobre la recién inaugurada estatua de Madero cabalgando hacia nosotros, hacia su calle, hacia el Palacio. Y al final, Bellas Artes (teatro Blancote vecino del Blanquita, para algunos críticos de su mermada calidad de producción), Correos, Torre Latinoamericana, La Nacional, Banco de México, y un prolongado etcétera. Dejo atrás Lázaro Cárdenas y su tráfago, adentrándome al bien decidido itinerario peatonal de Madero; aunque al quedar elevado modificara la perspectiva en el horizonte.

Transito sin ver los caminantes, pensando exaltado, entre los vivos, en los muertos que por allí pasaran antes de que Villa y Zapata, elegantiosos, comieran mole en Los Azulejos, o antes de que los caballos de los múltiples ejércitos defecaran el pasto por la vía, que Iturbide habitara su magnífica mansión, que virreyes y mexicanos de distinta jerarquía y condición transitaran asimismo esa vena, y que los caballos españoles también cumplieran su función. Antes que las embarcaciones me condujeran por el canal nutrido de ciudadanos y animales y de trueques y de ventas. Antes de que avanzáramos y todo miráramos desde la canoa y luego ya desembarcáramos; en pie al fin como entre sueños de visiones de vencidos y de Anáhuac (Reyes y León Portilla caminando junto a mis pasos). Antes de que nos vaciáramos finalmente al mundo fantástico a los ojos de Bernal Díaz del Castillo.

Desemboqué, ya solo, al caer la noche, al rito y al eco de flautas, conchas, teponaxtles, inciensos y danzantes. Avancé desguarnecido como esperando ya la inmolación en una plaza enorme que abría su espacio y su horizonte a millar millones de expresiones de vidas y de muertes. Avancé, y con ojos de angustiado, consternado miré como entre brumas el mayor templo de México-Tenochtitlán, encendido y abrasado de vapores, humo y fuego. Y marché, continúe caminando, pues ya había encontrado al fin lo que buscaba: el término de la historia, de mi historia, en una pesada y vertiginosa piedra de sacrificios.

***

Texto previamente publicado en

http://sdpnoticias.com/columna/2147/Busqueda_5_historias_breves


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Displaying 1 Comments
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  1. Juan José dice:

    ¡Qué cursi!

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