Publicado en: Lun, may 10th, 2010

Cabos sueltos

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Recordación de Arreola
(Entrega 1 de 7)

Felipe Garrido

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arreola Cabos sueltos

Juan José Arreola

La mañana era tan luminosa que dolía en los ojos –y, en verdad, no era lo más doloroso esa mañana–. Había llovido, o así lo recuerdo, porque en mi memoria aquel momento trasciende a nardos y a humedad. La habitación, en la planta alta, espaciosa, toda maderas y lienzos claros; algunos libros –pocos, arrinconados, un mueble curiosamente pequeño–; bugambilias y jacarandas en la enorme ventana que se abría a la calle de Córdoba –estábamos en Zapopan–, esfumadas por una cortina sutilísima que moderaba la luz.

Claudia en la puerta y, en torno a la cama –alta, desnuda, utilitaria, de hospital–, Elsa Cross, José Luis Martínez y yo. La cabecera estaba alzada. Entre almohadas, una carita rubicunda de niño bien peinado, bien comido, bien portado, extrañamente desdentado, una mirada inquieta, como perseguida.

–Es José Luis, papá; es Elsa, es Felipe –decía Claudia–; salúdalos.

Pero hacía tiempo que Juan José no podía hablar. Llevaba muchos meses enfermo. Fue la segunda, y la última, vez que lo vi durante esa paradójica condena que casi por completo lo privó de la palabra –de la vida– tres años antes de morir. Creo que esa mañana mi admirado y querido y tantas veces leído Juan José no podía reconocer a nadie –aunque Elsa tuvo la impresión de que había intentado llamarla–. En todo caso, no a nosotros, a José Luis ni a mí.

Que Arreola no supiera quién era yo no me sorprendía; aunque hubo momentos de gran amistad y cercanía, nuestro trato no fue nunca tan continuado ni tan intenso como yo hubiera querido. Me dolía, en cambio, que no se diera cuenta de que allí estaba José Luis Martínez: se conocieron cuando tenían cuatro años, en Zapotlán el Grande, y se encontraban allí, toda la vida después, en una despedida dispareja, Arreola tal vez sin conciencia de lo que pasaba, Martínez repitiendo su saludo, tan consternado que me parece que no tocó a su amigo. No estoy seguro, pero creo recordarlo porque yo tomé en las mías la mano izquierda de Juan José –era lo que más se parecía a darle un abrazo– mientras él volvía la cabeza a uno y otro lado y no dejaba quieta la mirada y temblaba, como con calosfríos. Digo que es posible que José Luis no quisiera sentir el frío de los huesos de su amigo –que de seguro imaginaba– porque entonces, mientras repetía “salúdalos, papá”, Claudia entró y para arroparlo pasó, del lado contrario al que yo ocupaba, entre la cama y José Luis, quien aprovechó el momento para decir que nos esperaba abajo –y Elsa tuvo la elegancia de acompañarlo.

Una vez que ellos salieron, Claudia apretó las sábanas por debajo de los costados de su padre, como se arropa a una criatura, dejándole los brazos de fuera, y siguió hablando: “Anda, papá, saluda a Felipe”. Dirigiéndose a mí: “En la mañana le estuve leyendo”. Mientras le acomodaba un rizo: “Anda, papá, dile algo de Carlos”.

Esas palabras fueron un ensalmo: algo se le acomodó a Juan José por dentro; la mirada al frente, un aire sereno. Su boca sin dientes comenzó a farfullar –si yo no hubiera conocido el poema no habría sabido qué decía–: “Hermano Sol, cuando te plazca, vamos/ a colocar la tarde donde quieras”, sin parar, por esa rara vez a la letra, barboteando las palabras, “y las hormigas, de tu luz raseras,/ moverán prodigiosos miligramos”, que nos traían a la memoria su cuento, hasta llegar al verso final: “Con las manos/ encendimos la estrella y como hermanos/ caminamos detrás de un hondo muro.”

Lo recuerdo ahora, cuando los días son más cortos que las noches y estamos cada vez más lejos de la fecha –3 de diciembre de 2001– en que Juan José terminó de morir. Lo recuerdo porque he vuelto a leer algo que José Luis Martínez escribió sobre este episodio, en una reseña minuciosa y sabia, como acostumbró siempre, “Reaparición de Arreola”, que fue publicada en 2004, en el número correspondiente a junio, creo, de Letras Libres:

Cuando visitamos a Juan José enfermo, yo no conseguí que me dijera ni una palabra, pero un amigo me contó que le había recordado un soneto de Lope o de Pellicer, y que Juan José le cambió algunas palabras, pero sin romper la medida de los versos.

Lo del cambio de palabras “sin romper la medida de los versos”, como acostumbraba Arreola, tan deliciosamente arriesgado para citar de memoria, es otra historia –José Luis mezcló los dos cuadros; su memoria, como la mía y la de Juan José y me imagino que la de Elsa también, y la de todos, de vez en cuando le jugaba bromas–. Arreola solía, como está dicho, citar de memoria, y no era raro que suprimiera algún verso, o que cambiara alguna palabra, y tampoco era infrecuente que al hacerlo mejorara el original.

Cito un caso comprobable: en “Tres días y un cenicero”, probablemente el último texto que Arreola escribió –Orso Arreola comparte esta opinión; luego Juan José se dedicó a decirlos–, el padre del narrador

… después de repasar con ojos y manos el gran pedrusco de mármol verdinoso y ennegrecido, rayado de vetas blancas y doradas [la Venus encontrada en la laguna], lo coge por la cintura y lo levanta una cuarta del suelo mientras declama jadeante como un sátiro jovial: “Idolatría del peso femenino/ cesta ufana/ que levantamos por encima de la primera cana/ en la columna de nuestros felices brazos sacramentales…

Versos de su idolatrado López Velarde, que Arreola retoca al citarlos, pues el texto de “Idolatría” dice: “Idolatría/ del peso femenino, cesta ufana/ que levantamos entre los rosales/ por encima de la primera cana,/ en la columna de nuestros felices/ brazos sacramentales.

Al menos para mí, suprimir “entre los rosales” es un acierto.

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