Publicado en: Lun, may 10th, 2010

Cabos sueltos

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Recordación de Arreola
(Entrega 5 de 7)

Felipe Garrido

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A fines de ese año vendió una máquina de escribir Oliver, que le había regalado su padre, y una escopeta que había adquirido por su cuenta. Le dieron trece pesos por la escopeta y dieciocho por la máquina. Compró un boleto a México, y llegó con casi trece pesos en la bolsa. En la capital, trató a varios escritores que lo aproximaron a la literatura con su ejemplo: entre otros, Usigli, Villaurrutia y, tan jóvenes como él, José Luis Martínez y Alí Chumacero. Su primer maestro de teatro, el que le enseñó a decir versos y a leer en voz alta, fue Fernando Wagner. Entre otros grandes poetas, le reveló a Rilke.

En 1939 y 1940, metido en el teatro hasta el cuello, Arreola escribió sus primeros textos realmente literarios: algunos poemas y tres farsas en un acto: La sombra de la sombra, Rojo y negro, inspirada en Stendhal, y Tierras de Dios.

A principios de 1940, tras un descalabro económico y una frustración sentimental, volvió a Zapotlán. Esta vez trabajó como maestro de secundaria, y se dedicó a leer con avidez. Escribió también su primer cuento, “Sueño de Navidad”, que se publicó en un periódico local, El Vigía, la Navidad de 1940.

Tres años más tarde, en Guadalajara, en el primer número de Eos -julio de 1943-, una revista editada por Arturo Rivas Sáiz y por Arreola, éste publicó su primera obra maestra: “Hizo el bien mientras vivió”. Un texto redondo, de sobresaliente arquitectura, tono mesurado y excelente dibujo de personajes. Algunos lo han tildado de cursi. El propio Arreola: “Es un relato de la vida provinciana que me salió del corazón. Está lleno de cursilería pueblerina. Fue un producto natural de mi nobleza adolescente, de mi creencia en la vida y el amor”. El juicio es erróneo o, al menos, hay que matizarlo: la cursilería es de los personajes, no del relato, que es sobrio, medido, astuto para informar al lector de lo que va sucediendo, aunque los personajes no se atrevan a nombrarlo.

Además de “Hizo el bien mientras vivió”, en tres de los cuatro números que Eos sobrevivió, Arreola reseñó El gesticulador de Rodolfo Usigli, y El luto humano, de José Revueltas, y publicó unas décimas de las cuales, por curiosidad, transcribo aquí la última:

Gracias por esta ventura
nacida de tu presencia,
y gracias por la dolencia
que tu falta me procura.
Gracias en fin porque dura
sobre mi ser tu substancia,
gracias por esta fragancia
que de tu vida se vierte;
gracias en fin por la muerte
que siento por tu distancia.

En Guadalajara, Arreola conoció al actor francés Louis Jouvet. Con su patrocinio viajó a París, en 1944, para estudiar arte dramático, y llegó a pisar el escenario de la Comedia Francesa.

A su regreso hubo otra revista tapatía, Pan, que fundó con Antonio Alatorre: siete números, de junio de 1945 a enero-febrero de 1946. En el primero, Arreola publicó dos “Fragmentos de una novela” que no terminó nunca y que hasta ahora no han sido recogidos; en el número 3, “El converso”, y en el 6 un “Soneto” y la carta a un zapatero -es imposible no pensar en su padre, como lo dibuja en La feria- que ahora conocemos como “Carta a un zapatero que compuso mal unos zapatos”. (Rulfo publicó “Nos han dado la tierra” en el número 2, y “Macario” en el 6).

Guadalajara ya le quedaba estrecha y el escritor se mudó a México donde ingresó, por mediación de Alatorre, al Fondo de Cultura Económica, para trabajar, y a El Colegio de México, para estudiar filología. En esa ciudad, reincidiría en las tareas editoriales: fundó y dirigió la colección Los Presentes, editó Libros y Cuadernos del Unicornio, la revista Mester y las ediciones del mismo nombre. Asimismo emprendió el rescate de La Casa del Lago, en la primera sección de Chapultepec; con Héctor Mendoza dirigió un movimiento teatral llamado Poesía en Voz Alta; con generosidad ejemplar, formó en su casa un taller de creación literaria por el que pasaron, en tiempos diferentes, escritores como Vicente Leñero, José de la Colina, José Emilio Pacheco, Fernando del Paso, Tita Valencia, José Agustín, René Avilés Fabila, Alejandro Aura…

Después de Palindroma, Arreola dejó la escritura, pero no la palabra. Su presencia en numerosos foros y en la televisión, para hablar en vivo, es una nota peculiar de la cultura mexicana en los años finales del siglo XX -fragmentos tomados de sus charlas fueron convertidos en libros por escuchas atentos y devotos, como Jorge Arturo Ojeda, a quien debemos Y ahora, la mujer… y La palabra educación-. Para algunos, su presencia repetida cada semana, cuando tuvo programas fijos en diversos canales de televisión -ninguno tan memorable como los diálogos que sostuvo en Canal 11 con Antonio Alatorre-, podía restarle capacidad de sorpresa. Lo cierto es que, al través de ese medio, Arreola llevó la fiesta de la palabra a un público muchísimo más amplio que el alcanzado por sus libros. ¡Qué fuerza de contagio tenía verlo regodearse con palabras que le abrillantaban la mirada y le llenaban la boca! En la televisión y en sus numerosas apariciones en público, Arreola le devolvió a la palabra su antigua libertad, su antigua independencia del texto.

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