Cabos sueltos
Recordación de Arreola
(Entrega 6 de 7)

“Quien llegue a saber –escribió Carballo– qué significa la mujer a lo largo de la obra de Arreola podrá decir quién es Juan José Arreola y qué significa su obra”. No hay ningún tema más obsesivamente explorado por Arreola que la mujer, el amor, la rencorosa imposibilidad de la compañía.
Una constante en su obra es el parto –en “Informe de Liberia” los niños se niegan a nacer–. Arreola se siente expulsado; necesita ser depositado en la tierra y ve en el amor un símbolo de ese regreso al seno de la gran madre. Considera que al amar a una mujer nos insertamos en la tierra, y que el deseo supremo, más allá del impulso de la vida, es el deseo de desaparecer, de dejar de ser individuo, de regresar al todo original.
No hay compañía posible. Esa radical amargura la vierte contra la mujer, aunque al mismo tiempo vuelve siempre a venerarla de rodillas. Arreola está convencido de que la soledad radical brota de la separación primaria de ese ser platónico que contenía, en una sola masa biológica, al hombre y la mujer: “Padezco la nostalgia de esa separación y he tratado de expresarla en textos que pueden ser erróneamente interpretados como una crítica antifeminista. Desde la infancia he sido un ser ávido que busca completarse en la mujer”. La separación original ha intoxicado de rencor a uno y otro. Biológicamente, dice Arreola, la mujer lleva una carga mayor que el hombre; el hombre parece haberse quedado con el espíritu, con la materia que vuela.
Recurrentemente, Arreola examina los diversos matices de la relación entre hombres y mujeres. En “Teoría de Dulcinea”, el hombre rechaza a la mujer concreta, que está a su alcance, por perseguir un ideal, y en “Dama de pensamientos”, no hay sino el ideal, siempre más cómodo que una mujer concreta. En “In memoriam”, un hombre se refugia en el estudio de las relaciones sexuales al través de la historia, para protegerse de su mujer. En “Insectiada”, la mujer devoradora, como la mantis religiosa, confirma que, dice Arreola, la actitud natural de toda mujer es absorber al hombre. En “Luna de miel” y en “Interview”, la mujer es una trampa; el hombre enamorado se diluye en ella. “El rinoceronte” ilustra el caso de un hombre que aniquila totalmente a su esposa y después sufre el aniquilamiento total a manos de otra mujer. En “La migala”, un hombre sufre de pánico porque ha soltado en su casa una bestezuela amenazante.
“La vida privada”, “Pueblerina”, “El faro”, “Parábola del trueque”, “Corrido” examinan las posibilidades del triángulo y las paradojas de la fidelidad, desde una especie de tolerancia hacia el engaño, hasta el rencor desbordado en la violencia de los machetes y la sangre. Más complejo es el triángulo que plantea “Una mujer amaestrada”, donde un triste saltimbanqui exhibe en la calle a una mujer, sujeta con una cadena tan frágil que es virtualmente ilusoria, para que realice ante el público, por unas monedas, suertes bastante elementales. El narrador culmina la escena acompañando a bailar a la mujer y cayendo de rodillas ante ella para poner punto final a la función.
En una historia deliciosa que viene de la Edad Media, “La canción de Peronelle”, Arreola concluye una vez más que el amor es un ideal del espíritu. Un poeta viejo y tuerto y una jovencita enamorada de sus poemas van juntos en peregrinación, acompañados por una sirvienta, a la feria de San Dionisio. En el momento de la despedida, “Peronelle otorgó al poeta su más grande favor. Con la boca fragante, besó amorosa los labios marchitos del maestro. Y Guillermo de Machaut llevó sobre su corazón, hasta la muerte, la dorada hoja de avellano que Peronelle puso de por medio entre su beso”.
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