Cine mudo mexicano: nuestra herencia silente
Edgar Meritano
Al hablar de cine mexicano vienen a nuestras mentes las películas del melodrama ranchero, género mexicano por excelencia, con todos sus charros cantores y mujeres sufriendo; o bien el ícono del cine de luchadores: El Santo con sus más de 100 películas donde se enfrenta a todo tipo de monstruos como la momia, Frankenstein o científicos del mal. Sin embargo poco se conoce sobre los orígenes del cine en nuestro país y su herencia silente.
Hoy en día se ve al cine mexicano, no como una industria, sino como un objeto cultural al que hay que rescatar y que es una carga más para el presupuesto federal, sin mayor éxito en taquilla, avasallado por las súper producciones hollywoodenses. Las películas mexicanas simplemente pasan desapercibidas en la pantalla grande, pero no siempre fue así. México fue uno de los primeros países en gozar de las ventajas de la modernidad y sus nuevos inventos, entre ellos el cine; y de igual forma uno de los primeros países en tener una industria cinematográfica formal con gran variedad de películas para todo público y con un star system establecido.
Las Vistas
Cuando los hermanos Lumière hicieron sus primeras proyecciones en México, Edison ya había presentado en el país su kinetoscopio que era básicamente un proyector pequeño para un solo usuario, cargado con una película corta. Nuestro país fue pionero en la proyección de “las vistas”, las cuales eran películas sobre escenas cotidianas filmadas en calles concurridas o famosas de una ciudad; este tipo de cine tuvo un gran impacto en los espectadores debido a la novedad técnica, sin embargo rápidamente dejó de ser interesante, posiblemente porque no contaba ninguna historia y se limitaba a captar la cotidianeidad, por ello comenzó a ser una atracción de feria. (García Riera, 1998)
Debido a la falta de producciones, los exhibidores se fueron transformando en productores de “las vistas”, así dio inicio la proliferación del cine trashumante que consistía en ir de comunidad en comunidad exhibiendo películas filmadas en las mismas localidades de proyección, estos materiales cinematográficos eran complemento otros filmes.
El cine recorrió el país de esta forma, sin embargo la falta de argumento y drama lo limitaba al público de las provincias. En 1898 el norteamericano Enoch J. Rector proyectó en el Teatro Nacional un combate de box entre James Cobert y Bob Fitzsimmons, el cual fue filmado en Texas para eludir a las autoridades (García Riera, 1998: 21). Esta exhibición tuvo varias reseñas bastante polémicas por la naturaleza del deporte que en ese entonces estaba prohibido, pero fue la primera filmación deportiva exhibida en el país; a esto siguieron más peleas de box y también corridas de toros realizadas por numerosos productores.
El primer largometraje filmado en el país fue realizado por Enrique Rosas en 1906 y trataba sobre las fiestas presidenciales en Mérida; después surgieron otros medios y largometrajes del mismo orden documental como el Viaje de Justo Sierra a Palenque, otro sobre Gustavo Silva y el Desfile Histórico del Centenario de los hermanos Alva.
La Revolución
El cine documental encuentra un crisol prolífico en México con el inicio de la Revolución, que fue el primer conflicto armado documentado fílmicamente en el país. En este momento las producciones mexicanas dejaron de ser un complemento para convertirse en las protagonistas de las exhibiciones.
Entre los documentales de ésta época destaca Barbarous Mexico de 1912, una producción norteamericana que aborda el tema de la Revolución Mexicana que representó terreno fértil para los productores nacionales, a pesar del riesgo que suponía la filmación en el campo de batalla. Es una pena que gran parte de este material no se encuentre al alcance del público, o esté perdido (García Riera, 1998: 25)
Ficción en el cine mudo mexicano
La primera película de ficción del cine mudo mexicano fue una adaptación de Don Juan Tenorio de José Zorrilla, llevada a cabo por Salvador Toscano en 1899. El primer cine de ficción era parecido al teatro con planos abiertos y sin movimientos de cámara. La idea misma de ficción filmada iba en contra del concepto documentalista que tenían los Lumière sobre su invento, cuyo objetivo primordial era registrar con imágenes en movimiento la actividad humana, a pesar de ello esta nueva modalidad fílmica se encontraba en ascenso.
Otra película que destaca es El Grito de Dolores de 1907, filmada por Felipe de Jesús Haro. A mediados de la primera década del siglo XX, el cine pasó de ser una atracción de feria a un espectáculo formal, masivo y establecido; para 1910 ya eran 54 las salas de exhibición en el país, las cuales aumentaron con motivo del Centenario de la Independencia, esto a pesar de que el cine era considerado una forma de diversión para clases inferiores, debido a la naturaleza del espectáculo que requería de una sala oscura, muchas veces sucia e infestada de pulgas, nada comparable a la ópera o el teatro, espectáculos reservados para la alta sociedad. Ya para 1911 se nombraron inspectores de vigilancia e higiene para supervisar que los locales se encontraran limpios y en buenas condiciones, así como la moralidad de las vistas, este fue el primer equipo de censura del país (García Riera, 1998: 29)
Largometrajes de ficción
El cine mexicano empezó a ser más influenciado por el cine europeo, sobre todo después del ataque de Villa a Columbus en 1916, ya que después de este evento el western norteamericano puso en pantalla una imagen denigrante de los mexicanos, principalmente en papeles de villanos; esta imagen del mexicano sucio, inculto, malvado y violento permeó la historia del western hasta el spaghetti western baste, basta con recordar a los personajes Tuco o Ramón Rojo de Por un Puñado de Dólares (1964) o EL Bueno, El Malo y El Feo (1966) de Sergio Leone.
El cine europeo era considerado más refinado y culto que el cine norteamericano, por tal motivo la producción mexicana fue influida por el cine de divas italiano, así como por dar una imagen distinta de lo que promovía el cine norteamericano respecto a los mexicanos. Mientras tanto, la revolución era ignorada por la ficción, a diferencia del cine documental que encuentra en la revolución un nicho.
Yucatán da la primera aportación al largometraje de ficción en 1916 con la cinta 1810 o los libertadores de México, y con ello se declara la cuna del largometraje de ficción mexicano. El siguiente año, Mimí Derba fundó Azteca Films, atisbando la posibilidad de consolidar al cine mexicano como industria con cinco largometrajes: En Defensa Propia, Alma de Sacrificio, La Tigresa, La Soñadora y En la Sombra; películas de ficción completamente fuera del contexto de la realidad mexicana, ya que trataban sobre personajes nobles y sus palacios. (García Riera, 1998: 41). Derba no logró concluir su última película Chapultepec y con ello se disuelve Azteca Films, pero deja la puerta abierta al cine de ficción y al cine como industria.
Germán Camus logró consagrar el melodrama mexicano con Santa en 1921, adaptación de la popular novela de Federico Gamboa; Santa consolidó a la muchacha en desgracia como personaje típico del drama fílmico mexicano, mismo que se volvió esencial, posteriormente, como arquetipo en el entretenimiento televisivo.
Enrique Rosas dirigió en 1919 el primer serial El Automovil Gris con 12 episodios que representan el primer drama policiaco sobre una banda que se dedicaba a asaltar casas de ricos para después huir a bordo de un auto gris, fue la película más famosa de la época (García Riera, 1998: 45). La versión que existe actualmente de ésta película es un resumen, un tanto confuso, del serial.
Finalmente el Estado voltea a ver al cine de ficción como un instrumento político y realiza varias producciones nacionalistas realizadas por la Secretaría de Guerra y la Secretaría de Marina, entre estas producciones destaca Juan Soldado de 1919 coproducida por Chapultepec Films, única estrenada en salas comerciales.
Conclusión:
La historia del cine mudo mexicano fue tan prolífica, así como rica y variada en sus temas, verdaderamente es una pena que, en general, esta historia pase desapercibida, ya que es importante estar al tanto de la historia del cine de nuestro país.
Cuando se habla de cine mexicano es inevitable pensar en uno de los tantos “nuevos” cines mexicanos o bien en el género mexicano por excelencia: el melodrama ranchero; sin embargo, es importante mirar la historia y construcción de lo que fue una importante industria para el país y que tiene huellas en esa edad temprana del cine mundial.
Bibliografía
García Riera, Emilio, Breve Historia del Cine Mexicano. México, Ediciones Mapa, 1998.
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