Publicado en: Mar, oct 12th, 2010

Como una novela, de Daniel Pennac

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Gustavo Emilio Rosales

Portada Como una novela <i>Como una novela</i>, de Daniel Pennac

Somos lectores mucho antes, después y más allá del hecho que los lectores, como los niños y las especies en extinción, tenemos derechos bien establecidos. Para quienes quieren dejar de ser lectores en estado de barbarie, hay que saber que, en 1992, el escritor francés Daniel Pennac, escribió Como una novela.

Gracias a ese libro y otros varios más de su autoría, Pennac es extraordinariamente popular entre los interesados en la didáctica de la lectura, pues a través de la historia del poeta Florentino Ariza y de su enamorada Fermina Daza –protagonistas de Como una novela– se llega a conocer los derechos imprescindibles del lector incluidos en el final del libro. Estos derechos son:

1. Derecho a no leer.

2. Derecho a saltarse páginas.

3. Derecho a no terminar un libro.

4. Derecho a releer.

5. Derecho a leer cualquier cosa.

6. Derecho al bovarismo (en alusión a la novela Madame Bovary, de Gustave Flaubert, y al estado de insatisfacción permanente del personaje central).

7. Derecho a leer en cualquier parte.

8. Derecho a sólo hojear.

9. Derecho a leer en voz alta.

10. Derecho a guardar silencio.
Estas invenciones de Pennac son famosas, aparecen en decenas de páginas electrónicas y blogs. En muchos de estos lugares, hay disertaciones y desacuerdos en torno a ella.

En el sitio de un grupo de trabajo de bibliotecas infantiles y juveniles de Francia, cuya dirección es http://jimboto.blogspot.com/2008/10/els-10-drets.html, se encuentra un cartel de esta declaración de derechos ilustrada por el famoso dibujante inglés Quentin Blake. La imagen correspondiente tiene buen tamaño y definición, por lo que se puede imprimir para obtener un estupendo argumento visual a favor de la lectura.
Mientras tanto, en Justa invitamos a conocer más en detalle un largo fragmento de Como una novela:

… digamos que existe lo que llamaré una literatura industrial que se contenta con reproducir hasta la saciedad los mismos tipos de relatos, despacha estereotipos a granel, comercia con buenos sentimientos y sensaciones fuertes, se lanza sobre todos los pretextos ofrecidos por la actualidad para parir una ficción de circunstancias, se entrega a estudios de mercado para vender, según la coyuntura’, tal o cual tipo de producto que se supone excita a tal o cual categoría de lectores.
Sin lugar a dudas, malas novelas.
¿Por qué? Porque no dependen de la creación sino de la reproducción de formas preestablecidas, porque son una empresa de simplificación (es decir, de mentira), cuando la novela es arte de la verdad y (es decir, de complejidad), porque al apelar a nuestro automatismo adormecen nuestra curiosidad, y finalmente, y sobre todo, porque el autor no se encuentra en ellas, así como tampoco la realidad que pretende describirnos.
En suma, una literatura del listo a disfrutar, hecha en moldes y que querría meternos en un molde.
No creamos que estas idioteces son un fenómeno reciente, vinculado a la industrialización del libro. En absoluto. La explotación de lo sensacional, de la obrita ingeniosa, del estremecimiento fácil en una frase sin autor no es cosa de ayer. Por citar únicamente dos ejemplos, tanto la novela de caballerías como, mucho tiempo después, el romanticismo se empantanaron ahí. Y como no hay mal que por bien no venga, la reacción a esta literatura desviada nos dio dos de las más hermosas novelas del mundo: Don Quijote y Madame Bovary.
Así  pues, hay buenas y malas novelas.
Las más de las veces comenzamos a tropezarnos en nuestro camino con las segundas [...]. Durante cierto tiempo leemos indiscriminadamente las buenas y las malas [...]. Y después, cierto día, sin darnos cuenta, nuestros deseos nos llevan a la frecuentación de los buenos. Buscamos escritores, buscamos escrituras. La mera anécdota ya no nos basta. Ha llegado el momento de que pidamos a la novela algo más que la satisfacción inmediata y exclusiva de nuestras sensaciones.

[Daniel Pennac, Como una novela (Joaquín Jordá trad.), Barcelona, Anagrama, 2001].

Una versión anterior de este artículo fue previamente elaborada para La hoja voladora, de Conaculta, 2009.


Para saber más sobre Daniel Pennac

Daniel Pennac <i>Como una novela</i>, de Daniel Pennac

Daniel Pennacchioni (Casablanca 1944) conjuró su pésima condición de alumno durante sus años escolares, y logró mutar su mala fama a través del encuentro con su temprana pasión por la escritura. Sobre la escuela, es crítico pero asume lo necesario de ese paso: “Cuando se habla de violencia en la escuela, no hay que olvidar que la escuela es, per se, el lugar de todas las violencias. Es el lugar donde se entrechocan el conocimiento y la ignorancia. Enseñar es violento, es violentar al otro. ¡Todo acto iniciático es violento!”. Ha escrito numerosas novelas y textos narrativos para niños y adolescentes. En todos, firma simplemente como Daniel Pennac: La felicidad de los ogros, La felicidad de los ogros, El señor Malaussène, El señor Malaussène en el teatro, El dictador y la hamaca, La patada. Por Mal de escuela, en 2007 recibió el premio Renaudot, premio asociado al Premio Goncourt y que recibieran décadas atrás Michel Butor y Le Clézio, entre otros consagrados escritores franceses.

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