Publicado en: Jue, ago 9th, 2012

Del movimiento chicano a la violencia estetizada:
La novela de la frontera norte

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Raúl Lara

El norte de México ha representado un punto geográfico importante para la confluencia cultural, social y económica del país. Podría designarse como una frontera cosmopolita, un puente multicultural desde el siglo XIX con Estados Unidos el cual, a pesar de diferencias y conflictos, ha enriquecido el ámbito cultural y social en ambos lados de la frontera.

 

El escritor Tino Villanueva nos dice que nuestra historia ha sido una de convivencias culturales y raciales que a su vez han permitido la compenetración de costumbres, culturas, y por supuesto, de sensibilidades… Este nuevo contacto en los Estados Unidos con otro pueblo distinto al nuestro no viene siendo todavía más que otro episodio en esa continuación de un largo proceso de convivencias en el que nuestro pueblo ha ido desarrollando sus sensibilidades[1]. Si bien la frontera es el punto de contacto entre ambas naciones, los temas literarios que se abordan en su narrativa son diferentes por las situaciones sociales ocurridas en ambas naciones.

 

La novela chicana contemporánea, según varios especialistas en el tema, se inaugura en 1959 con la obra Pocho (Doubleday), de José Antonio Villarreal, (1942). Esta novela revela un cambio de paradigma en la literatura chicana desarrollada en años anteriores; ésta ofrece más que un estudio sociológico de la situación del migrante mexicano en Estados Unidos, y también puede leerse como una novela de iniciación donde el personaje central pasa de la niñez a la madurez en un entorno de separación familiar y entre las culturas chicana y estadounidense. Lo que se rescata de esta obra es la manera de abordar temas universales. El quinto jinete, ( Doubleday), publicada en 1974 de este mismo autor, es la única novela chicana que habla del momento anterior a la Revolución Mexicana: ahí reside su importancia, pero el teórico Charles M. Tatum menciona que la visión maniquea de la sociedad mexicana de aquella época que emplea Villarreal demerita la calidad de la obra.

 

Chicano de Richard Vásquez, (Doubleday, 1970), es una novela que también utiliza la migración del mexicano a los Estados Unidos y la aculturación como tema central. El argumento va de la Revolución Mexicana, y sus enfrentamientos en los años sesenta con las nuevas generaciones de chicanos. En su narrativa, Vásquez retrata la influencia de la sociedad estadounidense sobre el mexicano que se inclina por olvidar sus tradiciones; señala y condena al mexicano que reniega de su herencia cultural mexicana.

 

Tanto Pocho como Chicano, según algunos críticos como Ralph F. Grajeda y Herminio, son novelas que tienen varios errores que les impiden ser consideradas como grandes novelas. Según su perspectiva, tales obras no ahondan en la complejidad del fenómeno cultural chicano, no existe una interpretación correcta de su pasado y presente, además de contar con personajes estereotipados. Si bien el teatro chicano cuenta con personajes tipo para fines prácticos y didácticos, en el caso de la novela la inclusión de estos personajes no tienen el mismo fin, lo que incide en la calidad literaria en estos narradores.

Raymond Barrio, con su obra The plum plum picker (Recolectores de frutos), (Canfield Colophon Books, 1971), se aleja de las novelas antes mencionadas porque enmarca la vida del chicano en un aspecto general, exponiendo las dificultades del campesino chicano pero con gran destreza artística contrario a sus antecesoras. Tiene un empleo de datos socio históricos fundamentado, y, contrario a Villarreal y Vásquez, explora la psicología de los personajes por medio del monólogo interior y de los múltiples puntos de vista. Esta novela marca una evolución respecto a la que los críticos señalan como fundadora de la novela chicana contemporánea. Los novelistas mencionados sentaron las bases para renovar la narrativa chicana contemporánea, que en los años siguientes alcanzó su apogeo y maduración.

 

Después de la publicación de The plum plum picker (Recolectores de frutos), comienza una evolución novelística chicana. Estos antecedentes, aunados a la creación de la editorial chicana Quinto Sol en 1969 y el premio literario anual de esta editorial, permitieron la publicación de novelistas bajo este sello editorial como Tomás Rivera, (1935-1984), con su novela …y no se lo tragó la tierra, (Quinto sol Publications, 1970); Bendíceme, última, (Tonatiuh-Quinto Sol International,1971) de Rudolfo Anaya, (1937); y, en 1972, Estampas del valle y otras obras (Quinto Sol International, 1973) de Rolando Hinojosa, (1929). Corazón de Aztlán, ( Editorial Justa Publications, 1976) también de Anaya, rescata la visión mágica y mitológica de la cultura mexicana, como algunos poetas lo hacen en sus versos para reivindicar sus raíces en Aztlán, la tierra prometida, el lugar utópico.

Alejandro Morales, (1944), y Rolando Hinojosa publicaron también en editoriales latinoamericanas. El primero publicó Caras viejas y vino nuevo (1975) y La verdad sin voz (1979) en México, con el editor Joaquín Mortiz. El segundo obtuvo el premio que otorga Casa de las Américas en 1976 por su novela Klail City y sus alrededores, con la cual alcanzó  difusión en muchos países de habla hispana, convirtiéndose en

 

el primer escritor chicano que gana un importante premio literario internacional y el primer ciudadano estadounidense a quien se honra por un distinguido grupo de intelectuales latinoamericanos.[2]

 

Con Klail City y sus alrededores, da testimonio de los chicanos en Estados Unidos con una forma artística que lo hizo acreedor al premio antes citado; “fue elogiado por su riqueza de imágenes, sus diálogos creados sensitivamente, su estructura de múltiples aspectos, basada en un modelo de vidas individuales convergentes, y el magistral control de su tiempo de narración.”[3] Otras obras de este escritor son Mi querido Rafa, (Arte Público Press, 1981), y Claros varones de Belken (Bilingual Review Press, 1986), las cuales, al igual que sus otros títulos, se centran en el mundo chicano, ficcionalizado, del sur de Texas de los años sesenta y setenta del siglo pasado.

 

La novela chicana en sus inicios mostró deficiencias técnicas, ya que con la efervescencia social de la época, los narradores se centraban más en el fondo que en la forma de sus obras; Bruce-Novoa menciona que “hay menos cohesión ideológica o técnica entre los escritores en prosas que entre los poetas, y no hay una figura que domine el género”[4] totalmente como otros escritores en el teatro y la poesía.

 

Renovación de la novelística chicana

 

A mediados de los años setenta y principios de los ochenta, la novelística chicana adquiere un matiz diferente de renovación con autores como Aristeo Brito, Orlando Romero y Nash Candelaria. Estos autores tenían un enfoque diferente al de sus predecesores porque pugnaban por la búsqueda de sus orígenes ancestrales y culturales.

 

El diablo en Texas, ( Editorial Peregrinos), publicada en 1976, del autor Aristeo Brito, está dividida en tres partes y un epílogo, y habla de la pérdida de parte del territorio mexicano cuando los estadounidenses invadieron Texas en el siglo XIX; transforma parte de la historia en mito, es decir, busca contar a las nuevas generaciones la visión “verdadera de su pasado”. Tatum señala que no se trata de una visión estática ni nostálgica del pasado, sino una proyección hacia el futuro[5].

 

Orlando Romero, por su parte, publicó en 1976 la novela Nambé-año uno, (Tonatiuh International), escrita con rasgos autobiográficos, refleja el pasado de su herencia mexicana con el presente chicano asimilado por la sociedad estadounidense. Se describe al chicano en busca de sus raíces culturales. Se trata de una obra literaria que explora los aspectos mito mágicos de la cultura chicana[6].

 

Memorias de la alhambra (Cíbola Press, 1977), de Nash Candelaria, está situada en Nuevo México donde el personaje principal está en busca de sus orígenes. Esta búsqueda se da en un contexto en el que los chicanos e hispanos, en general, reniegan de sus raíces porque en un principio el origen mexicano no implicaba un orgullo, como después lo retomarían muchos chicanos, sino era algo que mantenía una connotación de inferioridad. Nash Candelaria logra una destreza en el manejo de las técnicas narrativas con las cuales logra plasmar los problemas de identidad cultural y social que viven los hispanos que habitan en territorio estadounidense.

 

Otros autores que no tuvieron el mismo impacto literario pero sus obras producidas ayudaron a consolidar este boom de la novela chicana fueron Ernesto Galarza con su novela, publicada en 1971, Barrio boy; Edmundo Villaseñor con Macho, (Bantam Books, 1973); Abajo de la cumbre (Tonatiuh-Quinto Sol Internacional, 1976), de Joseph V. Torres-Metzgar; Floyd Salas con Tatuaje, la cruz maldita (Grove,1976); Victuum (Diana Etna, 1976) de Isabella Ríos; y Celso A. Casas con Pelón drops out (Tonatiuh International, 1979).

 

De los años sesenta a los ochenta la novela chicana, y en general la literatura designada así, tuvo un auge, y conllevaba en primera instancia una intención social de lucha, y después como reivindicación cultural de los chicanos que buscaban los orígenes de su herencia cultural mexicana; es en este punto en el cual también alcanza su mejor desarrollo literario.

En estas décadas la novela chicana contemporánea evoluciona de manera sorprendente, ya que, teniendo en cuenta lo que señala Tatum, no tenían una tradición novelística en la cual basarse y establecer sus modelos narrativos. Por esta razón, las primeras novelas se sostienen de manera frágil en el fondo y no tanto en la forma, es decir, sobresalen por el tema de denuncia. Sin embargo, con el paso de los años, la aparición de nuevos novelistas consolidó la calidad técnica y narrativa de las obras, sin perder, claro, su compromiso social; el fondo y la forma alcanzaron un equilibrio.

 

Es importante destacar que la novela chicana se generó en territorio norteamericano, y después traspasó las fronteras y llegó a diferentes países de habla hispana. A diferencia de la poesía y el teatro chicanos que en su mayoría tienen un fin didáctico que motiva a la sociedad a actuar en las problemáticas culturales y políticas de esa época, la novela no profundiza en este fin pragmático propuesto por los otros dos géneros; además, no existen aspectos tajantes que ayuden a identificar las características propias de la novela chicana, pero las referencias históricas son algo que, por ejemplo, no están muy presentes en la

poesía chicana.

 

Narradores del desierto

 

Siguiendo el camino hacia el sur, o hacia el norte, depende desde que punto geográfico partamos (en este caso desde el territorio chicano), cruzamos la frontera y nos encontramos ante la vida frenética de la zona norte del país donde la problemática cultural, social, política económica tiene una atmósfera diferente a la retratada por los narradores chicanos arriba mencionados.

 

El norte de México no es simple geografía: hay en él un devenir muy distinto al que registra la historia del resto del país; una manera de pensar, de actuar, de sentir y de hablar derivadas de ese mismo devenir y de la lucha constante contra el medio y contra la cultura de los gringos, extraña y absorbente. Derivadas también del rechazo al poder central; de la convivencia con las constantes oleadas de migrantes de los estados del sur y del centro…[7]

 

En las décadas de los setenta y ochenta la migración en México aumentó por la necesidad de buscar mejores oportunidades laborales en los Estados Unidos, lo que generó un enriquecimiento cultural en el norte de México, ya que muchos de quienes  no lograban cruzar la frontera se establecían en los estados fronterizos como Sonora, Chihuahua, Baja California, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas.

 

La narrativa “norteña” se fue nutriendo de estos fenómenos sociales y culturales generados por la migración y durante los años ochenta a ésta se le denominó narrativa del desierto, de la cual destacan, según el escritor y filólogo, Eduardo Antonio Parra, (1965): Gerardo Cornejo, (1937), de Sonora; Jesús Gardea, (1939-2000), de Chihuahua; Ricardo Elizondo Elizondo, (1950), de Nuevo León; Severino Salazar, (1947-2005) de Zacatecas, y Daniel Sada, (1953-2011), que aunque originario de Mexicali, su narrativa habla de la vida de Coahuila. Estos cinco escritores son los que encabezan y fundan la narrativa del desierto.

 

De los cinco, Elizondo, Salazar y Sada son quienes desarrollaron el género de la novela, además del cuento y el relato. Elizondo, también historiador y dramaturgo, destaca por sus dos novelas Setenta veces siete (Leega, 1987) y Narcedalia Piedrotas (Leega ,1993), situadas en el noreste de México, las cuales plasman la historia y cultura de esa región. La primera narra las vicisitudes de dos familias del noreste entre el porfiriato y la Revolución, destaca la voz narrativa cargada de su sabiduría para hablar de las cuestiones del campo, aprendidas por medio de la herencia; mientras que la segunda muestra una serie de personajes perdedores como proscritos, antihéroes y emigrantes; en ella el desierto está presente y se aborda el tema del negocio de estupefacientes, el cual se vuelve un problema que termina involucrando a toda la familia de la cual se narra la historia.

 

Elizondo justifica ciertas características de la tradición oral de la región norte de México, sus temas narrativos se centran en la vida cotidiana de la región norte del país; al respecto dice:

 

“cuando comenzamos éramos considerados escritores de mal gusto, rancheros, porque nos interesábamos por cosas ordinarias. Pero creímos que eso era parte de nuestro ser y que era la única manera de poder estar en los demás”.

 

Elizondo desde su juventud sintió una atracción por aprender el vocabulario de las calles, lo que lo llevó a desarrollar, ya como miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, una investigación del léxico en los estados de Nuevo León, Tamaulipas y Coahuila.

 

Severino Salazar ganó en 1984 el Premio Juan Rulfo para primera novela por su obra Donde deben estar las catedrales, (Katún), la cual perfila las inquietudes y temas que abordará Salazar en sus obras siguientes. El estado de Zacatecas con sus pueblos serán el escenario donde se desarrollan sus historias, haciendo de este espacio geográfico algo mítico al universalizarlo; la necesidad de contar y escuchar historias; la transgresión de las normas; la búsqueda existencial desde la religión y la filosofía; la imposibilidad del amor y el absurdo, todos ellos son los temas son una constante en la narrativa de Salazar. Otras obras de este autor son las novelas cortas Llorar frente el espejo (UAM, Libros del laberinto, 1989) y La arquera loca (UAM, Libros del Laberinto, 1992). En una entrevista realizada por Miguel Ángel Quemain, Severino Salazar a la pregunta de cuál es la relación entre estas dos, responde:

 

Es un proyecto que consiste en escribir siete leyendas de Zacatecas y estas son dos nada más, faltan las otras cinco. Van a tener relaciones de tiempo, de espacio y algunos personajes se van a cruzar, algunos comparten referencias. Estoy trabajando la novela corta porque me interesa ejercitarme, es un género que me gusta. La relación que encuentro es que algunos personajes son los mismos, el espacio es el mismo y son leyendas entrecruzadas. En las dos trato de decir cosas completamente diferentes; en la primera es una reflexión sobre el amor, el poder y la corrupción en la época colonial, y la segunda, sobre lo que es contar una historia. Ahí me pregunto si contar es una necesidad ontológica. Estas novelitas cortas van a tratar de ofrecer unas reflexiones filosóficas existenciales sobre el ser humano, van a ser relatos de tesis. Aunque está muy devaluado el término, creo que una novela de tesis sigue siendo lo sensual de una novela.[8]

 

Si bien Salazar centra su obra en un espacio específico como Zacatecas, no hace de él una narrativa localista sino todo lo contrario, universaliza el espacio y los temas que trata, y por ende la zona norte del México.

 

Daniel Sada, filólogo y periodista, se caracteriza por contar en sus novelas la vida cotidiana de su entorno y rescatar la cultura popular del país.

 

Siempre he dicho que fuera del desierto todo es museo, que lo único que no es museo es el desierto”, con esta frase de Sada se explica cómo ve el norte del país en su literatura; para él esta región brinda la posibilidad de crear nuevos mundos, de desarrollar la imaginación porque no todo está al alcance de la mano; fuera de ella, todo resulta ya digerido.

 

Entre sus novelas principales están Albedrío (Leega/PCF, 1989), Una de dos (Alfaguara, 1994), Ritmo Delta (Joaquín Mortiz, 2005), Casi nunca (2008), y A la vista (2011). Su obra se centro en la violencia del norte del país. Su novela Casi nunca, (Anagrama), con la que ganó el Premio Herralde de Novela en 2008, es una especie de estudio de la vida de provincia y a la vez una novela erótica. El tema de la provincia es una constante reflejada no sólo en esta obra sino también en Albedrío y Una de dos; sin embargo, esta alcanza una calidad comparable a la narrativa de Yánez, Rulfo y Arreola.

 

Renovación de la narrativa del desierto

 

Los escritores de la narrativa del desierto marcaron la pauta que seguirían autores posteriores. La historia regional ha sido uno de los temas preferidos por estos narradores y por quienes les han sucedido; por ejemplo, destacan en este sentido El reino en celo (Ediciones Castillo, 1996) de Mario Anteo, (1955), y The Monterrey news (Grijalbo, 1991) de Hugo Valdés Manríquez, (1963), las cuales son novelas que tratan la historia del estado de Nuevo León desde su fundación hasta la actualidad.

 

Los bajacalifornianos Luis Humberto Crosthwaite, (1962), Rafael Saavedra, (1967), y Juan Antonio Di Bella, (1961), ven en el lenguaje del norte la base de su producción literaria, sobre todo en sus libros El gran pretender (Conaculta, 1992), Buten smileys (Yoremito, 1996) y Yizus the man y los kiosco boys (Yoremito, 1997), respectivamente. Ellos llevan a cabo una exploración minuciosa de la forma de hablar de la frontera, la cual se encuentra nutrida de giros idiomáticos debido a la influencia del inglés, también por la jerga chicana y por los neologismos de quienes habitan la región donde el idioma de sus antepasados ha evolucionado, y lo sigue haciendo.

 

Élmer Mendoza, (1949). Si bien es mayor que los autores antes citados, sobresale por su capacidad para plasmar el habla del norte por medio de los muy variados registros lingüísticos que es capaz de dominar en su narrativa, lo cual le ha valido ser miembro de la Academia Mexicana de la Lengua correspondiente en Culiacán, Sinaloa, este 2012. Las obras de este autor que se centran en la zona norte de México son Un asesino solitario (Tusquets, 1999), Balas de plata (Tusquets, 2008) y La prueba del ácido (Tusquets, 2011). En estas novelas el autor registra de manera brillante el habla culichi, que es la jerga que utilizan los nativos de Culiacán, Sinaloa. Las obras de Élmer Mendoza son novelas en las que el lenguaje es el elemento primordial; como menciona Eduardo Antonio Parra,

 

en los últimos años la narrativa escrita por norteños ha destacado en nuestras letras, debido, según ciertos críticos y lectores, a su vitalidad, a la búsqueda de una renovación en el lenguaje, a sus referencias constantes a la tradición literaria mexicana, a su estrecha relación con la realidad actual y, sobre todo, a la variedad de sus propuestas temáticas, pues, aunque se trata de obras que de alguna manera se identifican entre sí, sus autores poseen un sello propio que los distingue de los demás.[9]

 

La destreza en el manejo del lenguaje de Mendoza permite que elementos como la violencia adquieran un sitio destacado en su narrativa. Los autores en los cuales aparece la violencia por la venta de sustancias ilegales niegan que este sea un tema necesario y recurrente en sus obras,

 

si éste asoma en algunas páginas es porque se trata de una situación histórica, es decir, un contexto, no un tema, que envuelve todo el país, aunque se acentúa en ciertas regiones. No se trata, entonces, de una elección, sino de una realidad.[10]

 

Las circunstancias sociales y culturales del país, según algunos críticos literarios,  dan como resultado por inercia, este tipo de escritura.

 

Los autores de la llamada narrativa del desierto inauguraron la novela contemporánea del norte de México, demostrando que temas como la ciudad, la clase media, la sexualidad urbana y los esquemas de la marginalidad, la militancia y la injusticia, no son exclusivos de los narradores que han realizado sus experiencias artísticas en el centro del país, rechazaron la visión centralista de la literatura mexicana.

 

“Es curioso lo ocurrido en el último cuarto de siglo: los entonces llamados ‘narradores del desierto’, predeciblemente vistos como bárbaros, se volvieron los clásicos, y la suya, la regla más carismática, la que a más vocaciones recluta”.[11]

 

De ahí que autores no radicados en el norte como Carlos Fuentes, (1928-2012), con La frontera de cristal. Una novela en nueve cuentos (1995), Sergio González Rodríguez, (1950), con Huesos en el desierto (2002) y Hombre sin cabeza (2009), el chileno que vivió algunos años en México, Roberto Bolaño, (1953-2003), con Los detectives salvajes (Anagrama, 1998) y 2666 (Anagrama, 2004), entre otros, mantienen en estas obras un diálogo con esta región de México, sin pertenecer a ella.

 

Carlos Fuentes, si bien es panameño de nacimiento, vivió gran parte de su vida en territorio mexicano, con su novela narra la separación que existe entre México y Estados Unidos, la migración, los abusos contra todos aquellos que desean salir del país para encontrar una mejor oportunidad en territorio estadounidense. Fuentes pasa revista a todos los problemas que sufren los mexicanos como el racismo, la discriminación, el sufrimiento, pero también rescata la fuerza del mexicano ante la adversidad.

 

Sergio González Rodríguez, aunque mexicano no pertenece a la zona norte del país; en su novela Huesos en el desierto centra sus indagaciones en torno a los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, mientras que en Hombre sin cabeza busca desentrañar el fenómeno de los decapitados que en los últimos años ha cobrado auge, en medio de los enfrentamientos de organizaciones delictivas dedicadas a la venta de sustancias prohibidas.

 

Roberto Bolaño toma como pretexto el norte del país para seguir el rastro de la fundadora del movimiento literario denominado, en la novela Los detectives salvajes, como real visceralista; en esta obra no aborda la problemática de la frontera como lo hace en 2666, donde al igual que González Rodríguez trata el tema de “las muertas de Juárez”. Bolaño no profundiza en estos temas como lo hace él pero utiliza el espacio geográfico para desarrollar sus tramas detectivescas; convertir al norte en un lugar mítico, es una idea predominante en su narrativa.

 

La literatura del norte, especialmente la novela, ha contado y cuenta actualmente con rasgos generales como el

 

“dominio de la recreación de la cotidianidad (sin caer en el costumbrismo provinciano) y la representación del espacio urbano, soportes temáticos sobre los que la escritura fronteriza contesta hoy a las imágenes heredadas de la tradición: entre ellas, la de un lugar de fácil penetración cultural, ya sea por medio del lenguaje, las costumbres o el estilo de vida producto del contacto inmediato con los Estados Unidos”.[12]

 

Por ello, se afirma, no debe encasillarse a la novela norteña contemporánea en el tema de violencia solamente, ya que ésta es sólo un elemento circunstancial de aquella por la realidad que se vive y que el narrador retrata.

 

Tanto la novela chicana como la del norte de México responden a cuestiones sociales y culturales específicas en tiempos y espacios definidos. A pesar de la cercanía geográfica las preocupaciones de los escritores difieren por la realidad histórica que les tocó vivir. Sin embargo, la relación que se ha tendido desde el siglo XIX entre ambas naciones ha permitido el enriquecimiento cultural y lingüístico que se ve reflejado en las obras de los escritores tanto chicanos como norteños.

 

 

 

 


[1] Villanueva, Tino,  Chicanos: antología histórica y literaria, FCE, México, 1980, p.63.

 

[2] Tatum, Charles M., La literatura chicana, SEP, México, 1986. pp.176.

[3] Idem.

[4] Novoa, Bruce, La literatura chicana a través de sus autores, Siglo XXI, México, 1980, p.36.

 

[5] Tatum, Charles M., op. cit. p.191.

 

[6]  Ibid. p.192.

 

[7] “Notas sobre la nueva narrativa del norte”, consultado en http://www.jornada.unam.mx/2001/05/27/sem-parra.htm

[8] Quemain, Miguel Ángel, “La literatura de Severino Salazar” entrevista consultada en http://www.excentricaonline.com/libros/escritores_more.php?id=5654_0_8_0_M

[9] Parra, Eduardo Antonio, “Norte, narcotráfico y literatura”, en la revista Letras Libres, octubre de 2005, formato electrónico en http://www.letraslibres.com/revista/convivio/norte-narcotrafico-y-literatura

[10] Idem.

[11] Reseña del libro Casi nunca  por Christopher Domínguez Michael en la revista Letras libres, enero de 2009, formato  electrónico en http://www.letraslibres.com/revista/libros/casi-nunca-de-daniel-sada

[12] Llarena, Alicia, “Espacio e identidad: narradores del norte de México” en ConNotas. Revistas de crítica y teoría literaria, vol. 2, No.3, 2004. pp. 207-208.

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