Publicado en: Jue, jul 9th, 2009

Diario de lectura en el encierro

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Raúl Casado

Miércoles 17 de septiembre.

Es de tarde.

Me entero vía telefónica que al día siguiente a las 15 horas desarrollaré mi primera sesión de trabajo en el Programa de Adolescentes en Conflicto con la Ley.

Jueves 18 de septiembre.
5 am.

Me levanto para concretar el esquema de la sesión de trabajo que se desarrollará a partir de las 15 en el Centro de Diagnóstico para Varones.

10:30 am.

Parto a la Biblioteca Parque San Simón para solicitar en préstamo Leyendas de Guatemala, de Miguel Ángel Asturias.

11:30 am.

Tomo el microbús que me ha sugerido la directora de la biblioteca, y de La Raza a Obrero Mundial hago 15 minutos. El microbús ha corrido como caballo desbocado. Leo la “Leyenda del Sombrerón”, de Asturias. Su prosa poética desata mi fantasía y serena mi espíritu, atrapado en las redes de la incertidumbre.

11:45 pm.

Bajo en la esquina de Obrero Mundial y Cuauhtémoc. Es un rumbo de la ciudad que no frecuento y desconozco. En la esquina frente a una tienda departamental, se ubican las instalaciones de un destacamento de Granaderos. (¿Ubicación casual? No creo. Más bien ha sido emplazado ahí para sofocar algún motín protagonizado por los internos de los tutelares ubicados en las inmediaciones). En la misma acera del batallón de granaderos se encuentra el área administrativa del sistema de tutelares, y a su lado el Centro de Diagnóstico y el Quiroz Cuarón. Desde que el microbús cruzó Viaducto, una sensación de frialdad y pesadez se apoderó de mí y no cesó hasta llegar al área administrativa de tutelares donde pequeños grupos de familiares de los internos conversan.

3 pm.

diario1 Diario de lectura en el encierro

Franqueo una primera puerta custodiada por un guardia que me conduce al mostrador de registro. Ahí explico a la vigilante en turno el motivo de mi visita, anoto mis datos en la libreta de registro en tanto se comunican por teléfono con el director del Centro para avisarle de mi llegada. Mientras llega el responsable del Centro de Diagnóstico para Varones, la vigilante me pide una identificación oficial y que le muestre las cosas que llevo. Cuenta y anota cantidad de artículos que introduzco: libros, papel, tijeras, sacapuntas, reloj. Para llaves, etc., me entrega una ficha como resguardo de mis posesiones y un gafete. Un policía me conduce a una pequeña habitación donde me practica un cacheo. Salimos. Llega el director e ingresamos a las instalaciones. Rejas y retén donde anoto mis datos en otra libreta de registro. Nos abren e ingresamos a un pequeño jardín que conecta con el patio. Percibo inmediatamente una gran carga de energía que galvaniza mi ya de por sí excitado sistema nervioso: es la fuerza vital de una masa de hombres ociosos y plenos de vigor. Mi instinto me avisa de la proximidad de una manada de lobos. Una descarga de energía me recorre de pies a cabeza y estalla en mi columna. Llegamos a un edificio que en la planta baja alberga el comedor y, en el primer piso, el salón de maestros, la biblioteca y varios salones más. Un grupo me escudriña desde el fondo del comedor. El licenciado me presenta con el profesor de educación física y responsable de la biblioteca, y a la psicóloga responsable de impartir la materia de Valores a los internos. Se retira el director, y los maestros me interrogan sobre la actividad que voy a desarrollar.

4 pm.

Se va la maestra, y acompaño al profesor de educación física a un rápido recorrido por las instalaciones.

4:30 pm.

Un maestro me informa que ya está listo el grupo. Nos dirigimos a un salón de 8 x 3 metros, con una larga mesa en el centro. Adosadas a los muros, las sillas, y en ellas, una manada de treinta jóvenes que me escudriñan con ojos llameantes, agazapados en el fondo de los asientos. Toda clase de expresiones en sus rostros: burla, curiosidad, fastidio, enojo. Me siento como borrego cimarrón viejo en medio de una jauría de lobos jóvenes, hambrientos y plenamente conscientes de su fuerza. Los dos maestros se han quedado en el salón contiguo; quedan también dos vigilantes al fondo del pasillo. Me presento, les doy a conocer el motivo de mi visita y la institución que patrocina la actividad. Les pido me digan sus nombres y eso me da la posibilidad de ver con cierto detenimiento el rostro de cada uno de ellos.

Empiezo a leerles “Kid sapito”, de Héctor Anaya, del libro Atrapados en la escuela. Tengo que leer en voz muy alta para acallar las voces de dos grupitos que comentan entre ellos. Poco a poco, la narración los va atrapando, y los que platican son callados por la mayoría del grupo que desea escuchar el cuento. Risas de complicidad e identificación con el protagonista se escuchan por el salón.

Empiezo a hablar de la mitología del nahual entre los pueblos indígenas de México y, particularmente, entre los huaves del Estado de Oaxaca. Se trata de tres animales protectores que nacen al mismo tiempo que la persona a la cual protegen: un animal es de aire, otro de tierra y el tercero de agua; dos secundarios y uno principal; si mueren los secundarios, la persona ve disminuidas sus capacidades; y si lo hace el principal, la persona muere con él: animal y hombre son uno, lo que le sucede a uno afecta al otro.

La mitología del nahual da pie para contarles el cuento “La tona”, del libro El diosero, de Francisco Rojas González. En varios momentos de la narración, surgen las diversas significaciones que un vocablo tiene cuando es usado por la población campesino-indígena o por la urbano-juvenil. Por ejemplo, el narrador habla del fogón del que uno de los protagonistas recoge las cenizas para hacer un círculo en torno a la casa, para que el animal protector deje sus huellas y así poder saber cuál es la tona del recién nacido. Entonces, en el relato uno de los adolescentes entiende fogón no como la estufa campesina sino como la pistola. Otro ejemplo, al describir los elementos que forman el fogón, el adolescente interpreta las piedras no como el soporte sobre el que se asienta el comal, sino las piedras de cristal para drogarse.

Al concluir la narración, comenté que sería interesante averiguar el significado del nombre de cada uno de los jóvenes allí reunidos, y las razones por las cuales sus padres lo eligieron. Sugerí que éste sería un primer paso para tratar de conocer quién es nuestro protector, y que si investigáramos cuál es nuestro nahual sería necesario apelar a la sabiduría milenaria de nuestros pueblos indios.

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Al iniciar la sesión yo había repartido papel kraft, treinta lápices de colores y crayones. Al finalizar, cuando los recogí, faltaban cuatro. Por reglamento, los jóvenes no pueden tener este tipo de recursos. Comenté la situación con los profesores que se presentaron al terminar la sesión. Ellos les propusieron que hicieran bolita y que arrojaran los lápices faltantes al piso, porque lo importante era recuperarlos y no quién los tenía. Como los colores no aparecieron, los maestros llamaron al jefe de seguridad quien les ordenó formarse en dos filas al centro del salón: sentados en el piso, con la cabeza entre las rodillas y las manos sujetando la nuca, uno pegado al otro como vagones de ferrocarril. Cuando los exhorté para que se evitaran un castigo innecesario, varios me dijeron que no me sacara de onda, que para ellos eso era rutina, que nomás no los abandonara y que regresara a seguir contándoles historias. Y que muchas gracias por la visita.

Parto sacado de onda, mientras voy cruzando por los retenes de control. El director me acompaña a la recepción, recojo mis cosas. Salgo a la calle.

6:30 pm.

Ha llovido y permanece nublado. Me encamino sobre Obrero Mundial rumbo a Viaducto y Monterrey para tomar el microbús. Al llegar a la esquina de esas calles, una enorme desolación me invade al contemplar el mar de vehículos que incesante fluye. No encuentro lo humano por ningún lado. En esos momentos pienso que prefiero estar entre las fauces de los jóvenes lobos que he dejado atrás y cuyo cálido aliento me reconcilia con la vida, antes que naufragar en ese mar mecánico. El viejo borrego cimarrón ha salido con vida de entre los lobos y se dirige ya mutante a su cubil: ahora es una mezcla de borrego cimarrón y lobo viejo. Tal vez, al igual que el sultán a Scherezada, los jóvenes lobos difieran su muerte para que les siga contando historias.

Más sobre Raúl Casado

Raúl Casado se define, primero que nada, como lector. Es, además, promotor cultural, egresado de Antropología Social por la Escuela Nacional de Antropología e Historia, con trabajo de campo en el Estado de Chiapas (con comunidades zoques), en el Estado de México (con mazahuas) y en Hidalgo (con otomíes). Ha sido organizador y bibliotecario para la Red Nacional de Bibliotecas Públicas del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, durante 27 años. Asimismo, se desempeñó como responsable, por la Secretaría de Cultura del Gobierno del Distrito Federal, de las actividades de promoción cultural en el Tutelar de Alta Seguridad, ahora denominado Comunidad de Adolescentes “Dr. Alfonso Quiroz Cuarón”. También integró el grupo Muros Móviles, creado para apoyar al Programa de Adolescentes en Conflicto con la Ley, donde se desarrollaron actividades de promoción de la lectura, escritura y escenificación, y de cuya experiencia ha surgido este texto publicado aquí en revista Justa. Ha sido corresponsable del taller de creación literaria “Narrativa del tatuaje”, impartido en el Reclusorio Norte (Reno) para varones del Distrito Federal. Es animador del círculo de lectura, escritura y cine-club “El cine como vehículo de la literatura: los clásicos de la ciencia ficción y el terror en la literatura y el cine”, que se desarrolla actualmente en la biblioteca “Benito Juárez” del Reno.

Bienvenidas críticas constructivas: kuang_ti@yahoo.com.mx



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Displaying 2 Comments
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  1. Segundo Salas Berrio dice:

    Extraordinario el trabajo de RAÚL CASADO, en favor de los jévenes que por x o y motivo han perdido el norte de sus vidas, y que necesitan de gente que los comprenda y aporte a su proceso de reinserscón a la vida comunitaria normal, para bien de ellos, de sus familiares y de la nación mexicana que tanto lo necesita, para sosiego del conjunto de la sociedad. Por lo que estas son labores muy gratificantes para quienes las realizan, que tendrán un lugar ganadísimo, tanto en la sociedad, como en el cielo, y recibirá la recompensa que merece de quien debe recibirla…ADELANTE RAÚL CON SU LABOR Y COMPARTIENDO SUS LOGROS…, dado que esos jóvenes lo que necesitan es oportunidades, nuevos horizontes, a fin de ver la luz al final del túnel, ya que persona como usted son el único faro en la penumbra de esos muchachos faltos de orientación pertinente, y usted se las está brindando…Esa es la actitud…

  2. Antonio dice:

    Qué texto tan maravilloso, bien construido, fuerte. Sería padre tener más visiones sobre la lectura desde mundos lejanos al ejercicio cultural, como bien viene en este número. Ojalá luego pudieran subirse algunos de los textos de los chicos del tutelar.

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