El desbarrancadero, de Fernando Vallejo
Entre la franca lamentación y un doloroso tono festivo, El desbarrancadero, novela de Fernando Vallejo sorprende por una inventiva delirante que, haciendo de lado los exotismos fáciles, acude mejor a la ocurrencia del hombre del común, ése que descubre por su cuenta leyes físicas y realiza cuestionables hallazgos médicos. Veleidosa y arborescente como la propia memoria, disparada por recuerdos que convocan otros recuerdos, la narración irá y vendrá sin perder su punto de contacto entre Darío, en estado terminal por causa del sida, y su hermano, un desaforado narrador que intercala toda clase de neologismos en un léxico que se ha conservado intacto desde que el español comenzó a rodar en su fecundo capítulo colombiano, y de quien a momentos podríamos pensar que, convertido en verbalidad chocarrera, se trata del propio moribundo.
Aunque, a primera vista, los temas que más destacan son la feroz interpelación al mundo religioso y el modo en que el texto disemina constantemente pistas sobre su probable origen, en realidad ambos vertebran el resto de las obsesiones, querencias o malquerencias, que la voz narradora convoca con intensidad y periodicidad semejantes. Así, la confusión o incertidumbre que se percibe en cada página nace sin duda de ese largo discurso ubicuo que pareciera desplazarse del subconsciente al inconsciente y que se desdobla ora en escritura como tal –obra de teología, borrador de recuerdos, dictado–; ora en visita psiquiátrica; ora en discurso interior o el de un merolico; ora en invectiva desde una alta tribuna; ora en la reminiscencia de un muerto sobre otros muertos –el padre, sus hermanos Silvio y Darío, éste tan promiscuo como confiesa serlo el narrador–.
Por otro lado, el fraseo zumbón, trepidante, que evoca igual una perorata que una canción o un corrido por la forma en que se vale de octosílabos y endecasílabos para cerrar un sinnúmero de periodos, se vuelve incluso un artefacto literario de gran calidad gracias a los cambios de ritmo que, entre frase y frase, dan pie a que espacios y tiempos, ideas y recuerdos se sucedan como unidades perfectamente diferenciadas, con un efecto parecido al que produce la estructura clausular de novelas como Oficio de tinieblas 5 o Cristo versus Arizona, del español Camilo José Cela.
Una vez que advertimos que la propia vida (esa “forma optimista de llamar a la Muerte”) es el desbarrancadero en el que medramos todos; y cuando ya hasta divierte la tozudez e intolerancia de un narrador que despotrica contra la religión, la maternidad, la heterosexualidad, los médicos y, por supuesto, la clase política; veremos que la novela de Vallejo es esencialmente un áspero retrato de familia donde la tragedia se deslíe en una farsa sobre las relaciones de un clan disfuncional. En medio del sinsentido cotidiano que revela esta agonía sin fin, Dios y Colombia aparecerán sin cesar sólo para ser maculados por alguien para quien incluso el sol y la luna son estúpidos.

Fernando Vallejo
Por mi parte, quiero imaginar un texto con tanta salud como para ser leído dentro de 10, 20 o 30 años sin perder su registro perturbador y, sobre todo, sin necesidad de enterarse del catálogo de fobias que abandera el autor en su vida personal, idénticas a las de su narrador-personaje. ¿Por qué quitarle ese gusto al señor Vallejo si nada pareciera complacerlo más que andar por allí como una especie de viudo de Dios y huérfano profesional de Colombia? ¿Por qué, pues, si se ha permitido señalar que los protagonistas de su libro son los niños que aparecen en la fotografía de la portada –él mismo y su hermano Darío retratados por el tío Argemiro–, en algo que ignoro si es ya una variante del juego o el certificado de una desgarradora confesión? Simplemente porque el suyo, como ya lo he mencionado, es un trabajo de notable calidad escritural, y, tras la mención monomaniaca de Dios y el panteón cristiano, amén del Papa, se adivina la misma pasión devota del ateo que le dedica más tiempo a pensar en él que cualquier creyente, como un ejercicio de rabia y desencanto ante el inmenso dolor que dejó su abandono. El sentimental cobijado en la piel del cínico.
Y Colombia, ese país donde todo, o nada, lo hay, incluidos sus emblemáticos sicarios, se antoja más un símbolo que un espacio real para ser documentado: si esta escritura-ensalmo, prisión de sí misma, evoca una nación devastada, ¿no lo estaba ya Colombia desde hacía mucho tiempo? ¿No está ya el mundo todo devastado desde siempre, mecido entre el cercano horror de la vida y el inefable horror de la muerte? [Fernando Vallejo, El desbarrancadero, México, Alfaguara, 2001].
| Para saber más sobre Fernando Vallejo |
|
Fernando Vallejo (Medellín, Colombia, 1942) en 2007 solicitó la nacionalidad mexicana. Escritor, biólogo, cineasta y aficionado a la música, ámbito en el cual destacó en el piano. Estudió un año en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Colombia, aunque obtuvo la licenciatura en Biología en la Universidad Javeriana, posteriormente estudió cine en Italia, en la Escuela Experimental de Cinecittá. Dentro de la literatura, Vallejo ha escrito novelas, ensayos, una gramática del lenguaje literario y dos biografías. Toda su obra, la ha producido en México, así como las tres películas que dirigió. En 2003 ganó el Premio Rómulo Gallegos por su libro El desbarrancadero. |
![]() |
![]() |
![]() |
![]() |
![]() |




















