El Hospicio de Santo Tomás de Villanueva
Con el descubrimiento de Filipinas, la Nueva España se convirtió en un enlace entre las islas y Europa, es decir, entre el océano Atlántico y el océano Pacífico. Por este motivo la empresa de evangelizar a todos los indígenas se extendió hasta aquellas tierras, por lo que muchos frailes de diversas órdenes comenzaron a trasladarse hacia aquellas tierras para difundir la palabra de Dios. Fray Andrés de Urdaneta (1508-1568) fue uno de los religiosos agustinos que impulsó la evangelización y dominio de las Islas del Poniente (China, Filipinas y Japón) en nombre del rey Felipe II de España. Con este propósito, los viajes hacia aquella región se hicieron constantes. Los primeros que se dieron a la tarea de peregrinar fueron los dieguinos, posteriormente los jesuitas y finalmente los dominicos. En el caso de los dieguinos, su paso por la Nueva España era transitorio, por lo que necesitaban hospedaje, como otros miembros de diversas órdenes religiosas.
Con lo anterior, se hizo necesaria la creación de un hospicio, cuya finalidad era que los misioneros no pidieran alojamiento en conventos y casas y, por otro lado, que éstos descansaran del viaje para retomar el camino con nuevos bríos. Además, en los hospicios obtenían la información necesaria sobre los territorios a los que viajarían.
Entre los hospicios que se construyeron destaca el Hospicio de Santo Tomás de Villanueva. En 1665 se comisiona a fray Juan de Borja, perteneciente a la orden de los agustinos, para fundar un hospicio en la Nueva España. Tras su construcción, se conoció inicialmente como Hospicio de Jesucristo, pero su nombre cambió a Hospicio de Sato Tomás de Villanueva. Tomó este nombre debido a que en el siglo XVI, Tomás de Villanueva (1486-1555) fue nombrado arzobispo de la ciudad de Valencia, además de haber sido provincial de la orden religiosa de los agustinos y propiciar la expansión de los agustinos en el Nuevo Mundo. Siempre se distinguió por ser un religioso apegado a los principios de humildad y caridad, mismos que le dieron reconocimiento ante el rey Carlos I, quien lo impulsó para ocupar cargos con mayor responsabilidad dentro de la Iglesia. Fue canonizado en 1658, por lo que en la Nueva España, los agustinos, fieles a su ejemplo, decidieron llamar al hospicio con su nombre.
“Nosotros sabemos a quién se debe la vida,
a quién se debe el nacer,
a quien se debe el ser engendrado,
a quién se debe el crecer,
cómo hay que invocar,
cómo hay que rogar.
Es ya bastante que hayamos perdido,
que se nos haya quitado,
que se nos haya impedido
nuestro gobierno.”
Contra los doce misioneros franciscanos
enviados por el Papa Adriano VI en 1524.
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