Entre los cojines de un sillón
(cuento)

Otro turno. Ocho horas de fregar pasillos interminables y escuchar a la locura gritar a través de las puertas. Pero no debe quejarse: es preferible ser afanadora en un asilo que la mujer de un sacerdote. El templo era más pequeño, pero más difícil de limpiar. Los fieles que iban cada día a escuchar los sermones del padre Mario dejaban todo tipo de porquerías entre las bancas y los pasillos. Ni qué decir del atrio, por supuesto. Ella terminaba exhausta, pero él no le permitía descansar. Aquello era mucho peor. Aquí, al menos sus jornadas terminan a una hora determinada. Es sólo que a veces lo olvida.
Doña Cande pasa el trapeador por el piso y siente un dolor que le tensa la espalda. Se yergue y coloca sus manos en la cintura: la tensión disminuye un poco. El sanatorio está casi en silencio: sólo se escuchan las suelas de sus propios zapatos y algunos gemidos sofocados. Un ave nocturna afuera en el jardín. Un concierto de cigarras. En la noche las pastillas para dormir se reparten con generosidad entre las bocas de los internos. Así descansamos todos, dice la administradora del sanatorio. Y así tú puedes hacer tu trabajo en paz, Candy.
No le gusta que la llamen Candy. Se siente ridícula: una mujer de cuarenta y un años con nombre de niña. Pero parece que a las gringas eso no les molesta, porque pueden tener más de medio siglo y seguir siendo Wendy, Sally o Minny. Ciertamente, ella no va a decirle nada a su jefa, que le da la oportunidad de trabajar sin papeles. Cada vez que piensa en quejarse por una u otra cosa, se fuerza a recordar eso. Que no tiene papeles y que, sin ellos, su única opción es regresar a México, de donde salió, en primer lugar, por no tener otras opciones.
El dolor vuelve a prenderse de su espalda cuando se agacha para exprimir el trapeador. A ratos, se vuelve insoportable. Si viviera en su pueblo podría ir al mercado y comprar algún chiquiador o té de yerbas para curarse. Pero acá las medicinas son muy caras. A lo mejor alguna de las enfermeras del siguiente turno podría conseguirle una pastilla. Termina de limpiar tratando de agacharse lo menos posible. Después quita los cojines de los sillones en la sala de visitas y comienza a sacudirlos. Siempre salen migajas, pañuelos usados y envolturas de los chocolates que los parientes les pasan furtivamente a sus internos. A doña Cande le gustan los colores de esas envolturas brillantes y con frecuencia las guarda en su delantal. Tienes alma de cuervo, le decía el padre Mario cuando encontraba sus cajones llenos de papelitos o de corcholatas. Pero hoy, además de la basura entre los pliegues del sofá, hay algo más. Al principio ella no lo ve, pero cuando saca los cojines el libro produce un golpe modesto al caer. Aún así, una de las enfermeras que patrulla el pasillo con una charola vacía, dice sssshhh y hace algunos aspavientos.
Doña Cande guarda el libro en su delantal y sigue con la faena. Su hija, allá en México, trabaja en una biblioteca y siempre que tiene tiempo libre, lee. Al menos eso es lo que su madrina le ha contado en las cartas. Raquel está muy contenta en su trabajo, escribe la madrina con su letra indecisa. Dice que a su hija le gusta estar cerca de los libros. A doña Cande le gustaría verla y encontrar parte de sí misma en su pelo, en la forma de tomar una taza, o de levantar una ceja, en cualquier cosa. A lo mejor, si se reconociera en ella, podría sentirla suya, fruto de su vientre, como dice el avemaría. Pero si cruza la frontera no está segura de poder regresar a los Estados Unidos. Ya tuvo suerte una vez, ¿para qué tentar al destino? Y su hija, bueno, su hija tiene una vida hecha. ¿Qué tal si no tiene ganas de ver a su madre? No olvida que no es ella la que escribe las cartas, sino la madrina.
Doña Cande sale del sanatorio cerca de las seis de la mañana y camina hacia su casa. Son sólo unas cuantas cuadras, pero son demasiadas para sus pies hinchados por casi ocho horas de trabajo. Cómo desearía poder cerrar los ojos y aparecer por arte de magia frente a su puerta. En realidad podría tomar un transporte urbano, pero quiere ahorrar lo más posible para seguir mandándole dinero a Raquel: tal vez un día junte lo suficiente para que ella venga a visitarla. Su hija tiene un trabajo y no debería tener problemas con la visa. Cosa de querer, nada más, suspira.
Una mujer de cabello rubio amarrado en una coleta la rebasa trotando, ágil sobre sus piernas largas. A doña Cande le recuerda un caballo de carreras, con músculos lustrosos trabajando debajo de la piel bronceada. Piensa en su propio cuerpo, en su carne que se afloja con los años, en su vientre lleno de estrías, en sus lonjas, en su cara morena con algunas marcas de acné. Tal vez con un cuerpo como el de esa barbie corredora habría conseguido un marido trabajador y ahora estaría a punto de jubilarse; vivirían tranquilamente en México, sin preocuparse por lo económico, en una casa llena de macetas recién regadas y nietos gritando por los pasillos. Doña Cande no habría terminado siendo la mujer y la sirvienta de un sacerdote que en cada misa pregonaba humildad, pureza y caridad. Nadie te va a querer así de fea como estás, escuchaba la voz húmeda del padre Mario en la oreja; así que no te quejes. No eres María Candelaria. Ella cerraba los ojos y pensaba en Dolores del Río. No, ella no tendría jamás a su Lorenzo Rafael.

Doña Cande llega a la pequeña casa que comparte con otras dos mujeres ilegales. La madera está en mala condición y la pintura ya se ha desprendido en su mayor parte, pero la renta es la más baja que encontraron. En el pequeño jardín amarillo y seco sólo sobreviven un par de cactos y no por descuido, sino por minimizar el cos-to de los servicios. La puerta cruje al abrirse. Adentro persiste un olor a humedad, encierro y cigarro. Marita, la que trabaja en la empacadora de verduras, pasa su tiempo libre fumando junto a la ventana, como si un día, tras el cristal, fuera a aparecer su pueblo, que tanto echa de menos. Doña Cande, en cambio, extraña a una persona que en realidad no conoce. Las colillas y las cenizas es todo lo que normalmente ve de Marita, porque ella y Julia, una lavaplatos en el Denny’s, laboran el primer turno y siempre que doña Cande llega a casa, ellas ya han salido para sus trabajos. Solamente los domingos, el único día libre para todas, coinciden en la casa, pero Cande duerme mientras Julia y Marita platican en la cocina, mojando piezas de pan tostado con mermelada en los cafés instantáneos.
Doña Cande está tan cansada que en parte agradece la soledad y el silencio de la casa. Vacía el cenicero de Marita en la basura y se quita los zapatos. Luego se desabrocha el brassier y se prepara un café sin azúcar y un sándwich de jamón y queso. Enciende la televisión y escucha un noticiario en inglés mientras desayuna. Aunque no puede entender más que una que otra palabra aislada, la voz suave y modulada de las mujeres que dan las noticias la arrulla y le da una sensación de seguridad. Doña Cande termina y deja los trastes en el fregadero: ya los lavará después. Piensa en bañarse, pero los ojos se le cierran. Va a la única recámara, donde hay dos camas individuales de colchones hundidos. Julia y Cande comparten una: quién sabe qué harán si a Cande le cambian el turno pero, mientras tanto, el arreglo funciona. Se duerme unos minutos después de haberse recostado. Ni siquiera le da tiempo de pensar en su hija, como casi siempre que se va a la cama.
Doña Cande se despierta cerca de las dos de la tarde. No tiene despertador, pero no lo necesita: su cuerpo siempre ha sido más sensible al entorno que su propia mente. Una pisada en el suelo, el sonido de la respiración ajena, el graznar de un tordo en el jardín, es suficiente para despertarla. No tuvo ningún sueño. Vivir con el padre Mario le enseñó a no desperdiciar los momentos blancos en que no sucede nada. Cuando la penetraba, Cande fingía dormir, hasta que el dolor la hacía gritar y él le cubría la boca. Duele, duele, brotaban las palabras de Cande por entre sus dedos. Shhh, mi niña, shhh, su aliento directo a la cara, porque le gustaba mirarla mientras empujaba su cuerpo con fuerza. Ella rezaba porque aquella fricción que le cortaba las entrañas, aquel olor fétido de su boca, terminaran pronto. En esos instantes deseaba morir, o escaparse. Pero luego pensaba que no tenía un sitio a dónde ir. Al menos con el padre Mario tenía un techo y alimentos, algunas monedas para comprar algo los domingos en la plaza. Otras no tenían ni eso. Debería estar agradecida con el padre Mario entonces, y cuando llegaba a esta conclusión, él bufaba desplomándose sobre su cuerpo. El padre conversaba sobre el clima o sobre cualquier cosa mientras se ponía el pantalón, pero ella se volvía hacia la pared, cerraba los ojos y pretendía dormir. Una vez sola, arrancaba pedacitos de pintura de la pared y los ponía sobre su lengua: el cuerpo de Cristo, amén.
Doña Cande se da un baño y abre una de las sopas de lata que le regalan a Marita en la fábrica. Unta varios panes con mayonesa y bebe agua de la llave. Busca en su bolsa el libro que encontró en el sanatorio. Lo pone sobre la mesa, se sienta y lo mira por largo rato. Tal vez su hija podría practicar su inglés con él. Termina la sopa sin usar la cuchara y se limpia la boca con una servilleta sucia. Doña Cande puede leer porque el padre Mario le enseñó. La tomaba por el ano y ella tenía que decir que aquello era lo mejor; si no, volvería a preguntárselo hasta sacarle las palabras que quería oír. Luego, recostado en el catre de Cande, le pedía sus libros y cuadernos. Ella apenas podía caminar pero, al menos, después de eyacular, el padre Mario se ponía tierno y con ánimos de darle a Cande una buena educación, para ampliar tus horizontes.
Doña Cande sale rumbo a la casa de miss Maggie, una americana con una cara perpetuamente enrojecida por el sol, que da clases gratuitas de inglés a mujeres como Cande. Mientras camina esquivando los charcos de la banqueta, no puede dejar de admirar la belleza de los jardines y de las casas de madera. Lo que más le gusta es la pequeña franja de pasto entre la banqueta y la calle. Le parece increíble que en los jardines abiertos, sin rejas y sin niños a la vista, haya triciclos, muñecas, juguetes que nadie se roba. Doña Cande imagina una niña de cabello rubio y coletas que juega con su muñeca cuando su madre la llama a comer. Le sirve pastel de carne, verduras, puré de papa, y la niña mueve sus piernas en el aire mientras come tranquila, sus juguetes seguros allá fuera. Más tarde, portafolio en mano, papá entra a su casa y toma a la niña en brazos, para luego besar a la esposa. Un padre con trabajo, con sueldo, con la seguridad de los alimentos de mañana y de todos los días. Un cuento de hadas.
No todo fue tan malo, dijo el padre Mario cuando la vio con su maletita raspada, lista para irse. Al menos tenía la habilidad de leer, no era una analfabeta ni una golfa como otras huérfanas, le echó en cara. ¿Qué había del acercamiento a Dios? Quiso decirle al padre Mario que se iría muy lejos, de Dios y de él, que su madrina consiguió la forma de pasarla al otro lado, donde una conocida le daría trabajo. Las palabras se le amotinaban en la boca. En una erupción le escupiría que era el peor ser humano del mundo, pero tenía miedo de que fuera a seguirla, así que no reveló sus planes ni sus sentimientos. Sólo le dijo: Me están esperando. El padre Mario bajó la mirada y se persignó. Tal vez pensó que Cande le había platicado todo a alguien y por eso no hizo nada por detenerla. Ella esperaba una amenaza, un jaloneo, algo, cualquier cosa, pero no hubo nada. Cande lo dejó allí, con la bastilla de la sotana un poco descosida, y comenzó a caminar. Las suelas de sus zapatos eran tan delgadas que podía sentir cada piedra del camino. Pensó que pasaría una vida entera antes de que volviera a ese pueblo.
Miss Maggie siempre la saluda con una sonrisa amarilla y un micasaessucasa. Se quita el delantal luego de dejarla pasar y pone un plato con galletas de mantequilla en el centro de la mesa que usan para trabajar. Hay hojas de papel, bolígrafos y un pequeño pizarrón verde, con sus gises. Falta la señora Duong, una mujer de sesenta y tantos años que tiene un restaurante de comida vietnamita en el vecindario. Tampoco está Fátima, la jovencita iraní que rara vez habla.
“No vendrá más”, dice miss Maggie en su español con un pesado acento norteamericano. Le cuenta que el esposo la golpeó hasta dejarla en el hospital. Ella duda que vuelva después de eso. Pero mientras esperan a la señora Duong le ofrece un café. Doña Cande acepta y rodea la taza con las dos manos. Aspira el aroma y siente como la piel se le entibia con el calor del líquido. Una sensación de estar a salvo.
Un día, mientras le servía el desayuno al padre Mario y a Leobardo, el sacristán, Cande tuvo que salir corriendo hasta el baño para vomitar. Faltaban tres meses para que cumpliera los quince años. Como todas, tenía la ilusión de una fiesta. Esperaba que el padre Mario le organizara al menos algo pequeño con el dinero de las limosnas, sólo por no dejar pasar el día. Él le prometió que tendría una misa especial, quizás algo más si se portaba bien. Y ella lo hizo, se portó bien todas las veces que el padre Mario quiso. Por eso comenzó a llorar cuando él se acercó a la puerta del baño y le dijo: Espero que no lo hayas arruinado todo, empezando por tu fiesta. Al salir vio que estaba furioso. Las venas en forma de tridente se le pintaron en las sienes y el párpado del ojo izquierdo comenzó a palpitar como un reloj despertador. Cande lloró. No entendía por qué este malestar podría cancelar su fiesta. O al menos la ilusión de su fiesta de quince años. Un vestido nuevo, un pastel. ¿Qué cosa había hecho mal? Apretó los ojos y esperó. Pero no hubo golpes. El sacerdote se deshizo del sacristán pidiéndole un mandado. Luego comenzó a caminar de un extremo del cuarto al otro, las manos crispadas a cada lado del cuerpo, hablando consigo mismo. Cande lo miraba desde el piso del baño, donde se había dejado caer porque sentía que las ganas de vomitar no se irían jamás.
El padre era un hombre de acciones. Al día siguiente, muy temprano, la llevó al consultorio. La mujer que hacía de secretaria y enfermera les informó que el doctor Jiménez estaba en un curso en la capital y no regresaría en las siguientes semanas. El padre Mario no sabía qué hacer. No podían esperar tanto, le reclamó a Cande. La mujer sacó su tejido y comenzó a mover las agujas mientras masticaba chicle. Cande tenía mucho sueño. Últimamente sufría de un sueño increíble, como si no durmiera jamás, a pesar de que el padre Mario, como por milagro, había dejado de buscarla por las noches. A cambio, estaba de un pésimo humor todo el tiempo. Incluso en los sermones levantaba la voz y golpeaba el púlpito con el puño. Sus temas preferidos eran ahora la desvergüenza y la traición. Cande notó que sus náuseas habían desaparecido casi por completo, pero sentía que los pechos iban a reventarle. Poco después Cande fue a ver a su madrina. Tienes que salirte de allí, le dijo. Dios, si eres una niña todavía.
En inglés, miss Maggie le hace preguntas sencillas sobre el clima, el color o el tamaño de las cosas, para repasar los temas ya cubiertos. Es una maravilla comprobar cómo ha avanzado, dice. Doña Cande no entiende cómo miss Maggie puede ser tan amable con ella, sin cobrarle nada a cambio de las clases o de las cosas de comer que les ofrece. Siempre que va a su clase de inglés a doña Cande le dan ganas de llorar. Saber que existen personas buenas en esta tierra, como su madrina, como la señorita Maggie, la conmueven siempre.
La clase termina a las cinco de la tarde, y la maestra les ofrece una cacerola de verduras y carne.
“Soy una mujer sola, con una pensión aceptable y gustos austeros. Puedo darme el lujo de invitar a mis amigas a cenar”, les dice como siempre al servir los platos. Doña Cande saca el libro que se encontró.
“Quisiera mandárselo a mi hija Raquel.”
“Ah, éste es un buen libro”, dice la señorita Maggie tomándolo entre sus manos de venas azules. Lo abre y lee la primera página. Se queda muy seria por un momento y se vuelve a su alumna.

“¿Cómo te sientes en este momento?”
Doña Cande piensa en que pronto comenzará su turno en el manicomio. La esperan ocho horas de barrer, trapear, limpiar baños y todo tipo de desechos de los enfermos. Luego el regreso a la pequeña casa, a encontrarse con la ausencia de sus compañeras. La imposibilidad de regresar a México, la falta de una vida real en los Estados Unidos. Porque después de tantos años, Cande se sigue sintiendo como si estuviera de paso, sólo para escapar momentáneamente del padre Mario. Piensa en esa hija que llevó por nueve meses dentro, escondida en la casa de la madrina. Luego el parto, el miedo, el dolor, la desolación. Tener a la niña en los brazos, sentir en el alma el hormigueo materno, mezclado con el terror de tener sólo quince años y ninguna familia. Luego su madrina se llevó aquel pequeño bulto tibio. El dolor del parto no había sido nada, nada comparado con eso. Cande, la van a adoptar, ella va a estar mejor. Yo te voy a mantener al tanto, trabajo para los señores. Gente buena, de veras. Cande durmió por unas diez horas después de que se llevaron a su bebé. Cuando se despertó se sentía aliviada, pero a la vez ruin, culpable e infinitamente triste.
“Este libro ha pertenecido a otras mujeres”, dice miss Maggie mientras le sirve más café. “Las dos escribieron cómo se sentían. Creo que deberías hacer lo mismo.”
Ella obedece tomando la pluma con desconfianza. Permanece inmóvil por un tiempo, a punto de escribir, hasta que traza las letras de su nombre. Cuando termina, cierra el libro y lo desliza sobre la mesa para que su maestra pueda leer.
Candelaria Piña, abandonada por el mundo.
Es hora de irse según el reloj de cucú arriba del librero. Miss Maggie le dice a Cande que mandará el libro a México, a la dirección de la madrina, como ha hecho otras veces con las cartas de Cande. Ella le agradece la clase, la comida y el servicio de paquetería; pasa al baño y sale de nuevo a la calle. El sol comienza a ponerse. Mientras va por la banqueta, una oleada de pájaros regresando a sus nidos oscurece el cielo. Cande también quisiera regresar a casa; no al departamento de madera que comparte con Julia y Marita; no al cuarto oscuro en la casa de su madrina, donde se escondió durante su embarazo; no al catre en la bodega donde cada noche el padre Mario la aplastaba. No. A casa.
Doña Cande respira el aire fresco y endereza la espalda. Un hombre que pasea con un perro cruza la calle para no toparse con ella en la banqueta. Ella sigue caminando con la vista en el piso hasta que llega a la entrada del sanatorio. Volver a casa. El breve tiempo en que recuerda haber vivido con su mamá, una mujer siempre trabajando, de mal humor, exhausta, pero al final madre. Cande temía sus golpes, sus regaños, pero recuerda perfectamente la tibieza de la protección y del cariño. Porque cuando su mamá no se sentía cansada estaba de buenas y eso significaba abrazos, un paseo por la plaza, un algodón de azúcar. Luego vino la enfermedad, luego el abandono, luego el hambre, luego todo esto.
Una enfermera negra que termina su turno se cambia en los vestidores cuando doña Cande entra para ponerse el uniforme de mujer del aseo. En ese cuarto hay un olor intenso a cloro y a sudor.
“Going home”, canturrea la otra mujer y sonríe no para Cande, sino para ella misma, antes de salir meneando las enormes caderas. Doña Cande llena una cubeta con agua y líquido limpiador de pisos. Se mira al espejo y trata de acomodarse el cabello. Ya será su turno algún día.
Blum, Liliana V., “Entre los cojines de un sillón”, en El libro perdido de Heinrich Böll (México, Jus, 2008).
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