Publicado en: Vie, jun 22nd, 2012

El socialismo francés y la intervención en México*

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Carlos Illades

La opinión de Karl Marx acerca de Napoleón iii no era positiva. Son bien sabidas las primeras líneas de El dieciocho brumario de Luis Bonaparte donde recuerda que para Hegel los grandes acontecimientos “aparecen, como si dijéramos, dos veces”, agregando con inclemente ironía: “una como tragedia y la otra como farsa”. Este nuevo montaje de la historia universal inició con un golpe de Estado, continuó con la invasión a México y la guerra franco-prusiana, para culminar, ya colapsado el imperio, en el baño de sangre que puso fin a la Comuna de París. Casi diez años después de aquél célebre ensayo, Marx publicaría en el New York Daily Tribune del 23 de noviembre de 1861 el último de dos artículos condenando la inminente intervención europea en México. “Una de las empresas más monstruosas jamás registradas en los anales de la historia internacional”, la llamó entonces, donde atribuía además a esa “caricatura del viejo Napoleón” la deshonesta maniobra de distraer a su pueblo de los problemas internos mediante la guerra[1].

Quizá menos conocida, aunque también de interés, es la reflexión del propio socialismo francés con respecto de la aventura mexicana de Luis Napoleón Bonaparte. Dos hombres eminentes, uno sansimoniano de joven, otro furierista hasta su muerte, dejaron sendos documentos acerca de ésta. Me refiero a Michel Chevalier (1806-1879) y Victor Considerant (1808-1893). Biografías próximas en los años mozos que las elecciones políticas personales distanciaron. Alumnos brillantes de la prestigiosa Escuela Politécnica de París, editores de los periódicos de sus respectivos movimientos, redactores de importantes planes para mejorar la convivencia humana, víctimas de la represión estatal, la dictadura napoleónica los colocaría sin embargo en lugares opuestos: a Chevalier en una curul en el Senado y a Considerant en un destierro por veinte años. Aquél recomendó en México antiguo y moderno (1863) la intervención que éste condenará en México. Cuatro cartas al mariscal Bazaine (1868).

 

La monarquía católica

 

Chevalier fue un joven destacado, emprendedor y pragmático, a quien la persecución de los sansimonianos lo persuadió rápidamente de que había de contar con sólidos apoyos entre los poderosos para poner en marcha los monumentales proyectos tecnológicos concebidos por el maestro. Estudió ingeniería en la Escuela Politécnica, encargándose en 1830 de la redacción de Le Globe, periódico doctrinario de aquella corriente. “La Marsellesa del trabajo” y “Dios, arquitecto de las naciones”, sus primeros artículos, causaron grata impresión a los lectores, convirtiéndolo rápidamente en una de sus figuras[2].

Desde 1827, los sansimonianos comenzaron a llamar iglesia a lo que anteriormente concebían como escuela, y Chevalier integró “la familia”, que se reunía tres veces por semana en el hotel de Gesvres, en la calle Monsigny, además de ofrecer conferencias los domingos en la plaza de la Sorbonne e intentar extenderse fuera de la capital. La iglesia sansimoniana tenía liturgia, himno y ceremonial propios, además de proyectar un “libro nuevo”, esto es, su propia biblia[3]. Como símbolo de fraternidad e interdependencia, la feligresía vestía una camisola que se abotonaba por detrás, obligando a auxiliarse de otro al colocarse la prenda.

Muy cercano a Prosper Enfantin, líder de la secta que adoraba a un mesías femenino (escindida por ese culto y por la apología del amor libre del grupo de Armand Bazard, el otro padre supremo), Chevalier formó parte del grupo de cuarenta discípulos (apóstoles) que en 1832 instaló una comuna en el suburbio parisino de Ménilmoltant, levantada por la policía al poco tiempo, aduciendo conductas impropias. Ambos fueron castigados con la prisión y cien francos de multa por los cargos de subversión e inmoralidad. Excarcelado en 1833, Chevalier pronto se despoja del misticismo de los sectarios y reorienta su imaginación hacia los grandes proyectos de infraestructura. Obtiene un empleo consistente en revisar las vías de comunicación en América del Norte y así es como inicia una larga relación con México. En esos tres meses de 1835, tomó muchas notas que posteriormente emplearía en México antiguo y moderno[4], complementadas con la información de Humboldt. La publicación de Los intereses materiales de Francia (1837) le sirve de plataforma política e intelectual para que lo nombren consejero de Estado (1838), catedrático de economía política en el Colegio de Francia (1841) y miembro de la Asamblea Nacional (1845). Plenamente instalado entre notables, desde un principio se suma al golpe de Estado de Bonaparte, promueve la intervención en México siendo senador (1860), retirándose de la política activa en 1870[5].

El libro de Chevalier comienza con un recorrido ordenado de la historia de México para después presentar al público francés las privilegiadas condiciones geográficas del país y, como en un portafolio de inversiones, los negocios susceptibles de desarrollarse a mayor escala. De la revisión de aquélla desprende que las razones fundamentales del rezago nacional estuvieron dadas por el carácter retardatario del imperio español, mientras que del análisis de la segunda deriva que la agricultura, pero más que nada la minería, pueden resultar sumamente atractivas para el capital galo. Atrasado y virgen, define al país como “una nación no productora” que, “a excepción de los rendimientos de sus minas de plata… es un país inútil al resto del género humano”, aunque dotado de un enorme potencial[6].

Dos debilidades importantes deberían subsanarse para propulsar el desarrollo mexicano. Estas son la falta de infraestructura de comunicación y la escasa población. Con respecto de aquélla, Chevalier considera relativamente sencillo, y no demasiado oneroso, construir en Tehuantepec el ferrocarril que conectara ambos océanos colocando al país dentro del flujo económico mundial. En relación con el segundo punto, la solución consistía en promover la inmigración china, mano de obra que consideraba diestra e industriosa, trabajadora y ahorrativa, además de muy dotada para las actividades comerciales[7].

Después de despertar el apetito de los inversionistas, Chevalier emprende la justificación de la invasión, “punto de partida de la regeneración política de México”, dado que “hay motivo para suponer que todos los mexicanos que piensan, desean el establecimiento de una monarquía, con tal de que sea representativa y liberal y que consagre la independencia de la nación”. Sin rodeos, señala la legitimidad de los motivos (la deuda pública y los agravios contra la población francesa), aduciendo también otros de índole práctica (alejar el ejército de la costa para resguardarlo de las enfermedades tropicales). Estas eran las razones inmediatas, porque había otras de naturaleza estratégica incuestionables de suyo. Enumera un par: “oponer una barrera a la invasión inminente de los Estados Unidos al resto del continente americano” (con la consecuente propagación de la esclavitud) y salvar “a todo el elemento español de la civilización latina en el Nuevo Mundo” (preservando el monopolio católico en el subcontinente y, al mismo tiempo, intentando equilibrar la competencia religiosa a escala global). Le sobrecoge pensar que de acuerdo con las tendencias poblacionales contemporáneas, los estadounidenses pronto desafiarán numéricamente a la Europa continental. Había entonces que actuar pronto para atajar la incontenible expansión angloamericana. La capacidad, disciplina y experiencia del ejército expedicionario garantizaría el éxito de la empresa bonapartista, mas si se consideraba la simpatía de la que gozaba el imperio entre los mexicanos, no así estadounidenses y españoles, mirados con recelo o abierto odio por la población local. Asumiendo la vocación civilizatoria de Francia, Chevalier sugiere a Napoleón iii proseguir “en una de las regiones más ricas y más curiosas del mundo occidental, la exploración que el fundador de su dinastía había organizado para una de las comarcas de oriente”, esto es, Egipto[8].

 

La opción republicana

 

En 1826 Victor Prosper Considerant ingresó a la Escuela Politécnica, incorporándose tras egresar al cuerpo de ingenieros militares donde llegó a ser capitán. No obstante su promisoria carrera castrense, la abandonó para dedicarse en cuerpo y alma a la propagación del furierismo. Diputado republicano-socialista, formó parte de la Asamblea Nacional en 1848. La represión de las jornadas de junio, lo hizo huir a Bélgica. En ausencia, la Corte Suprema de Justicia lo condenó al destierro. Relegado de la política, antes de optar por los Estados Unidos consideró Francia, Bélgica y Suiza para instalar un falansterio. En 1854 constituyó en Bruselas la Société de Colonisation Européo-Américaine du Texas con un capital de cinco millones cuatrocientos mil francos, parte del cual fue aportado por André Godin. En la navidad de ese año, Considerant, su familia y un centenar de colonos embarcaron en L’ Havre rumbo a Nueva York, arribando a Dallas los primeros días de febrero. La meta consistía nada menos en trasplantar los elementos positivos de la civilización europea al territorio libre de los Estados Unidos, fijando el horizonte futuro de la humanidad. Pese al entusiasmo inicial, la enjundia de los promotores no bastó para motivar por mucho tiempo a los colonos de La Reunión ante la falta de bienes elementales, las pérdidas de varios cultivos y la muerte de algunos de ellos. El jefe de la escuela societaria pudo repatriarse a Francia hasta 1869. Después del infortunado final de la Comuna de París, logró escabullirse a Suiza. En la Tercera República se alejó de la actividad política, empleando su tiempo en estudiar y escribir. Siempre fiel a la doctrina de Fourier, murió en 1893[9].

Para Considerant, los dislates franceses venían de antiguo: en lugar de permitir la anexión de Texas a los Estados Unidos, debió promover la inmigración europea a gran escala, tratando incluso de establecer una república neutra entre los dominios anglosajones y las repúblicas hispanoamericanas, resguardándolas de posibles invasiones y promoviendo su desarrollo material a fin de convertir a Latinoamérica “en un inmenso taller de trabajo bien dividido, [en] una fuente enorme de riqueza para el mundo”[10].

El socialista galo reintrodujo el argumento de Chevalier, acerca de trazar una línea de demarcación entre ambas civilizaciones, aunque también convencido de que la expansión estadounidense en el resto del continente era ya imparable, así como su progreso en dirección de la unidad y la democracia:

 

La idea de desviar este raudal [anglosajón], de preservar sobre el continente americano la existencia y el futuro de las razas, ya no diré latinas, sino de lengua latina, constituía entonces [en la época de la anexión] por sí misma una visión elevada y de política verdaderamente humanitaria…[11]

Francia entonces gozaba de la simpatía de los mexicanos, mientras los Estados Unidos eran repudiados con motivo de la guerra de 1847, y España desde la Colonia, pero lamentablemente la invasión napoleónica había reavivado un fuerte sentimiento nacionalista. Sin embargo, Juárez, al mantener el peonaje, no obstante haber introducido el derecho moderno en el país, ofreció al archiduque austríaco la ocasión de ganarse a la población mediante su clausura, haciendo además evidente que “el fracaso del liberalismo mexicano en su obra de reforma había dejado el campo abierto a la intervención”. Considerant propuso repartir las tierras incultas entre los peones y otorgar un mandato de diez años a Maximiliano como jefe de la república, abandonando el título de emperador. Paralelamente, conminarían al Benemérito a defender la nacionalidad por otras vías, deponiendo las armas a cambio de la abolición del imperio. Irónicamente, el emperador impuesto por la contrarrevolución europea podía ser el gran promotor de la reforma social en México, llevando a la práctica una política que “debe ser la negación sistemática y resuelta, la destrucción y el contrario categórico de lo que hubo al principio, la esperanza y el espíritu de la intervención”[12].

La expectativa de convertir la revolución política en una reforma social conduce la argumentación de Considerant de tal manera de persuadir a Bazaine que esto es deseable, posible, y más que otra cosa, necesario, ofreciendo al emperador y al ejército expedicionario una salida decorosa al acto que reiteradamente reprueba en la medida en que atenta contra el derecho moderno, la legitimidad política y la más elemental justicia:

 

Maximiliano es un intruso en América, y en México un usurpador. Ni siquiera es un conquistador rodeado de la fuerza y el prestigio que muy a menudo trae en este mundo la conquista, pero desgraciadamente no es este caso. No es más que un acarreado por una conquista extranjera y vil, que incluso comenzó mal militarmente y que no está en absoluto ni terminada ni cumplida[13].

La discrepancia entre Chevalier y Considerant constante en el cotejo de sus textos, se profundiza cuando imaginan el futuro. El sueño monárquico de Bonaparte y sus intelectuales simplemente es para Considerant imposible porque su aliado natural, el ejército confederado, tiene nulas posibilidades de ganar la guerra civil y abrir la puerta a las fuerzas del retroceso. Sin hablar de necesidad histórica, para éste el triunfo de la reacción es un contrasentido, pues “la inoculación del virus monárquico en América sólo habría sido posible si la rebelión criminal del Sur hubiera podido tener éxito en su proyecto inepto”[14]. Si algo vislumbra en el horizonte es el advenimiento de la federación democrática, republicana y universal. El Norte estadounidense es el polo activo que magnetiza a los elementos proletarios del planeta de manera tal que pronto alcanzará la densidad suficiente para dirigir sus destinos. La intervención está del lado equivocado de la historia y, por tanto, resulta impostergable cambiar su curso recolocándola en la ruta adecuada. No hay tiempo, porque tan pronto se impongan los unionistas, no va quedar más remedio a Francia que abandonar apresuradamente el territorio mexicano. La cuarta carta al mariscal Bazaine (29 de junio de 1867), corrobora esta verdad.

Como lo anunció Considerant, el fin de la monarquía estaba próximo y otra decisión equivocada de Napoleón iii lo comprometería en una guerra desastrosa con Prusia. La farsa advertida por Marx cobraría todavía más víctimas antes de que el régimen de Bonaparte el pequeño terminara sus días. Entre tanto, Chevalier y Considerant permutarán los papeles, aquél abandonó la vida pública, a la vez que retomará el viejo proyecto del conde de Saint-Simon de cavar un túnel bajo el canal de la Mancha para comunicar a Francia con Inglaterra. Después de perderse el segundo acto (el imperio), Considerant regresará a escena participando en la insurrección popular que instauró la Comuna de París el 18 de marzo de 1871.

 

Bibliografía

 

Abramson, Pierre-Luc, Las utopías sociales en América Latina en el siglo xix (México, fce, 1999).

Beecher, Jonathan, Victor Considerant and the Rise and Fall of French Romantic Socialism (Berkeley, University of California Press, 2001).

Bénichou, Paul, El tiempo de los profetas. Doctrinas de la época romántica (México, fce, 1984).

Chevalier, Michel, México antiguo y moderno (México, fce, 1983).

Cole, Geroge Douglas Howard, Historia del pensamiento socialista, 8 vols. (México, fce, 1957).

Considerant, Victor, México. Cuatro cartas al mariscal Bazaine, edición prólogo y notas de Carlos Illades, traducción de Hilda Domínguez Márquez (México, Instituto Mora/uam, 2008).

Lallement, Michel, Le travail de l’utopie. Godin et le familistère de Guise (París, Les Belles Lettres, 2009).

Marx, Karl, El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, en Marx y Engels, 1969, pp. 97-185.

— y Friedrich Engels, Obras escogidas (Moscú, Progreso, 1969).

—, Materiales para la historia de América Latina, 1972, 6ª ed., traducción de Pedro Scaron (México, Siglo Veintiuno, 1987). Cuadernos de Pasado y Presente 30.

Pétré-Grenouilleau, Oliver, Saint-Simon. L’utopie ou la raison en actes (París, Payot, 2001).

Vernus, Michel, Victor Considerant 1808-1893. Le coeur et la raison (Dole, Canevas Editeur, 1993).



* Este texto forma parte del proyecto de investigación básica 150714, financiado por el conacyt, y fue leído en el Coloquio Internacional México Francia: Historias, mitos y representaciones del 5 de mayo Puebla, Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades-Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Puebla, 25 de abril del 2012.

[1] Marx, El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, pp. 100, 101; Marx y Engels, Materiales para la historia de América Latina, p. 256.

[2] Abramson, Las utopías sociales en América Latina en el siglo xix, p. 49; Bénichou, El tiempo de los profetas, pp. 258-259.

[3] Pétré-Grenouilleau, Saint-Simon, pp. 395-396; Cole, Historia del pensamiento socialista, I, p. 60.

[4] Escribió también el capítulo sobre México en la Enciclopedia del siglo xix (1851), un extenso artículo en la Revista de dos mundos (1862) y otro más en el Diccionario general de la política (1864). Abramson, Las utopías sociales en América Latina en el siglo xix, pp. 52 y ss.

[5] Pétré-Grenouilleau, Saint-Simon, pp. 396-397; Bénichou, El tiempo de los profetas, pp. 264, 283; Abramson, Las utopías sociales en América Latina en el siglo xix, pp. 50-51.

[6] Chevalier, México antiguo y moderno, p. 326.

[7] Ibíd., p. 377.

[8] Ibíd., pp. 387, 425, 391, 423.

[9] Lallement, Le travail de l’utopie, pp. 81 y ss; Beecher, Victor Considerant and the Rise and Fall of French Romantic Socialism, pp. 336 y ss.; Vernus, Victor Considerant 1808-1893, p. 204.

[10] Considerant, México. Cuatro cartas al mariscal Bazaine, p. 87.

[11] Ibíd., p. 83. Énfasis suyo.

[12] Ibíd., pp. 73, 81. Énfasis suyo.

[13] Ibíd., p. 95.

[14] Ibíd., p. 101. Énfasis suyo.

Displaying 1 Comments
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  1. Yanero Solitario dice:

    ¡Wow! una parte de nuestra historia que seguramente muchos desconocemos :) Gracias por tan interesante artículo.

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