Publicado en: Vie, jun 8th, 2012

José María Vigil en los debates del liberalismo

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José María Vigil en los debates del liberalismo

Francisco Quijano

El liberalismo mexicano del siglo XIX no fue una tradición homogénea sino que aglutinó entre sus filas a autores y personajes de diversas posturas e ideologías políticas. Las diferencias dentro del Partido Liberal se hicieron más evidentes hacia el último tercio del siglo, una vez consumado el  "triunfo definitivo de la República”, aunque no fue sino hasta la coyuntura de 1875-1876, que llevaría a Porfirio Díaz al poder, cuando se manifestaron cabalmente.

A partir de entonces, podemos distinguir cuando menos dos grandes facciones dentro del liberalismo mexicano, cuyos desacuerdos se fueron haciendo más latentes conforme avanzaron los años: la primera creía necesario reorientar los objetivos del gobierno y de la educación pública hacia una serie de acciones que garantizaran el orden, la estabilidad y el desarrollo de la nación, aunque esto significara traicionar, o cuando menos suspender, algunos de los principios cristalizados en la Constitución de 1857; mientras que la segunda, en oposición a ésta, consideraba que no había nada más importante que respetar los derechos consagrados en la Constitución; y que la defensa y la promoción de la libertad y la igualdad de los individuos, era la principal razón de ser del Estado y de la instrucción pública.

Entre los pensadores y políticos más destacados que tomaron parte en las discusiones internas del Partido Liberal, durante las décadas de 1870 y 1880, se encuentran, por el lado de los “nuevos liberales”, después conocidos como “positivistas” o "científicos", Gabino Barreda, Francisco Cosme, Leopoldo Zamora, Telésforo García, Jorge Hammeken, Porfirio Parra y Justo Sierra; mientras que por el de los “liberales clásicos”, se pueden destacar Ignacio Manuel Altamirano, Guillermo Prieto, Hilario Gabilondo, Manuel Gutiérrez Nájera y José María Vigil.

Éste último, publicó un artículo hacia finales de 1882 en la Revista filosófica, en el cual criticaba abiertamente a la doctrina positivista al considerarla como contradictoria a los principios del liberalismo. Señalaba Vigil:
Positivista y liberal son términos que se contradicen, como se contradicen la fuerza y el derecho, el hecho consumado y la justicia, la fatalidad y el libre albedrío. Podemos, pues, establecer que el positivismo, como toda doctrina sensualista, degrada al hombre nivelándole con el bruto, y conduce necesariamente al escepticismo, al materialismo, al ateísmo, al egoísmo y al despotismo. Ahora bien, una doctrina que tales frutos produce, puede y debe ser considerada como profundamente perniciosa para la juventud, cuya educación intelectual y moral debe ser objeto de especial atención y cuidado en una sociedad que prepara seriamente el bienestar de las generaciones futuras.

Esta crítica no fue ni la primera ni la última que establecería Vigil en contra de la doctrina positivista. En múltiples ocasiones el escritor jalisciense denunció los problemas que, a su juicio, traerían a la nación mexicana la orientación positivista de la educación y de las políticas públicas, críticas a las que respondieron distintos autores del nuevo liberalismo porfiriano. Ahora bien, la discusión que durante varios años sostuvieron Vigil y otros liberales contra el grupo que defendía los principios del positivismo en México no debe ser entendida como un debate exclusivamente académico o pedagógico.

Si bien es cierto que estos elementos fueron recuperados por quienes tomaron parte en la discusión, el problema de fondo tenía que ver con una cuestión eminentemente política: la permanencia o el cambio de los principios que habían definido al liberalismo mexicano desde mediados del siglo XIX.

Si nos centramos en la participación de Vigil en este espacio controversial, podemos distinguir claramente dos etapas de la disputa. La primera de ellas tuvo lugar entre los años de 1877 y 1880 y fue entablada principalmente contra Justo Sierra y Francisco Cosme. Mientras que Vigil escribió en el diario liberal  El monitor republicano, Sierra y Cosme plasmaron sus ideas en el periódico de corte positivista La libertad. Una de las principales características de esta etapa de la discusión, en comparación con la que vino después, es que estuvo centrada en temas exclusivamente políticos. En particular, el debate giró en torno a tres elementos defendidos por el grupo de Sierra que para Vigil resultaban imposibles de conciliar con los principios del liberalismo:

  1. La idea defendida por Cosme de que México necesitaba de una “Tiranía honrada” que lograra terminar con la anarquía política y el desorden social.
  2. La advertencia que hacía Sierra de que el pueblo mexicano no estaba listo para la Constitución de 1857, pues aunque en teoría parecía perfecta, en la práctica era insostenible.
  3. La crítica que establecían a la Guerra de Reforma y a la obstinación de los liberales de aplicar sus leyes, pues consideraban que violentaban la natural evolución social de la nación mexicana.

La segunda etapa de la discusión entre Vigil y los “nuevos liberales”, se llevó a cabo unos años después, entre 1882 y 1885. En esta fase, la polémica se desarrolló en términos principalmente filosóficos y el debate, detonado por un problema de libros de texto, giró en torno a la doctrina que debía seguirse para la educación pública. El principal interlocutor de Vigil en este periodo fue Porfirio Parra, quien escribía desde La libertad, mientras que el jalisciense lo hizo a través de su Revista filosófica, aunque para 1885 la discusión se presentó también en una serie de juntas catedráticas celebradas en la Escuela Nacional Preparatoria.

Además del carácter predominantemente académico y filosófico, esta discusión se caracterizó por la ausencia de una crítica directa al gobierno encabezado, primero, por Manuel González y, posteriormente, por Porfirio Díaz, a quienes Vigil había denunciado abiertamente en el debate que sostuvo unos años atrás contra Sierra y Cosme. Da la impresión de que en estos años Vigil ya no identificaba por completo al régimen con la facción de “liberales reaccionarios”, en este caso positivistas, sino consideraba que éstos sólo conformaban un sector que debía ser extirpado del Partido Liberal.

Así pues, pese a que la controversia seguía enfrentando a los mismos grupos, el contenido y la forma de la polémica sufrió importantes cambios. La orientación académica de la discusión se puede explicar por el contexto en el que surgió la misma: el problema del libro de texto a seguir en la clase de “Lógica, ideología y moral” de la Escuela Nacional Preparatoria, mientras que el otro desplazamiento –el abandono a las críticas directas al régimen porfirista – podría ser explicados, cuando menos parcialmente, por una serie de cambios y acontecimientos que sucedieron alrededor de 1880.

Pese a que Vigil había sido crítico del reeleccionismo de Benito Juárez y del intento de reelección de Sebastián Lerdo de Tejada, cuando en 1876 Porfirio Díaz se levantó en contra de éste último y resultando vencedor se proclamó presidente, Vigil se opuso al oaxaqueño y apoyó a quien entonces era su jefe y presidente de la Suprema Corte de Justicia, José María Iglesias. Finalmente, como es bien sabido, Díaz logró imponerse sobre el grupo encabezado por Iglesias, y a principios de 1877 tomó la presidencia de la república. Ante esta situación, José María Vigil abandonó su cargo como ministro de la Suprema Corte y comenzó a desplegar una actividad más intensa en el periodismo político.

Uno de los principales puntos en los que insistía Vigil en sus artículos de estos años era en la necesidad de llevar a cabo un movimiento de organización del Partido Liberal, pues consideraba que ésta era la única salida para superar la anarquía en la que vivía el liberalismo mexicano y para salvar a la patria de la crisis que atravesaba.

Por otro lado, para Vigil era fundamental el que en las elecciones presidenciales de 1880 se respetara verdaderamente el voto popular y, para ello, hizo un llamado de unión a los liberales opuestos a Manuel González para presentar a Manuel María Zamacona como un candidato alterno al “oficial”. Sin embargo, tras los comicios de 1880, tanto su objetivo de realizar una convención nacional del Partido Liberal, como de sacar del poder al grupo encabezado por Díaz, se vieron frustrados.

No obstante, no todo fue obscuro para Vigil tras 1880. Ese mismo año, el jalisciense se reincorporó a la burocracia estatal, al ser nombrado director de la Biblioteca Nacional y fue designado como el nuevo profesor de “Lógica, ideología y moral” de la Escuela Nacional Preparatoria. Esto último, formó parte de la política impulsada por el nuevo gobierno, a través del ministro de Justicia e Instrucción Pública, Ignacio Mariscal, de cambiar el enfoque positivista de la Escuela Nacional Preparatoria, cambio con el que, evidentemente, Vigil estaba de acuerdo.

Estos elementos, pues, fueron importantes para modificar el rumbo de la discusión entre Vigil y el grupo de “nuevos liberales” que defendía los principios del positivismo, dejando atrás la crítica política beligerante. En la segunda etapa de la polémica, aquella que inició hacia 1882, encontramos a un José María Vigil más ecuánime -también, hasta cierto punto, resignado- que consideraba más efectivo para la defensa del liberalismo el dirigir su acción a cambiar, dentro del mismo Estado, la orientación de la educación.
Tornado hacia los contenidos del debate, la principal crítica que establecía Vigil hacia la doctrina defendida por Parra y los positivistas era que, a su juicio, éstos negaban la existencia de cualquier noción o categoría metafísica, tanto en el ámbito del conocimiento, como en el de la moral y la política. Siguiendo las ideas del filósofo belga Guillaume Tiberghien, señalaba seis "consecuencias nefastas" que esta postura acarreaba consigo: la reducción del hombre a la condición de bruto o animal, el escepticismo, el materialismo, el ateísmo, el egoísmo y, finalmente, el despotismo.

Para Vigil, lo más grave del positivismo no se encontraba en el ámbito filosófico, sino en las implicaciones que su enseñanza podría traer entre la juventud mexicana. El ser liberal implicaba necesariamente el creer en nociones metafísicas como la de libertad, igualdad y fraternidad, así como en la existencia de derechos imprescindibles fundados en conceptos puramente racionales.

Nuevamente, lo que estaba en juego era el debate sobre la necesidad de conservar o cambiar los principios que habían definido al liberalismo mexicano. Ante tal situación Vigil se lamentaba de la postura que los positivistas guardaban ante las "instituciones liberales":
En México, hemos tenido un periódico [La Libertad], órgano del positivismo, que tuvo por principal objeto atacar constantemente las instituciones liberales, haciéndolas el blanco de las más sangrientas diatribas. En ese periódico se dijo que nuestra Constitución es sólo un conjunto de música celestial; que los derechos del hombre son una ridiculez; que la Constitución para el pueblo mexicano produce el mismo efecto que una casaca puesta en la espalda de un mono.

Frente a la crisis interna que la tradición liberal mexicana enfrentó durante el porfiriato, Vigil decidió defender su proyecto de nación argumentando en dos ámbitos que, si bien podrían considerarse como diferentes, para él mantenían un vínculo profundo: la pedagogía y la política. Para este "liberal metafísico", ambas iban necesariamente de la mano y en su estrecha relación se encontraba el camino para la emancipación del pueblo mexicano.

Bibliografía

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Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

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José María Vigil, “Nociones de lógica arregladas por el profesor Luis E. Ruiz”, en José María Vigil, Textos filosóficos, edición y estudio introductorio de José Hernández Prado, México, Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco, 2005, pp. 161-162.

Los artículos y los discursos presentados en las juntas han sido editados por  José Hernández Prado Vigil, Textos filosóficos, op. cit.

Hale, op. cit., p. 116-119.

Vigil, “Los gatos del arzobispo…” y “El aniversario de la independencia…”, El monitor republicano 7-septiembre-1878 y 18-septiembre-1878 respectivamente, ambos textos se encuentran en Carlos J. Sierra, José María Vigil, México, Club de Periodistas de México, 1963, pp. 269-280.

Hernández Prado, Textos filosóficos, op. cit., p. 16.

Vigil, “Nociones de lógica…”, en Textos filosóficos, op. cit., p. 146.

Vigil, “Junta del 1º de septiembre…”, op. cit., pp. 196-197.

Ídem, p. 198.












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