Publicado en: Vie, oct 9th, 2009

La casa de todos (página 2)

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En el siglo XVII abundaron los libros de astrología y alquimia. De 1750 a 1810 hubo un auge de obras científicas. En química, geología, metalúrgica, medicina, estadística y geografía, la Nueva España publicó obras notables. Remontados los estragos de la revolución de Independencia, de 1850 en adelante el impulso positivista abrió una época de gran actividad, que se refleja en el desarrollo paralelo de las bibliotecas.

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Las bibliotecas novohispanas estuvieron lejos de ser la casa de todos; servían a una minoría de españoles y criollos. El acceso a la cultura europea por parte de algunos indígenas, miembros de las familias gobernantes, se limitó a los años inmediatos a la Conquista. Las primeras bibliotecas estuvieron en los conventos y los colegios de las órdenes religiosas. Sus acervos, rara vez más de un centenar de títulos, respondían a las necesidades de la predicación y del culto. Pronto comenzaron a crecer. Llegados los jesuitas, en 1572, las suyas fueron especialmente notables: la del Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo, con casi veinte mil volúmenes, fue la más grande y rica del continente.

Comenzaron también a surgir las de particulares: religiosos como Zumárraga, Vasco de Quiroga y fray Alonso de la Veracruz. Luego se multiplicaron. Al igual que las religiosas, incluían Biblias, los Santos Padres y autores grecolatinos. Con el tiempo fueron incluyendo obras de la literatura castellana, científicos modernos –Copérnico, Brahe, Galileo, Kepler–, obras de medicina, Erasmo y los juristas de la época, los filósofos herméticos y los humanistas del Renacimiento.

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Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700)

Sigüenza y Góngora fue desde 1672 profesor de astrología en la Real y Pontificia Universidad. Poseía libros de ciencia y documentos sobre antigüedades mexicanas. Dos eran sus mayores inquietudes: revelar a los criollos el pasado de su tierra, y penetrar en la ciencia hermética. No existe un catálogo de su biblioteca, que se ha estimado en unos mil volúmenes. En cuanto don Carlos murió, fue saqueada. Sobrevivieron 28 volúmenes de manuscritos y más de 170 libros que había heredado al Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo: libros de matemáticas, manuscritos en español y en náhuatl, mapas, códices prehispánicos, las obras de Kircher, un catalejo y una mandíbula de mamut –un elefante muerto en el Diluvio, creía Sigüenza.

Expulsados los jesuitas en 1767, incautadas sus bibliotecas, los documentos de don Carlos desaparecieron. Hoy se encuentran dispersos en bibliotecas de Europa y los Estados Unidos. Uno de los pocos que guarda la Biblioteca Nacional de México es la Uranoscopia (Ginebra, 1617), de Redemto Baranzano, que se ocupa de la factura de almanaques astrológicos, actividad a la que Sigüenza dedicó parte de su vida.

Sor Juana quería saber lo mismo de poesía que de matemáticas, música, astronomía y teología. No existe una relación de sus libros, pero sí dos cuadros que la muestran rodeada por ellos: el de Juan de Miranda, de los primeros años del siglo XVIII, poco después de la muerte de Sor Juana (1695), y el de Miguel Cabrera, de 1750.

Resaltan –escribe Ignacio Osorio– abundantes clásicos latinos: Virgilio, Lucano, Cicerón, Marcial, Quintiliano, Silvio Itálico y Séneca; [...] tres escritores castellanos: Fray Luis de Granada, San Juan de la Cruz y Góngora; los tratados de ambos derechos, tanto el civil como el canónico; las obras médicas de Galeno e Hipócrates; en la parte superior derecha del óleo de Cabrera, [...] se encuentran un tratado del arte de la pintura y las obras herméticas de Kircher. Abajo, a la altura de su mano, las principales autoridades de la patrística: san Ambrosio, san Anselmo, san Gregorio, san Bernardo y san Isidoro; en el mismo nivel [...] Duns Escoto, el doctor sutil, santo Tomás, el doctor angélico y Pedro Lombardo, el maestro de las sentencias. En el centro [...] las epístolas de san Jerónimo, su santo patrón; la teología en sus tres aspectos: moral, mística y dogmática; por último, un contempus mundi, el desprecio del mundo o imitación de Cristo.

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Al mediar el siglo XVIII hubo en las bibliotecas, en especial las particulares, cada vez más libros en italiano, francés e inglés; más obras de Descartes; de Voltaire, Rousseau y otros enciclopedistas; de científicos nuevos como Newton, Linneo, Gassendi y Leibniz.

En ese tiempo muchos tesoros bibliográficos cambiaron de lugar. Primero, por la secularización de los conventos, iniciada en 1757; diez años después, por la expulsión de los jesuitas. Los libros de los conventos secularizados pasaron a los de las órdenes religiosas o a instituciones gobernadas por los obispos. Los acervos jesuitas fueron a la Universidad. Muchos manuscritos y libros se destruyeron o quedaron en manos de particulares.

Otros sirvieron para crear o reforzar bibliotecas en distintas ciudades. En Guadalajara, las del Seminario y la Universidad; en Morelia, las del Seminario y del Colegio de San Nicolás; en Puebla, la Palafoxiana y la del Colegio Carolino; en Durango, la del Seminario; en México, las de la Universidad, el Seminario, los colegios de San Juan de Letrán, de San Gregorio, de San Pedro y San Pablo, y de San Ildefonso, así como las de los conventos de San Francisco y de San Fernando, que se sumaron a las ya existentes de los colegios de Santa María de Todos los Santos, y de San Pablo, y de los conventos de San Cosme, de San Agustín y de Santo Domingo. La capital del virreinato podía estar orgullosa de sus bibliotecas.

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En 1821 México emergió a la vida independiente dueño de valiosas colecciones de libros, mapas, manuscritos y códices. Algo de eso, muy poco, queda en la Biblioteca Nacional.

Las ciencias habían avanzado; las bibliotecas religiosas estaban atrasadas. No tenían acervos ni organización para cumplir con una exigencia que había comenzado a circular por el mundo medio siglo antes: la educación, la cultura, los libros y las bibliotecas son derecho de todos. Había dos bibliotecas públicas: la Turriana, en la Catedral de México, y la de la Real y Pontificia Universidad. A éstas se agregaría, en 1845, la del Colegio de San Gregorio. Había que actualizarlas y abrirlas al público; había que crear otras.

Los liberales comenzaron a idear un sistema educativo acorde con la nueva organización política, las nuevas tendencias estéticas, las exigencias de la industria y el comercio en el radiante siglo XIX. El mayor obstáculo era lisa y llanamente que la enorme mayoría de los mexicanos no sabía leer ni escribir.

En 1824, el país quedó dividido en estados; conservadores y liberales se enfrentaron en todos ellos. Sus luchas significaron un lastre tan grave como el analfabetismo. Entre la consumación de la independencia y 1830, muchos estados intentaron crear bibliotecas y gabinetes de lectura. Muchas de esas iniciativas quedaron en decretos. Las bibliotecas que lograron crearse se formaron con los libros que habían salido de los conventos, muchos de ellos en latín. Había una esperanza ilusa; limitarse a repartir libros no forma lectores.

Una biblioteca que llegó a funcionar fue la del Estado de México, creada en 1827 por iniciativa del gobernador Lorenzo de Zavala. Para fundarla se autorizó la muy respetable suma de nueve mil pesos para adquirir en Europa tres colecciones de libros modernos. Dos para el fondo inicial de dos bibliotecas públicas. La tercera se pondría a la venta; lo que se obtuviera serviría para fortalecer las otras dos.

En marzo de 1829 una de las colecciones ya se encontraba en Tlalpan, entonces capital del estado. Las otras dos estaban detenidas en la aduana de Veracruz, porque incluían obras de autores perseguidos por la Iglesia. En 1830, la capital y la biblioteca pasaron de Tlalpan a Toluca. Su primer director fue el poeta José María de Heredia.

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Surgió entonces la iniciativa de crear una Biblioteca Nacional. Con ingenuidad, se pensó que lo que hacía falta para que México pudiera equipararse con los países de mayor instrucción y cultura no era un sistema educativo sólido, con bibliotecas en las escuelas, sino una Biblioteca Nacional como las de Francia y España. El primer proyecto fue presentado al Congreso en enero de 1828 por José María Irigoyen, pero faltaban recursos. Nadie pensó en fortalecer las bibliotecas que ya se tenían. Liberales y conservadores querían una Biblioteca Nacional. Distintos gobiernos decretaron en vano su creación en 1833, 1846, 1851, 1857, 1861 y 1867.

La Junta Directiva de Enseñanza Pública, creada por Santa Anna, presentó en 1833 una nueva propuesta, alentada por Gómez Farías y por Mora. Fue encomendada a Manuel Eduardo de Gorostiza: político, diplomático, empresario taurino y dramaturgo. La Biblioteca tendría como base los acervos del Colegio de Santa María de Todos los Santos, y de la Universidad. A la compra de libros para actualizarla se destinaron tres mil pesos anuales. Tres días después fue decretada la ley que creaba la Biblioteca; Gorostiza fue su director.

La Biblioteca debía conservar el patrimonio bibliográfico del país, albergar todos los nuevos libros que se imprimieran, y poner al alcance del público obras modernas. Tenía casi 25,000 volúmenes. Los tres mil pesos aportados por el Estado se acabaron, y Gorostiza puso dinero de su bolsillo para que las obras no se detuvieran. Los ventarrones políticos, sin embargo, soplaron en contra del proyecto liberal; en julio del año siguiente, 1834, la Junta Directiva de Enseñanza Pública, en la que habían ingresado elementos moderados, anuló el decreto de creación de la Biblioteca Nacional.

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México tuvo que afrontar a los Estados Unidos y al segundo Imperio; conservadores y liberales se dedicaron a destruir mutuamente sus proyectos. Aquellos años turbulentos propiciaron la destrucción y la fuga de muchos tesoros.

Apenas retirados los invasores, se volvió al asunto. En 1851 los liberales propusieron alojarla en la antigua Aduana. Los conservadores sugirieron instalarla en el ex templo de San Pedro y San Pablo. Los liberales aprovecharon la presidencia de Ignacio Comonfort para emitir un nuevo decreto relativo a su fundación, en noviembre de 1856. Pero las Cámaras estaban redactando la Constitución de 1857, y el decreto se promulgó hasta septiembre de ese año. Obligaba a los editores a entregar dos ejemplares de cada publicación como depósito legal. Además, clausuraba la Universidad y destinaba su edificio, libros y fondos para crear la Biblioteca. Se quería romper con el pasado colonial, que incluía esa Universidad. Sus esfuerzos culminarían, dos años después, con la nacionalización de los bienes del clero.

José Fernando Ramírez recibió la Biblioteca de la Universidad y, con el auxilio de José María Benítez, se dedicó a reparar el local y los estantes, y a encuadernar las colecciones. Su labor se vio interrumpida por la sublevación de los conservadores contra la Constitución de 1857 y la toma de la capital por Félix Zuloaga, quien derogó el decreto que hacía desaparecer la Universidad.

Durante la Guerra de Reforma, en 1859, los liberales decretaron la incautación de los bienes de las comunidades religiosas. Los libros, impresos, manuscritos, pinturas y demás objetos pertenecientes a las comunidades deberían ir a los museos, bibliotecas y otros establecimientos públicos. El país, sin embargo, no estaba preparado ni siquiera para cambiar de lugar los libros.

Los conventos fueron abandonados. El gobierno liberal no tuvo recursos ni tiempo para resguardar sus bibliotecas, que quedaron a merced de los saqueadores y de simples destructores. Incunables, manuscritos, primeras ediciones se dispersaron y destruyeron. Juan N. Aldayturryaga (en palabras recopiladas por Francisco Miranda Godínez) describe el panorama en Michoacán, donde se abrieron gabinetes de lectura con los libros de los conventos:

¿Dónde están los mil volúmenes para el Gabinete? [...] Ahí están en el Seminario, en los conventos y en las bodegas… Mentí; no están todos; los tenéis distribuidos entre estos locales y entre las tiendas, en las casas particulares, en las poblaciones, en el fuego y en el polvo. Estaban todos hace poco todavía; lo que es hoy, gran parte ha volado en los cartuchos, gran parte se han robado los soldados y no soldados [...] y la mayor cantidad está destruyéndose por la polilla, por el polvo, por el descuido y por el encierro.

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