Publicado en: Vie, oct 9th, 2009

La casa de todos

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Felipe Garrido

En la vastedad del universo conocido, parece ser que sólo nosotros, los seres humanos, tenemos la capacidad de acumular experiencias y conocimientos, de crear leyes, tradiciones y rencores milenarios. Lo hacemos con el lenguaje.

Sumarnos a nuestra cultura y ejercerla requiere que entremos en contacto con lo que conocieron, anhelaron, organizaron y expresaron quienes vivieron antes que nosotros. La imitación de los otros es la forma de iniciarse en la palabra hablada. La manera de profundizar es la lectura: en papel, en una pantalla, con los ojos, los dedos, los oídos. Nada puede remplazarla.

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Los libros suelen ser más brillantes, sabios, completos, pacientes, generosos que sus autores. Un escritor, un investigador, un pensador ponen en sus obras lo mejor de ellos mismos; tienen tiempo para meditar sobre lo que escriben, documentarse, contrastar su información y sus ideas con las de otros, pulir sus palabras que es lo mismo que decir pulir su pensamiento y su expresión. (Y digo libros porque son su paradigma, pero me refiero a todas las formas en que las palabras pueden publicarse).

Con el libro se puede conversar donde sea, a cualquier hora, por el tiempo que se quiera. Millones de seres humanos, en lenguas y lugares diversos, los comparten y los sienten propios. Son vasos comunicantes entre culturas de muchas maneras diferentes y apartadas.

Los libros –en papel, en audio, digitales– son un medio de formación, educación y actualización. Nos enseñan cómo otros han padecido dudas, duelos, obstáculos y cómo han buscado respuestas. Con los libros trascendemos el estrecho espacio de nuestra piel.

Los libros nos llevan a otras épocas. De la Tenochtitlan de Moctezuma nada queda, pero Díaz del Castillo nos devuelve la emoción de verla por primera vez:

Y otro día por la mañana –dice Bernal– llegamos a la calzada ancha, íbamos camino de Iztapalapa; y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras grandes poblaciones, y aquella calzada tan derecha por nivel como iba a México nos quedamos admirados, y decíamos que parecía a las cosas y encantamientos que cuentan en el libro de Amadís, por las grandes torres y cúes y edificios que tenían dentro en el agua, y todas de cal y canto; y aun algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veían si era entre sueños.

Los libros son el mejor medio para conocer a hombres y mujeres de otras épocas y lugares. Los celos, los deseos, las ambiciones, el horror ante la soledad y la muerte han sido los mismos para los seres humanos, al menos durante los últimos cinco mil años, si atendemos al libro más antiguo que conocemos, la Epopeya de Gilgamés.

“¿Qué haré ahora con mis labios sin su boca para llenarlos? ¿Qué haré de mis adoloridos labios?”, dice en Pedro Páramo Susana San Juan, enamorada de Florencio, su marido muerto, y repite versos que se leen en las jarchas, escritas novecientos años antes:

¿Qué haré, qué será de mí?
Dime, ¿qué haré yo?,
¿cómo viviré sin tu boca?
Amado,
no te apartes de mí.

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No todos tienen la misma oportunidad de acceso a los libros. Aunque cada vez más personas sepan leer y escribir, sólo una minoría ha hecho de la lectura una necesidad vital, cotidiana, más allá de los fines utilitarios que imponen el estudio, el trabajo y el vivir en un mundo donde todo se pone por escrito. Un lector se forma cuando alguien lo ayuda a descubrir los múltiples placeres –del intelecto y de los sentidos– que entraña la lectura. En el hogar y la escuela. El mejor medio para poner a su alcance los libros que necesita seguir leyendo, más allá de su vida escolar, es la biblioteca pública.

Vivimos tiempos de democracia creciente. Los ciudadanos requieren formación e información. Mantenerse al día es una tarea que ya no corresponde a la escuela, sino a la biblioteca. Todos podemos ir adquiriendo algunos libros, pero la biblioteca pública pone al alcance de todos más libros de los que nadie puede tener.

En un país como el nuestro, donde la inmensa mayoría de las escuelas no cuentan con una biblioteca en forma, las bibliotecas públicas son el único espacio que puede brindar a los niños y jóvenes, a los adultos, la posibilidad de estar informados sobre su época.

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La biblioteca pública no es un depósito de libros, sino una empresa en ebullición. Debe conocer y atraer a sus usuarios. Debe ofrecerles, además de libros, diccionarios, enciclopedias, cronologías, mapas, bibliografías, grabaciones, videos, Internet… Imprescindibles son las historias del mundo, de las naciones con las que se tiene relación más estrecha y, sobre todo, del propio país y del terruño. Historias políticas y económicas, de las ciencias, las artes y las letras. Una colección de biografías que brinde modelos de vida ejemplares. Obras que nos muestren la pasmosa diversidad del mundo y del país donde vivimos. Manuales de ciencias y técnicas, de artesanías y oficios. Hacen falta los clásicos, los grandes autores. Son el cimiento de la cultura; sus obras crecen con el tiempo. Asimismo los poetas, los dramaturgos y los narradores mayores, del pasado y del presente, del país y del extranjero. Los constructores de nuestra tradición y quienes hoy la enriquecen.

Una biblioteca bien surtida y al alcance de todos, una biblioteca para leer, no sólo para estudiar, abre horizontes y forma vocaciones. Parte de esa tarea se cumple, lado a lado con los libros, al través de las actividades que las bibliotecas públicas organizan y que las convierte en centros de difusión cultural.

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Lo primero es enamorar a los niños y las niñas de los libros. Una biblioteca pública necesita un espacio para ellos. El préstamo a domicilio es indispensable; nada mejor que leer en casa, con los padres y hermanos, o detrás de un sillón, en el patio, la azotea, la cama… Lo primero es despertar la fascinación por el libro. Juan Ramón Jiménez, transterrado, en Puerto Rico, lo dijo así:

… ese libro ideal que todos hemos entrevisto en nuestra infancia, que se nos ha revelado, en la mañana de la vida, como la mariposa azul del colejio, por la frente en ilusión: el libro del cuento májico, del verso de luz, de la pintura maravillosa, de la deleitable música; el libro de la fantasía, del milagro, de la hermosura; el libro bello, en suma, sin otra utilidad que su belleza.

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Corresponde a los bibliotecarios un destacado papel en la sociedad. Si no siempre lo tienen, es porque no hemos terminado de reconocer su importancia en la construcción del futuro. En el laberinto de los libros, documentos y piezas de información, el bibliotecario es depositario, intermediario y guía.

Las bibliotecas públicas contribuyen a formar la nación, son uno de sus ejes fundamentales, y serán cada vez más importantes, pues la necesidad de seguir formándose y capacitándose es hoy mayor que nunca, y hace falta transformar en lectores a la enorme masa de gente alfabetizada. Hoy queremos que las bibliotecas públicas sean la casa de todos. Pero no siempre fue así.

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Nuestras antiguas culturas crearon una escritura pictográfica e ideográfica fascinante, por sus valores plásticos y porque, en el momento de la irrupción española, iba camino a hacerse alfabética. Los pueblos mesoamericanos produjeron códices históricos, religiosos y calendáricos. Poco se sabe de las bibliotecas que los guardaban, pero es seguro que aquellos amoxpialoyan o amoxcalli, como se llamaban en náhuatl, no eran la casa de todos. Servían a pequeños grupos de sabios sacerdotes. Díaz del Castillo vio en algunos templos “muchos libros de su papel, cogidos a dobleces, como a manera de paños de Castilla”. Casi todos perecieron en el fuego del fanatismo religioso. Se conserva apenas medio centenar y menos de veinte son anteriores a la Conquista.

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En manos de los conquistadores, los libros del Viejo Mundo cruzaron el Atlántico. Existen testimonios de envíos de impresos a Santo Domingo en 1501, y en 1508 la Casa de Contratación de Sevilla recibió el privilegio de autorizar el paso de libros a América. Cuando Cortés, en 1519, lo recogió en Cozumel, Jerónimo de Aguilar, quien había naufragado ocho años antes, llevaba consigo un libro de horas.

Los franciscanos llegaron en 1524, los dominicos en 1526, los agustinos en 1533. La evangelización abrió las puertas al comercio. Cuatro años después de la toma de Tenochtitlan, Jacobo Cromberger, impresor y librero de Sevilla, padre del patrón de Juan Pablos, obtuvo la concesión para traer libros a la Nueva España.

Los hijos de los caciques aprendían a leer y a escribir en latín y en español. De entre ellos eran escogidos los escribanos de los pueblos, los sacristanes y los cantores de las iglesias. Las escuelas que surgieron con los conventos tuvieron bibliotecas que estaban al servicio de maestros y alumnos; tenían impresos y copias manuscritas de sermones, diccionarios, gramáticas y textos para la liturgia.

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La población criolla creció, y a las necesidades de la evangelización se sumaron las del ejercicio de las profesiones liberales y el funcionamiento de la burocracia virreinal. En algunos campos, como la herbolaria, los conocimientos de los indios fueron puestos en libros. La Real y Pontificia Universidad de México inauguró sus cursos en enero de 1553; tuvo una gran biblioteca, y sus actividades estimularon la circulación de libros. Entre 1576 y 1585, los libreros de México importaron más de nueve mil volúmenes.

La Corona española desconfiaba de los otros libros. En 1531, prohibió que pasaran a América los de caballería, y en 1550 ordenó que todo libro que fuera enviado al Nuevo Mundo se registrara en la aduana de Sevilla. Más tarde se esforzó en aplicar las instrucciones del Concilio de Trento, que mandaba recoger todo libro juzgado pernicioso. Los libros prohibidos entraron de contrabando. Con el tiempo, a las obras que llegaban de Europa se sumaron las salidas de las prensas novohispanas, fruto de criollos que encontraron en los claustros refugio para dedicarse al estudio.

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Juan de Zumárraga y Antonio de Mendoza, interesados en consolidar la conquista, trajeron la imprenta al virreinato. Ronda, fantasmal, la figura de Esteban Martín, un posible impresor antes de 1539. Seguro es que en ese año, el 12 de junio, firmaron en Sevilla un contrato el alemán Juan Cromberger y el italiano Juan Pablos, para la instalación en México de la primera imprenta –la primera del continente.

De la prensa de Juan Pablos salieron los primeros libros impresos en el Nuevo Mundo: la Breve y más compendiosa Doctrina Christiana en lengua mexicana y castellana, de 1539; el Manual de adultos, de 1540; la Doctrina Breve, de 1543. Entre los once impresores que en los cien años siguientes trabajaron en México, produjeron unas ciento ochenta obras, “sobre doctrina cristiana, lingüística, cancioneros, legislación, filosofía, teología, crónica, medicina, milicia, náutica, botánica, cronología e historia natural”, según hace constar Antonio Pompa y Pompa.

La segunda ciudad de la Nueva España con imprenta fue Puebla, en 1642. Siguió Oaxaca, en 1720. Veracruz tuvo imprenta en 1794. A principios del año anterior, había llegado a Guadalajara.

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