Publicado en: Vie, nov 13th, 2009

La lengua de los argentinos: lectura y oralidad (continuación)

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En nuestra Fundación estamos convencidos de que leer y hacer leer es resistir. Y esa resistencia es lingüística porque nosotros llegamos a estas labores alarmados por lo mal que se habla, lo pésimo que se escribe y lo comprometida que está la identidad de nuestro pueblo.

No voy a relatar todo lo que hacemos, pero me parece inevitable alguna mención, porque tenemos una experiencia rica y compartible. Nosotros mismos nos sorprendemos de lo que vienen logrando las voluntarias de nuestro Programa de Abuelas Cuenta Cuentos. Han logrado crear una mística alrededor del entusiasmo desbordante que se produce cuando se lee por puro placer, por amor y por ganas. La respuesta es fenomenal. En los últimos diez años hemos contribuido a instalar la problemática de la lectura como asunto prioritario, tanto para el Estado como en los niveles familiar e individual. Hemos entrenado centenares de abuelas, docentes y bibliotecarios, y hemos producido miles de experiencias de lectura. Pero el nuestro es sólo el esfuerzo de una pequeña ONG provinciana.

Lo que está ocurriendo con el lenguaje coloquial de los argentinos es alarmante. Ya es tiempo de llamar la atención de los gobiernos, las universidades, los legisladores y los jueces, los profesionales de la comunicación y los medios de idem. Porque es un problema que afecta a toda la actividad humana y en él se juega nuestra identidad como nación. Nada menos.

Pero el problema no es, como suele decirse con liviandad, que el español está sujeto a agresiones por parte del inglés. Es cierto que por razones de dominación esa lengua se difunde en el mundo desde hace siglos, primero por expansión británica y luego norteamericana. Es una lengua útil y cumple una importante función en el comercio, la industria, el turismo, la ciencia y la tecnología. Pero no por eso va en contra del castellano ni de ninguna otra lengua. Y es que cuando una lengua es fuerte (y es fuerte cuando está arraigada en los ciudadanos que la hablan, y estos la hablan bien), no hay agresión que la invalide. Entonces, no se trata de una lucha entre lenguas. Lo que hay que hacer es hablar bien la propia, dejando de lado toda forma de chovinismo lingüístico o lexical. A mí personalmente me disgusta que en la Argentina hoy cualquier comerciante ofrece servicio de delivery y no de envío a domicilio. Pero no me parece una batalla fundamental; creo que ésas son muestras de la estupidez humana, que, como decía Jorge Luis Borges, es muy popular.

Tampoco se trata de españolizar términos que provienen del inglés. Ni mucho menos de prohibirlos. Los pueblos, y en particular los usuarios de las nuevas tecnologías, traducen los términos como mejor les parece y esto, además de inevitable, puede resultar enriquecedor. No hay nada que temer: no son más de dos o tres centenares de vocablos, que, por otra parte, en las curiosas traducciones espontáneas terminan definiendo nuevas formas originales. Yo todavía reenvío textos, pero cuando me dicen que me lo forwardean, lo entiendo y no me siento ofendido ni me dispongo a dar batalla.

Esta cuestión de la identidad tiene que ver, desde luego, con la creación literaria. No es mi tema en este congreso, pero como es el tema de mi vida puedo decir, desde mi experiencia como escritor, que la creación literaria es en sí misma una marca de identidad. Soy en tanto escribo, y soy lo que escribo, de modo que mi escritura me identifica. Pero si para mí, en lo individual, eso no es un problema, sí puede serlo en términos colectivos. Y es que la problemática identitaria de una sociedad como la argentina trasciende, y holgadamente, la creación literaria a la vez que también la incluye.

Las reglas de la lengua no prohíben que se las quebrante, pero primero hay que conocerlas y respetarlas. Sólo entonces cabe la experimentación literaria y es aceptable su validación. La lengua que hablamos está viva y en renovación permanente, porque es una lengua que se recrea día a día puesto que la hablan y escriben más de 400 millones de personas. Es una lengua en expansión y los escritores, periodistas, ensayistas e intelectuales en general, que trabajan y se expresan en esta lengua, contribuyen de manera principal a las modificaciones periódicas que acepta la Academia de la Lengua. Que a la corta o a la larga las acepta. Y más aún: las que no acepta no por eso quedan desautorizadas. De manera que es una lengua maravillosa, que siempre está más allá de lo canónico.

Esto recoloca sobre la mesa la provocadora opinión de Gabriel García Márquez, cuando propuso la jubilación de la ortografía. En aquella oportunidad, fui uno de los que respondió al maestro y dije entonces –y digo ahora– que la cuestión no pasa por determinar cuál regla anulamos, ni por igualar la ge y la jota, abolir las haches o exterminar los acentos. No, la cuestión central está en el creciente desconocimiento de reglas ortográficas y hasta sintácticas que impera en las comunicaciones actuales, particularmente Internet y el llamado cyberespacio.

Frente a ellas, ¿debemos bajar los brazos y entregarnos sin luchar? ¿Por el hecho de que el cyberespacio esté lleno de ignorantes, vamos a proponer la ignorancia como nueva regla para todos? ¿Dado que tantos millones hablan mal y escriben peor, entonces vamos a democratizar alegremente hacia abajo, es decir hacia la ignorancia?

A mí me parece que el verdadero porvenir de una lengua no requiere la eliminación de sus reglas sino, al contrario, exige su cumplimiento. Las reglas siempre están para algo: tienen un sentido y éste es histórico, filosófico y cultural. La falta de reglas o el desconocimiento de ellas es el caos y la disgregación. De ahí que las propuestas ligeras y efectistas de eliminación de reglas son, por lo menos, peligrosas. Y esto es particularmente cierto para quienes vivimos en sociedades donde casi todas las reglas se dejaron de cumplir o se cumplen cada vez menos, y donde se aplauden estúpidamente las transgresiones, que hoy son el eufemismo popular para designar a la impunidad.

Es urgente que este país cumpla las reglas de la lengua que habla. Y es urgente que no se ignoren los quebrantos. Desde luego que no pretendo ni propongo que vivamos prisioneros de las reglas, pero tampoco acuerdo con la idea de que la gente debe hablar y escribir como le da la gana. El desafío mayor es múltiple y consiste en impedir que nuestra lengua permanezca estática en la Academia, perfecta e inmutable en los códices, y moribunda en la realidad de los que la hablan.

El castellano, que es el español que se habla en América, ha sido a la vez lengua de encuentro y lengua de sometimiento. Desde hace años tengo escrito que la lengua que hablamos en América es el resultado de un choque cultural. Cuando en 1992 se celebró el quinto centenario de la llegada de Colón a América, sostuve que no correspondía hablar de conquista ni de encuentro, sino de encontronazo. Y cuando sucede algo así, tan traumático, el resultado incluye sometimientos y reconciliaciones, o sea síntesis. Que es lo que en mi opinión debiera surgir de este congreso: síntesis y sentido común para el ejercicio de una libertad responsable con aceptación de la evolución natural de la lengua; reforma de las reglas pero sólo a partir del previo cumplimiento de las existentes; y, ojalá, la puesta en marcha de un plan hispano-americano de revalorización de esta lengua que es parte fundamental de nuestra identidad.

Fuente: http://congresosdelalengua.es/rosario/ponencias/identidad/giardinelli_m.htm


Para saber más sobre Mempo Giardinelli

Mempo Giardinelli (Resistencia, Chaco, Argentina, 1947) es narrador, periodista, promotor de la lectura. Su producción literaria es extensa y variada: novelas, cuentos, ensayos, obras infantiles. Ha sido traducido a más de veinte idiomas y es publicado en diarios y revistas de diversos países. Asimismo ha participado como jurado para muchos galardones literarios. Al término de la última dictadura militar en la Argentina, fue miembro del Consejo Asesor de la Comisión Provincial de la Memoria, en la Provincia de Buenos Aires, y también, miembro del Consejo de Administración de la Fundación Poder Ciudadano, entre 2005 y 2007. Algunas de sus novelas son La revolución en bicicleta (1980), El cielo con las manos (1981), Luna caliente (Premio Nacional de Novela en México, 1983), Cuestiones interiores (2003), Visitas después de horas (2004). En Resistencia, creó una importante biblioteca, y allí mismo organiza anualmente reuniones internacionales de promoción de la lectura desde 1996.



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