La lengua de los argentinos: lectura y oralidad
Mempo Giardinelli
A continuación, reproducimos el discurso ofrecido por Mempo Giardinelli en el III Congreso Internacional de la Lengua, realizado en Rosario, Argentina, en 2004. Las ideas de este escritor, periodista, promotor cultural y, sobre todo, pensador, forman parte de la voluntad de revista Justa, de invitar al lector a polemizar, dentro de este número de noviembre de 2009, en torno a la necesidad o pertinencia de las normativas ortográficas en las diferentes presencias regionales del idioma español.
Este congreso me parece una extraordinaria oportunidad para discutir la cuestión del habla de nuestros pueblos: cómo hablan la lengua que hablan, y por lo tanto cómo se comunican (cómo escriben y cómo leen). En el caso de la Argentina, es evidente que el castellano se ha empobrecido de manera dramática en las últimas décadas. Hace unos veinte años Juan Filloy señalaba que siendo el castellano una lengua de más de 70,000 vocablos resultaba insólito que en el lenguaje coloquial los argentinos utilizaran apenas entre 1,000 y 1,500 palabras. Decía que era como si el propietario de un fino guardarropa anduviera por la vida en calzoncillos y con una camiseta rotosa.
En los últimos años, aquello que apuntaba el gran polígrafo cordobés se ha agudizado, porque ahora que nuestra lengua contabiliza casi 84,000 vocablos el habla del argentino medio no ha de superar el millar de palabras.
El problema del idioma de un pueblo no es una cuestión de buenas intenciones, como no es exclusivo asunto de especialistas, ni “uno de los precios de la globalización” (como se ha llegado a argumentar). De hecho, la lengua que habla cada sociedad es representación fiel de su modo de vida, y muestra cabal de su calidad de vida.
Por eso no me interesa discutir formalidades burocráticas de la lengua, ni pedir ni dar permisos para transgredir o experimentar. Lo que yo quisiera de este congreso es que aporte a nuestra sociedad la conciencia de lo importante que es hablar y escribir correctamente nuestra riquísima lengua.
La lengua no es solamente un medio de comunicación. Es un instrumento esencial de relación, de cultura y de trabajo; es la vida misma de todo el pueblo. Nada puede hacerse sin la intervención del lenguaje. Por ende, todo lo que degrada la lengua que se habla, todo lo que la deforma y envilece, afecta a la nación entera.
Es cierto que vivimos en un mundo en emergencia, pero en este país la emergencia ha sido y es la vida cotidiana misma. Por eso el envilecimiento y deterioro de la lengua que hablan los argentinos ha sido irrefrenable en por lo menos las últimas tres décadas. Las causas son múltiples y comenzaron, sin dudas, con el miedo y el silencio que impuso la Dictadura, con la práctica de la censura, el descrédito del pensamiento y de los intelectuales, el deterioro de la capacidad lectora y, en general, la destrucción de la educación pública. En este país se han dilapidado no solamente recursos económicos, sino que entre el autoritarismo militar y la debilidad de la democracia nos hemos empobrecido también en materia lingüística. Y ese empobrecimiento, aunque nuestro pueblo no lo advierte, ha producido y produce graves daños en nuestra sociedad.
Por lo tanto, hay que alentar que la lengua se desarrolle y evolucione, pero de modo natural y dentro de los propios cánones y reglas que, cada tanto, está muy bien que se revisen. La evolución natural del idioma que se habla diariamente obliga a aceptar que cambie y se adapte a cada nueva época. Y eso incluye, por supuesto, asimilar e incorporar vocablos extranjeros: hoy los anglicismos derivados del uso masivo de Internet, como ayer latinismos o galicismos.
Una comunidad que conoce y habla bien su lengua siempre está en condiciones no sólo de expresar mejor sus propios deseos y de perfeccionar sus acciones; también está capacitada para recibir sin riesgo los aportes de otras lenguas y otras tecnologías. Hay ejemplos de lo que sucede cuando ello no es así, incluso en nuestra propia lengua. En Filipinas, tras la derrota de España en la guerra con los Estados Unidos (1898) el inglés se impuso sobre el castellano hasta eliminarlo. Y el otro caso es Puerto Rico, donde sólo la resistencia cultural de los puertorriqueños –que es colosal– ha impedido que se pierdan totalmente sus costumbres, tradiciones y lengua.
Replantear el lenguaje coloquial como problema inmediato y urgente de nuestro pueblo es un modo de detener, primero, y enseguida contrarrestar, el embrutecimiento que es fácil advertir en las últimas décadas. Basta escuchar lo mal que hablan las nuevas generaciones y leer lo peor que escriben.
De ahí que es urgente que todos los argentinos sean conscientes de que aquí se habla mal, con una utilización mínima de las enormes posibilidades de nuestra lengua, lo cual tiene consecuencias indeseables concretas y cotidianas. Hablar bien, con propiedad y corrección, es el camino más seguro para pensar mejor. Y pensar mejor es la vía más segura para obrar mejor. Pero para ello hace falta crear conciencia acerca del vínculo estrecho entre lengua e identidad nacional. La identidad lingüística es seguramente la primera señal de identidad fuerte que tenemos los seres humanos en tanto sujetos que vivimos en sociedad. Sin lengua no podríamos entendernos, discutir, intercambiar, crecer, desarrollarnos como seres inteligentes. En cualquier lugar y cualquier época de la Historia de la Humanidad, cada nación fue antes una lengua que un Estado.
Por eso, elevar la calidad del castellano que se habla en la Argentina y, en general, en toda Latinoamérica es una tarea necesaria para que sea más propio y más fuerte, capaz de expresar cabalmente a nuestros pueblos, haciendo, a la vez, que se expresen mejor, y entonces piensen mejor y procedan mejor.
Para mí, en tanto escritor que hace de esta lengua profesión, la transversalidad fundamental consiste en advertir que la lengua que hablamos entreteje nuestras vidas, diariamente y en todas las naciones que hablan el castellano, permitiéndonos entendimiento, comunicación y expresión y otorgándonos a la vez una fuerte identidad. Se trata de un fenomenal tejido idiomático que, sin embargo, está en peligro. Y si se continúa entendiendo a la lengua meramente como un precario medio de comunicación, el riesgo se incrementa porque se olvida que la lengua es, como dice Ivonne Bordelois en su libro La palabra amenazada, “ante todo un placer [y] una forma, acaso la más elevada, de amor y conocimiento”.
Personalmente, desde hace casi veinte años trabajo desarrollando estrategias y emprendimientos para difundir el uso apropiado de nuestra lengua. Cada uno de los multitudinarios encuentros que convocamos desde la Fundación que presido en el Chaco se orienta, precisamente, a repensar cómo dar de leer, y por qué y para qué. Buscar las respuestas adecuadas implica, desde luego, trabajar para la construcción de una sociedad consciente de la lengua que habla, y mucho más competente en el uso de la misma.
Puede sonar exagerado decir que sólo la lectura salvará a nuestros pueblos, pero estoy convencido de que realmente ningún país tiene destino si su gente no lee. No hay aprendizaje, crecimiento ni desarrollo cultural; no hay mejora educativa posible y no es posible una democracia sólida e igualadora de oportunidades, si los habitantes de esa nación no leen. Por eso leer y hacer leer es el único camino –el único– para recuperar la capacidad de pensamiento y sensibilidad de un pueblo. Y el único camino para ello es hablar bien, porque se lee más cuando mejor se habla y se habla mejor cuando más se lee.
Suelo insistir en la necesidad de oponernos a las modas pedagógicas que hicieron del placer de leer un trabajo pesado. Es necesario y urgente despojar a la lectura de ejercitaciones obligatorias y trabajosas porque, más allá de las buenas intenciones que las alientan, en muchos casos sólo entorpecen el simple y grandioso placer de leer. Los que trabajamos por una nueva Pedagogía de la Lectura –esto es la formación maciza y sostenida de lectores competentes, que a su vez sean capaces de formar a otros lectores– sabemos que la multiplicación de los panes de la lectura es maravillosa y que sólo así se forman personas libres e imaginativas, capaces de discutir internamente con los textos porque los leyeron con placer, amor y ganas, y han alcanzado dimensiones superiores en el uso de la lengua.
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