Publicado en: Mar, mar 3rd, 2009

La piedad y la culpa en la novela de Javier Sicilia

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Por Francisco Prieto

confesion La piedad y la culpa en la novela de Javier SiciliaLa confesión, de Javier Sicilia, es una novela en la mejor tradición cervantina: hay que matar todo descreimiento del lector, hay que involucrar al lector, hacerle sentir que las aventuras que ahí se cuentan son tan reales como un hecho periodístico; hay que servir la mesa para que el escrito perdure en el ánimo del lector, o sea, empujarlo a que sea él quien se plantee los porqués. A esto contribuye la estrategia de la primera persona presente en esta novela, que sugiere la forma de un diario y la entrada en la acción del autor del texto: dos autores en diálogo, el del diario, y el del libro que incluye el diario.

Luego, está la actualidad: la actualidad de otro personaje, un cura al que se ha acusado de llevar una doble vida, que es el fundador de una orden, que ha negado, sistemáticamente, las acusaciones que se le han hecho, pasando por encima de personas de una respetabilidad objetiva, propiciador y vivificador del conflicto que ha marcado la vida de no pocos cristianos atormentados en la deliberación de servir a la institución per se o, evangélicamente, los valores que emanan de la caridad, la conciencia personal, el servicio a la verdad. El dilema no es fácil, habida cuenta de que elegir el segundo camino puede significar herir gravemente a la fuente de donde proviene nuestra fe y en cuyo seno hemos vivido.

Hay dos personajes en la novela que conmueven a Sicilia y al lector, de un modo muy particular: Benedicta y el autor del diario, o sea, el cura de pueblo. Ambos han aplastado la soberbia, han mirado al otro. Al sacrificarse por el otro, han hallado el consuelo que da el bien que les han proporcionado, han sabido abrirse sin ostentación: ni ostentación de la humildad, ni de su vida de servicio, ni del orgullo que, sutilmente, va llenando el corazón de esas personas, por la fidelidad al camino elegido y los votos pronunciados. Ambos personajes van a padecer el suicidio del inocente sacrificado, martirizado por otros, una persona que, como la Mouchette de Bernanos, había vivido desprovista de las energías que proporciona una infancia feliz y que, como Segismundo, había sufrido el ayuno de la caricia.

El cura, además, conocerá una situación que acabará por hacerle encontrar, al mismo tiempo, los goces y el sinsentido de esta Tierra, lo que hubiera podido llevarlo a renegar de su vocación y de su vida, a un contentamiento consigo, a la soberbia, a rumiar el fracaso y a sucumbir a la depresión.

El cura se descubre amado en los ojos de la bella Luz, una mujer madura, elegante, solitaria, que había perdido un hijo y conocido el abandono de su marido. En la mirada del cura, ha encontrado sus encantos olvidados, su hermosura interior que le ha devuelto la hermosura corporal, el renacer del deseo. Por su parte, el cura, en la mirada de ella, ha encontrado el poder que emana de su interior, la capacidad de desprenderse del yo y enajenarse en el ser de otro con afán de entregarse, de donar lo mejor de sí, de hallar ese reconocimiento por lo que en esencia somos. Ella y él son conscientes solamente de que no pueden negarse ese consuelo y se entregan en juego limpio, con las cartas boca arriba. El alimento terrestre –presienten desde lo más hondo y certero de la preconciencia– no tardará en convertirse en alimento espiritual.

En la novela, aparecen personajes de la raza de los bien pensantes, esos corazones simples que, Mauriac dixit, no tienen historia. Seres pequeños que no merecen la salvación ni la condenación. Si el limbo existiera –pienso–, les estaría destinado, y Dios rescataría de la nada a los que nada fueron, que de una u otra manera se quedaron sin recibir otro bautismo como no fuera el que ha de provenir de la comunión de los santos en el apostolado de la oración.

javiersicilia La piedad y la culpa en la novela de Javier Sicilia

Javier Sicilia. Foto: autor anónimo + CNL-INBA.

El cura carga la cruz del mal. Ya en el umbral de la muerte, entrega por escrito el memorial de sus culpas. Se trata del mal que no nos atrevemos a atribuir a Dios, pero que está en el núcleo de nuestras blasfemias, porque en el fondo de nosotros mismos (como le sucedió al judío de Auschwitz) ha aparecido el recelo de la divinidad.

Nosotros, lectores, por la magia amorosa del cura narrador, al terminar el libro sentimos estar en su principio.

“Hace poco tomé posesión de mi primera parroquia. Debería alegrarme y, sin embargo, estoy asustado como un niño, como un niño que hubieran abandonado en mitad de la noche”: tomar posesión de una primera habitación, como de las tantas otras que puede depararnos la vida y cuya experiencia nos va habitando, nos dejará una y otra vez como lo que, en esencia, somos: un niño abandonado en mitad de la noche cuyo destino es dar un poco de luz a esa noche, esa que habrá de convertirlo en un ser de luz cuando vuelva al faro del ser.

La confesión. El diario de Esteban Martorus
Javier Sicilia
México, Jus, 2008
280 pp.


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