Malayerba, de Javier Valdez Cárdenas
“Si vas a Culiacán no voltees. No veas a la gente de otros carros. No grites ni reclames. No pites. No cambies de luces. No manejes en chinga ni andes rebasando. Y si voltean a reclamarte y te cambian las luces y te gritan y te pitan y te pasan en chinga por un lado, rebasándote, no los peles”. Así comienza la crónica “Carrilla mortal”, de Javier Valdez Cárdenas dentro de su libro Malayerba, con prólogo del recientemente desaparecido Carlos Monsiváis.
Así se lee en Malayerba, pero también así pudieron haberme aconsejado cuando llegué a vivir a Guadalajara. Eran los años ochenta, gobernaba Flavio Romero de Velasco, un hombre que, entre otras muchas cosas, decía la gente que los tenía bien puestos. Por las fechas de su sexenio, Guadalajara pasó de ser una ciudad de provincia a la capital del narco. Los importábamos a montones. Sería porque era más grande y cosmopolita que Culiacán o porque tenía universidades de prestigio. O sería por el Osiris, disco club que adornaba con su pirámide la avenida Lázaro Cárdenas. O sería porque aquí tenían mayor protección y pasaban desapercibidos.
Durante mi secundaria, en Guadalajara era común oír que al tío de aquel amigo o al novio de aquella vecina, por un cambio de luces, le habían sacado la fusca y reventado la cabeza de un plomazo. Eran los tiempos del PRI aún todo poderoso. Nadie declaraba nada. La nota roja de El Informador sólo cubría de la Calzada para allá. Ni siquiera las broncas de los Panchitos o de la FEG salían en sus páginas. Nadie sabía nada.
En la preparatoria, iba con mis hermanos al Ciro’s. Llegábamos en el coche de mi madre, que era el mejor de la casa, y entre los apretujones de la entrada, los veía llegar discretamente en grandes camionetas, coches casi siempre negros y rasurados, achaparrados. Los autos con blindaje y de vidrios oscuros vinieron años después. El cadenero apartaba a la gente para que pasaran a ocupar su mesa de pista. Empezaban con botellas de Blanco Madero.
En 1985 entré a la Universidad, y en La Playita me lo presentaron. “Yo como que te conozco, compa”, me dijo Javier Arellano, afuera de Humanidades, “yo iba con el Pollo, el Marrano Negro, el Zapa, Pepe Fernández”. “Sí”, le contesté, “nos hemos encontrado en el Dady’0″. Con él estaba Marcos Toledo, lo presentó como su primo, el Tanque y otros que ya no recuerdo. Vestía camisa Versace, desabrochada hasta el ombligo y un enorme tigre de oro a punto de saltar, colgaba sobre su pecho lampiño. Las siguientes vacaciones coincidimos en Mazatlán. Teníamos la mejor mesa en el Señor Frog’s y agitábamos botellas de champán el viernes en el Caracol y el sábado en el Valentinos. Eran tiempos de paz. No había guaruras inoportunos ni malas calificaciones. “Escríbele un poema a Marcos para su novia”, me pidió una tarde Javier, y le di uno de los mejores que tenía por ese tiempo. A los pocos días, llegó a la universidad con un portafolio y me pidió que se lo guardara. Lo tuve seis meses en mi casa, metido en el clóset. De vez en cuando iba y me decía “dame quinientos”, “ahora dame mil”, “usa lo que quieras, no hay bronca”. Nunca acabé de contarlos, me daba cierto pudor, pero eran más de 10,000 dólares.
Luego me fui a vivir al DF y jamás los volví a ver. Pocos años después supe que, en un lio de faldas, habían matado a Marcos Toledo. Tenía menos de 30 años. Y Javier Arellano acabó tan famoso como una estrella de cine.
Así de cercano he sentido Malayerba, el libro de Javier Valdez Cárdenas, con sus crónicas periodísticas tan llenas de humor, de poesía y de balas. Fue la poesía lo que nos reunió. En 2002, me escribió diciéndome que había leído mi libro Del rojo al púrpura. Era un mail cotorro, así como él escribe. “Pinche Naró”, recuerdo que comenzaba y de “pinche”, de “bato”, de “carnal” no me bajó.
Recién al leer Malayerba, me doy cuenta lo cerca que está de nosotros el narco. El vecino, el primo de un amigo, el que cuida los coches, el que compra piratería. Aquellos venden, otros consumen, otros lavan dinero, venden películas. La mordida al de tránsito, el examen copiado, el robo en el supermercado -que es como quitarle un pelo a un gato-. Mientras otros cuidan, ellas bailan, ganan concursos de belleza, se financian campañas a la presidencia.
Las crónicas de Javier Valdez Cárdenas publicadas cada semana en Riodoce son una suerte de lotería -”El reloj”, “La doncella”, “El perfume”, “El padrino”- donde no se apuestan frijolitos y maíces: se juega la vida.
¿A qué edad se aprende a matar? A Francisco un personaje de estas crónicas, le dicen Francinco, no porque ya deba cinco vidas, sino porque apenas tiene cinco años de edad y ya sabe dónde venden cuernos de chivo y R15. “Sí, cerca de la casa de mi mamá. Como a dos cuadras, en la esquina”.
Escrito con la misma llaneza con la que se habla, con la cercanía que lo hace a uno cómplice, y con la ligereza del peso muerto, las crónicas de Malayerba retratan las ciudades en las que vivimos en México: Culiacán, Guadalajara, Tijuana, Ciudad Juárez, Monterrey, el Cancún de Villanueva, la Puebla de Marín y toda la familia de Michoacán. En cada esquina, el monstruo nos sopla a la cara. Todos de alguna manera somos culpables. Todos, de alguna manera, podemos ser personajes de Javier. O el que esté libre de culpa, que arroje la primera bala.
| Para saber más sobre Javier Valdez Cárdenas |
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Texto previamente publicado en: http://rodolfonaro.blogspot.com
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Javier Valdez Cárdenas (Culiacán, 1967) es Licenciado en Sociología, por la Universidad Autónoma de Sinaloa. Obtuvo el Premio Sinaloa de Periodismo, por sus trabajos en la sección cultural del noticiero televisivo Sistema noticioso sinaloense. Condujo el noticiero de radio Nuestras noticias, en 2004. En la Universidad México Internacional, dictó materias vinculadas a diversos géneros de textos periodísticos. Actualmente, es reportero fundador del semanario Ríodoce. Ha publicado De azoteas y olvidos. Crónicas del asfalto (Ayuntamiento de Culiacán, 2006). Participó en el libro El Gabo en Sinaloa (UAS, 2009, compilado por José Manuel Frías Sarmiento). La temática del narcotráfico ya ha ocupado la totalidad de uno de sus libros: Miss narco (Aguilar), donde incluye diversos reportajes a mujeres involucradas y víctimas del narco. Malayerba (Jus) reúne una selección de crónicas publicadas en Ríodoce. 











Hola, me gustó mucho esta reseña, resultó excelente para recordarnos que no sólo en Ciudad Juárez, Tijuana, Sinaloa o Michoacán se vive el narco tan intensamente, y que tampoco la ola violenta es algo reciente. Saludos.