Publicado en: Jue, feb 25th, 2010

Cabos sueltos

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Primera semana

Margo Glantz: los recuerdos regresan siempre

Felipe Garrido

Aunque no lo parezca, Margo Glantz acaba de cumplir 80 años y los homenajes le han llovido: por parte de la UNAM, del INBA, de sus amigos del país y del extranjero. Entre todas esas ocasiones de alegrarse por todo lo que le debemos a esta extraordinaria mujer, destaca el homenaje que le rindió, el 25 de febrero, en Casa Lamm, la Academia Mexicana de la Lengua, de la que Margo forma parte. En esa ocasión, Felipe Garrido le dirigió las siguientes palabras.

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Margo Glantz

Margo Glantz, todos la conocemos, es académica, conferencista, investigadora, crítica literaria, editora, maestra; eficaz promotora de escritores y de felices empresas culturales; diplomática, adaptadora de textos literarios a la radio, traductora… estoy seguro de que hay algo que olvido. Ante todo, porque en esta tarea concentra y trasciende las demás, Margo escribe: todos los días, por la mañana, antes de irse a trabajar –así dice ella–. Margo Glantz ha escrito, sobre todo, artículos y ensayos que abren caminos, así como personalísimas ficciones. Y siempre, en todas esas maneras de dar testimonio de su vida (la vida, esa herida absurda, esa siniestra cicatriz) se ha mostrado inteligente, erudita, emotiva, generosa, llena de gracia.

Si uno asiste a sus clases o a sus conferencias o dialoga con alguno de sus libros o tiene la buena fortuna de encontrarse con ella y platicar un rato, uno siente cómo la voz y la mirada y el cuerpo se le animan a medida que ella imagina, recuerda, registra, elige entre diversas opciones que a menudo son divergentes. Uno la admira como mujer, y uno la admira por sus ideas seductoras y contagiosas, por su experiencia cosmopolita, por sus fértiles dudas, por su acostumbrado buen humor. Ensayo una semblanza de Margo Glantz, pero no haré un recuento de sus trabajos ni de sus reconocimientos –presentados, ganados y cosechados en América, Europa y el Oriente Medio–. Destaco, sin embargo, una de sus publicaciones, que es ejemplo de su capacidad para convocar el trabajo de los demás –sin escatimar el de ella misma–, y constituye una aportación capital a nuestra historia literaria: Onda y escritura. Un libro que, en 1971, reunió 55 textos de 26 autores nacidos entre 1938 y 1950 y que, dijo Carlos Montemayor, la señala como “la primera investigadora que se acercó, de manera generosa e inteligente, a mi compleja y desunida generación literaria, a la que ya había ayudado en Difusión Cultural de la UNAM con la fundación de la revista y de los talleres de Punto de Partida y con la publicación de una antología: Nueva narrativa joven de México”.

No haré, pues, el recuento de los méritos de esta mujer que ve en la modestia una cualidad negativa, confiesa su culposa fascinación por la violencia épica de la Conquista y por palabras como roturar, penetrar, perforar, picar, clavar, apuñalar, y se define como constante, disciplinada y muy trabajadora. (Dijo, hablando de Gorostiza, en su discurso de ingreso a la Academia Mexicana: “Lo sabemos bien, el don divino, la elección que ha permitido el milagro, el instante supremo de la creación, no es espontáneo, sino el resultado de un rigor extremo, un trabajo artesanal de borraduras y omisiones, un rigor instalado en el ámbito infinitesimal –a veces– de una pobre y simple coma”).

A la continuidad engañosa que nos da un currículo, prefiero acatar la lección y aceptar que la vida es una experiencia fragmentada y revolvente (una herida absurda), y que sólo en ella podemos hallar las razones que, en el caso de Margo, explican esa unidad profunda que da coherencia a una obra singularmente amplia y diversa.

Repito con ella: los recuerdos regresan siempre, y siempre nos quedamos anclados a un acontecimiento. La veo en la cocina de un pequeño departamento, quizás en Narvarte, no estoy seguro –esto es a principios de los sesentas del siglo pasado–. Llego a entregarle un trabajo sobre la Orestiada, y ella lucha, cuchara en mano, como luchan todas las madres, bajo todos los cielos, con una de sus hijas que está en una silla perica y que, como todos los niños, se resiste a comer. Margo pasa de Esquilo a la estufa, deja mi trabajo en una mesa, prueba la papilla, algo dice sobre Casandra (unas llaves, una pluma, algo que brilla intensamente cae al piso), esquiva las manitas que quieren meterse al plato, habla con el mismo entusiasmo, con la misma abundancia con que habla en clase (cuando lo alzo y se lo doy, la niña me mira por primera vez, los ojos azorados, sin reconocerme) y las palabras –ternezas para la bebé, precisiones doctas, reflexiones caseras– llaman nuevas palabras y cada vez que puede mete la cuchara en la boca de su hija.

Margo Glantz es mexicana, pero nació y ha vivido desterrada; parte de su relación con el mundo le viene de la visión de su padre. En el principio (y después, y ahora) fue el padre: Jacobo Glantz, poeta, escultor, severo y alegre, aficionado a los juegos de palabras, dueño de un concepto del mundo; personaje fundamental (escribo a pesar de él o, quizá mejor dicho, escribo como un homenaje a él, a Jacobo Glantz, mi padre), un hombre cabalmente ligado con la Biblia y con la tradición talmúdica. Un doble destierro, porque Margo no se siente suficientemente conocedora de esa tradición y se ha esforzado por hacerla suya nombrándola de nuevo. Nombrar las cosas es una manera de poseerlas. De ahí el despecho del arcángel Samael. (En una prueba que preside Yahveh, el arcángel no puede nombrar a las bestias, y entonces Adán lo hace con palabras que Yahveh le proporciona y que le ganan el privilegio de nombrar a sus descendientes. Lo cuenta Margo en No pronunciarás).

Una tercera y una cuarta formas de destierro:

… nacer en una casa donde tus padres tienen una lengua y unas costumbres distintas a las tuyas. El yidish era su idioma privado. Hablándolo me excluían. Ellos me impidieron que aprendiera su lengua nativa y así me sacaron de su intimidad. Mi lengua fue desde niña el español. El yidish era el idioma de su amor, sus peleas, su complicidad, sus secretos. Su idioma me resultaba amenazante. Otra cosa me duele: el desconocimiento del yidish me impide leer la maravillosa poesía escrita por mi padre.

Esta cuarta manera de expulsión es aún más dolorosa, pues desde niña Margo sintió que los libros la vinculaban con el mundo y definían la realidad. Desde entonces, la literatura ha sido el eje de su vida. La lectura y la escritura. Jamás sale a la calle sin un libro. Lee activamente, rápido, a todas horas. La escritura es su territorio: “estoy sentada siempre –Una memoria leve– en una silla escribiendo sobre una máquina”.

Cuando cumplió seis años, para festejar que ya sabía leer, le dieron una muñeca. “Era preciosa y hablaba. Un día la metí a bañar conmigo en la tina y la muñeca enmudeció, calló para siempre. Su silencio me pareció un castigo divino. Toda mi infancia y mi adolescencia cargué con esa culpa”. La culpa se desvaneció hace casi tres décadas, cuando recibió el premio Magda Donato por Las genealogías, pero aún le gustan las muñecas de trapo que tienen la cara, las manos y los pies de cera: como “güilas, tan pintadas, con sus aretes”.

Aprendió a leer muy niña, comenzó a escribir muy joven, pero empezó a publicar mucho tiempo después. Le parecía que sus textos, siempre fragmentarios, no tenían sentido. Algunos se los dio a leer a ciertos amigos; un día se atrevió a mostrárselos a Agustín Yáñez, que había sido su maestro (mejor escritor que maestro), quien le dijo que había cosas bellas, pero que tenía “que encontrar el hilo para engarzarlas”. Durante años sintió que sus textos carecían de una estructura lógica. Los géneros se habían pulverizado, pero ella creía que se había excedido. (Palabras, palabras, palabras dichas sin ilación, sin sentido, ¿o lo tienen?). Aún no la convencía Torri, amigo de las “cosas esbozadas y sin desarrollo”: “Nada más lejos de las formas puras de arte que el anhelo inmoderado de perfección lógica”.

Hasta que escribió, en 1978, Las mil y una calorías, un libro excesivo, de gran formato, con dibujos, de tipografía caprichosa. Un libro irrespetuoso donde se exponen versiones nuevas de mitos y personajes que nos son familiares:

Los turbantes le sirvieron a Simbad para protegerse del sol; para salvarse de los naufragios; para vendarse las heridas; para viajar por los aires con el ave roc; para adornar su cabeza; para ahorcar a los que quisieron darle fama, y, sobre todo, para no parecerse a Ulises. Ahora las mujeres los usan sólo porque la revista Vogue los ha puesto de moda.

Publicar Las mil y una calorías –Martín Casillas se atrevió– tuvo un efecto liberador. Ya no le importó si el texto era malo o bueno; tenía la necesidad de sacarlo. El día siguiente a la publicación del libro empezó una obra que se le convirtió en tres: Doscientas ballenas azules (1979), No pronunciarás (1980) y Síndrome de naufragios (1984). Los tres, libros de fragmentos, encrucijada de lecturas y de intereses, intensamente autobiográficos. Síndrome de naufragios empieza con el diluvio universal y termina con una tormenta matrimonial. (Si sólo el corazón es verdadero y si la palabra es mentirosa, ¿qué podríamos hacer para que el amado conociese –verificase– la verdad de la pasión?). La niña sabe que la veo y esquiva mi mirada, la cuchara, la desbordante luz de la mañana.

El reconocimiento comenzó a consolidarse con Las genealogías (1981).

Un día acompañé a mi madre a enterrar a un primo y de regreso nos acordamos de un acontecimiento fundamental de mi infancia, en el año 39, en la época del nazismo: unas quinientas personas atacaron a mi padre en la calle y estuvieron a punto de lincharlo. Fue impresionante. Lo apedrearon y tenía la frente ensangrentada. Al volver del panteón hice un pequeño texto recordatorio, “Mi progrom particular”, y lo publiqué en Uno Más Uno. Al día siguiente muchos amigos me llamaron y me dijeron que era buenísimo: “¿Por qué no haces algo con eso?”.

Yo había empezado unos meses antes, en el 79, una serie de grabaciones de la vida de mis padres y un amigo del periódico, Jorge Hernández Campos, me dijo que por qué no escribía algo sobre mi familia al estilo de aquel fragmento. Entonces decidí hacer un folletín sobre mis padres. Desde el primer día me vino el nombre, Las genealogías. Lo publiqué durante un año, semanalmente.

Martín Casillas lo aceptó. Lo trabajé en junio del 81, y lo entregué a sabiendas de que no estaba completo. Viajé a la Unión Soviética para conocer a mi familia rusa y terminarlo. Cuando regresé a México me fui a Acapulco un fin de semana y lo terminé. En octubre lo entregué y salió el 24 de noviembre. En la presentación, que fue bastante humorística, mi papá lloraba y lloraba; conmovedor y terrible. Es un libro que ha gustado.

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