Publicado en: Mar, jun 7th, 2011

Mundos menores (Contrataciones)

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Manuel Parra Aguilar

Primeras ausencias

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Puedo decir que Rogelio llegó justo a tiempo a Villa Ahumada. Bajó del autobús —el mismo de color gris que lo regresaría a Chihuahua y de allí a Hermosillo el día sábado, quién lo creyera— y después de haberse comunicado con Osvaldo por celular caminó hacia la antigua estación de tren, hoy Casa de la Cultura, donde lo esperábamos.

—¿Tú eres Rogelio Rodríguez? —preguntó el Ogaz, acercándose con la mano extendida.

—Sí, mucho gusto.

—Yo soy Osvaldo Ogaz, el organizador del Encuentro de Poetas en Villa Ahumada. Bienvenido. Él es Jorge Cruz, de Ciudad Juárez. ¿Qué tal el viaje? Jorge va a ser tu compañero de cuarto. Nos hospedamos en el motel Gaby. Está a una calle de aquí. Jorge te va a llevar. Los dejo porque tengo que atender las mesas y acomodar las sillas en el audiovisual.

—Mucho gusto, Jorge. Hace frío en el pueblo.

—Sí, y prepárate porque mañana va a hacer más.

Me ofrecí a ayudarlo con una de las dos mochilas que llevaba, pues mostraba cansancio. Casi veinte horas en autobús desde Hermosillo a Chihuahua y de allí a Villa Ahumada. Caminamos al motel y me dijo que quería darse un baño con agua muy caliente, pues se sentía incómodo, por no decir sucio, además de que hacía un frío horrendo. Noté que ya era hora de la lectura, nuestra lectura, pues Osvaldo me había informado que, salvo Diego y Rogelio, las demás personas le habían cancelado. Así que Osvaldo me pidió que adelantara un día mi lectura: en lugar de participar en la cuarta mesa el viernes, leería en la segunda, el jueves de la inauguración. El Encuentro de Poetas en Villa Ahumada, proyecto de Osvaldo, sería todo un éxito. No sé si al final dejamos huella en esa villa. Dejé a Rogelio en la habitación y decidí regresar a la antigua estación de tren donde se celebraba el encuentro. Vi a Diego sentado en la primera fila, justo cuando comenzó la lectura, y le dije que había llegado el poeta de Sonora y que, por azar, seríamos compañeros de cuarto. A nuestra mesa ya se había incorporado otro lector, Marlon, un joven poeta de Ciudad Valles. Diego me presentó a Marlon y me sorprendió su edad: dieciséis años. (Luego me decepcionaría su calidad literaria, tan pobre como la de la mayoría de los escritores, sin contar lo pedantes que fueron durante el encuentro.)

Había comenzado la primera mesa: Osvaldo Ogaz, Gabriela Borunda, Denisse Chávez y el presidente municipal habían dado la bienvenida a un público que se acomodaba en la sala. Entonces llegó Rogelio, con chaleco de estambre sobre su camisa blanca. Se sentó a mi lado y se lo presenté a Diego. Diego Ordaz y yo estudiábamos el quinto semestre de la licenciatura en literaturas hispánicas en Ciudad Juárez. Rogelio nos ofreció un par de revistas suyas que editaba en su ciudad. Guardé la mía en mi mochila.

De esa mesa de lectura, el menos malo fue Osvaldo, o por lo menos así me pareció. Gabriela Borunda le pidió que leyera el “Soneto a una puta” y el público le aplaudió como focas hambrientas.

Cuando comenzó la segunda mesa, por alguna razón extraña, el público llenaba totalmente la sala: jóvenes de preparatoria, maestras de primaria que llevaban a sus alumnos y gente en general. Primero leí yo: tres relatos.

Diego, dos cuentos. Rogelio, un poema extenso y aburrido, y esto el público no se lo perdonó: mientras él leía se escuchaban quejidos entre el auditorio, el “guarden silencio” de una profesora callando a sus alumnos. Marlon leyó cuatro poemas. Este muchacho fue el más aplaudido, tal vez por el tono de su voz o porque las jóvenes preparatorianas vieron a su príncipe morocho, o porque desde un principio dio las pautas de lo que se esperaba de él: “Este poema que leeré es realmente bueno, pongan mucha atención”, dijo al darle vuelta a la hoja y leer otro escrito. Lástima que fueran tan malos, del primero al último.

Con estas dos mesas comenzó el encuentro. Al final de la velada el alcalde tomó de nuevo el micrófono y dio las gracias al público y a los escritores. Luego vino el brindis. Diego y yo nos acercamos a Rogelio. Diego dijo que creía que el poema de Rogelio titulado “Marina” era el más propositivo de la noche por la forma. Yo admití que me había perdido, por lo extenso. Rogelio agradeció los comentarios y quedamos en tomarnos una fotografía y comernos unos tacos para celebrar nuestra amistad. Ya era algo noche cuando, después de comerme tres burritos y una quesadilla, le dije a Rogelio que me iría a dormir. Le pedí la llave, pues él se había quedado con ella, pero dijo que se sentía cansado y que también se iba a descansar. Nos despedimos de Diego, pues él se regresaba esa misma noche a Ciudad Juárez. Rogelio y yo caminamos rumbo al motel. Abrió la puerta. Yo encendí mi primer cigarro desde que había llegado a Villa Ahumada. Le ofrecí uno a Rogelio pero negó con la cabeza. Hablamos sobre el encuentro. Mientras yo trataba de enfocar la plática en mis cuentos él se empeñó en hablar de la poca calidad de los demás lectores. Todos, aún concuerdo con él, eran pésimos.

En la oscuridad vi que se dio la vuelta en la cama; se arropó de pies a cabeza. Decidí encender mi segundo cigarro. Cuando lo terminé pude escuchar cómo roncaba Rogelio.

Rogelio decidió irse de Villa Ahumada al día siguiente. Ya antes, dije, por la noche se había ido Diego. Era la primera vez que yo aceptaba una invitación de Osvaldo y del Colectivo Tole para ir a un encuentro de escritores. En lo personal yo también creo que el verdadero artista no necesita hacerse promoción: es su obra, por ella misma, la que debe promoverse. Uno le da el empujón, y si la obra lo amerita, adelante. Pero estos encuentros, por lo general, nada tienen que ver con la literatura. Son fiestas entre amigos, y como tal deben tomarse. Eso es lo divertido: que el escritor, ese ser aislado, pueda reunirse con personas afines: la literatura. Rogelio, por lo que pude ver, no concordaba, como yo, con las ideas socialdemócratas, con el proselitismo de izquierda para salvaguardar el mundo, ideas de Osvaldo Ogaz y del Colectivo Tole, así como del Colectivo REZIZTE que apenas llegaba. No valía la pena quedarse más tiempo en la fiesta. Por ese motivo Diego regresó a Ciudad Juárez, dejándome a la deriva. Pero contaba con Rogelio, quien ya había tomado una decisión esa mañana cuando se despertó muy temprano y se metió a la regadera (aunque no fue precisamente el olor del jabón el que me despertó, tampoco el plop-plop del agua al caer) y me dijo que él ya se iba pues tenía otros compromisos en su ciudad. Dejé que se ventilara un poco el baño y le dije que me esperara, que no podía irse así como así, sin despedirse de Osvaldo, del colectivo que amablemente lo había invitado. (¿Cómo es que el colectivo lo había invitado? Esto se aclarará un poco más adelante, lo prometo, pues no fue ningún colectivo quien lo invitó, ni siquiera Osvaldo Ogaz.) Mientras yo me bañaba él contestó que sí, sí podía hacerlo y lo iba a hacer, pues su presencia en el Encuentro de Poetas en Villa Ahumada ya no era relevante, ya que su participación había terminado y, según pudo notar, no eran su rollo las ideas que propugnaba el colectivo. Al salir del baño admití que tenía razón y que en ese caso tampoco yo tenía mucho que hacer en el Encuentro, pero que por lo menos me aceptara una invitación a tomar un café.

Era la mañana. El desayuno se serviría, dijo Osvaldo por la noche, antes de abandonar la antigua estación de tren, a unas cuantas calles del motel, en una fonda, no en un restaurante como yo había pensado, como me había dicho días antes del encuentro. Convencí a Rogelio de que nos fuéramos a tomar un café y luego a desayunar, despedirnos —ya había decidido irme también—, eso sería todo. Salimos del motel, pasamos a un restaurante antes de llegar a la fonda y pedí dos cafés.

—¿Por qué te empeñas en quedarte? —me preguntó después de que la mesera colocara dos tazas de café al ras. En realidad no esperaba esa pregunta y por lo tanto le respondí lo primero que se me ocurrió: “No sé, por compromiso, supongo. El Ogaz nos va a ocupar para hacer otras lecturas pues ayer, antes de que tú vinieras, mucha gente le canceló”.

—Mira, creo que tú y yo estamos para otras cosas. Desconozco la obra de Osvaldo Ogaz, nunca lo había leído, ni siquiera había escuchado su nombre, pero lo que leyó ayer es una basura. Es la segunda ocasión que asisto a un encuentro de escritores y creo que es lo mismo en todos: se invita a los amigos. Se crean estos encuentros para darse importancia, para llamar la atención, que los vean, exhibirse: mírennos, somos poetas, somos escritores, cuando en realidad escribir versos como “La señorita, una puta que se bajaba los calzones” no es hacer poesía. Es irritante.

Mientras decía esto yo lo miré: subía el tono de voz de manera que las pocas personas que estaban nos voltearon a ver.

—Sí, es verdad —le dije—. Piensa en que son reuniones para darte a conocer, para que salgas y veas el mundo.

A mí tampoco me agradan estos encuentros; pero mientras me sigan invitando iré.

—Pues sí. Pero déjame decirte una cosa: ese Osvaldo Ogaz no es poeta, ¿entiendes? Lo que escribe no es poesía y sus colectivos me importan un rábano.

Salimos del restaurante y caminamos rumbo a la fonda donde sería el desayuno: de nuevo burritos y quesadillas. Los muchachos del Tole llegaron exactamente cuando entrábamos. Ahí, en el comedor, el Ogaz se nos acercó y le preguntó a Rogelio —después de agradecerle de nuevo su presencia en Villa Ahumada— qué le parecieron sus poemas. Por supuesto que en esa mesa de manteles largos todos dejaron de comer para escuchar lo que decía ese hombre alto, de cara tostada.

—Necesito leer algo tuyo para evitar comentarios que te pudieran ofender.

—A mí ningún comentario me ofende, bato. No será la primera vez ni la última que alguien me dice que mis poemas son malos o buenos. He participado en varios encuentros de escritores, en Acapulco, en Juárez, en Nueva York. Tengo publicados cuatro libros de sonetos y un chingo de cuentos en revistas.

Todos reímos, incluso Rogelio, quien preguntó, limpiándose el queso de la boca con una servilleta.

—Osvaldo, dime, ¿estás enterado de lo que ocurre en la literatura de Chihuahua? Si es así, qué rumbo crees tú que esté tomando.

Por supuesto que volvimos a reír ante semejante pregunta.

No teníamos idea de que fuera una entrevista. Pero Osvaldo fue un poco más precavido:

—Mira, esa pregunta no te la voy a contestar; por lo menos no ahora, bato. Y hasta hoy no lo ha hecho.

Seguimos desayunando y al término Osvaldo dijo al grupo que nos dividiríamos para hacer lecturas en escuelas primarias. Guardé silencio y dejé que Rogelio dijera algo, pero antes de que pudiera hablar, Osvaldo nos designó una primaria, diciendo que en cuarenta minutos pasaría al motel una camioneta proporcionada, al igual que el hospedaje y la alimentación, por el gobierno municipal para llevarnos a dicha escuela. La misma camioneta nos recogería una hora después.

Aún ahora me pregunto por qué Rogelio no le dijo algo al Ogaz, si era tanto lo que no quería estar en el Encuentro. El caso es que al regresar al motel Rogelio volvió a abrir sus maletas.

—Espero que esto mejore —dijo.

Me acosté en mi cama, encendí el televisor. “Entrémosle a la fiesta”, pensé. Por dentro reía. Era un punto a favor del Ogaz. Cuando tocaron a la puerta me di cuenta de que era Osvaldo.

Afuera estaba la camioneta, una suburban de modelo reciente, de color azul. Subimos y ya estaban dentro varios del Colectivo Tole. Perdido entre tanta gente, Rogelio preguntó a una chava si ella era Norma Alarcón.

—¿Tú eres Rogelio?

—Sí.

Rogelio había conocido a Norma Alarcón por internet. Ella le habló del Encuentro de Poetas en Villa Ahumada diciéndole que conocía al organizador, Osvaldo Ogaz, y que si quería Rogelio podía ir, que con Osvaldo ya estaba todo arreglado. Ni Norma ni Rogelio se conocían salvo por messenger. Hablaron poco en el trayecto, sentados en la camioneta, ya que Norma se bajó antes que nosotros, junto con el Ogaz, Marcela Bermeo y Alejandro Muñíz, personas que ahí mismo, a bordo de la camioneta, conoció Rogelio y supo que eran del Colectivo Tole. Después, paulatinamente, nos dimos cuenta de que pocos eran los que valían la pena en cuanto a literatura se refiere. Rogelio me confió que el público infantil nunca había sido su fuerte. Hoy tampoco lo es, me dice en un correo electrónico. A mí también se me dificulta ese tipo de público. Llegamos a la escuela primaria. Le dije a Rogelio que tenía temor y para mi suerte me dijo que también él estaba asustado. ¿Qué le podíamos leer a un público que oscilaba entre los seis y los doce años? Nos atendió una profesora de unos treinta años, de muy buen ver. Era la misma profesora que había intentado callar a sus alumnos el día de la inauguración del evento. Por puro flirteo le pregunté si a su marido le gustaba que ella le enseñara. “No soy casada”, dijo. Rogelio y yo reímos. Él se puso rojo; ella le coqueteaba, pude notarlo. Otra profesora, mucho mayor, nos llevó a un auditorio donde estaban los niños esperándonos. Me ofrecí a empezar, así que di una breve charla de lo que es la narrativa; hablé, por supuesto, de Platero y yo, El principito, libros que se me vinieron a la mente. Rogelio improvisó unos versos de Gabriela Mistral y Federico García Lorca, y dijo que eran de él, de Rogelio Rodríguez, el muy mentiroso. Regaló sus revistas a los niños que le recitaran un poema. La dinámica tuvo mucho éxito, hay que reconocerlo. Al final las dos profesoras que nos atendieron sacaron a los grupos, Rogelio y yo esperamos a que salieran todos. La profesora más joven se nos acercó, moviendo las caderas: “Muy interesante su plática”, dijo.

—¿Cómo les fue? —nos preguntó el Ogaz en el estacionamiento del motel, después de que la camioneta nos recogiera, una hora después de que terminamos la charla en la primaria. Sin embargo, esa hora fue productiva, pues conversamos con la profesora. Supe que se llamaba Julia, que a poco de terminar la Escuela Normal en Ciudad Juárez probó suerte en la Secretaría de Educación y Cultura y la enviaron a dar clases a una primaria en Villa Ahumada. Había comenzado apenas ese año. Comentó, algo resentida, que el sueldo era muy precario para la vida a la que estaba acostumbrada en Ciudad Juárez. Pensaba, dijo, en buscar otro empleo. Físicamente, Julia era, en una palabra, hermosa.

Rogelio le contestó a Osvaldo que nos había ido bien en la primaria y que estaba algo cansado. Yo dije que tenía hambre. Ahí estaba Norma y Rogelio sólo la saludó moviendo la cabeza. Le entregó una revista, la misma que nos había dado a mí y a Diego, y Norma quedó en regalarle unos ejemplares de la revista del Colectivo Tole que ella editaba cerca de Ciudad Juárez, pero jamás lo hizo. Osvaldo también recibió su ejemplar de la revista procedente de Hermosillo, agradeció con una mueca, y la puso en uno de sus sobacos, sin darle importancia al detalle.

—Pues a mí me fue muy bien con los morros, les leí unos sonetos y los profesores pedían más y más. Norma —blanca ella, de 1.30 metros, aproximadamente, lentes grandes y nariz aguda, pómulos rosados por el frío en pleno mediodía— te puede decir, Roger, qué tan bien me fue. Jorge, en cuarenta minutos más vamos a comer, no te desesperes, bato; por lo pronto hay que descansar. Yo mero voy a tocarles la puerta.

Rogelio me pidió la llave del cuarto y entró. Yo lo seguí y me acosté pensando en cuántos burritos me comería, pero cuando Rogelio entró al baño el olor a mierda me quitó el apetito.

Llegamos, pues, a la misma fonda del día anterior, la de la mañana y la que sería la fonda de la noche. Cenaríamos burritos. Ahí, en la mesa, Rogelio atacó nuevamente al Ogaz: dijo que no creía que la poesía de Chihuahua fuera realmente propositiva, ni en la forma ni en el contenido, en la capacidad evocativa del verso libre de algunos que se llamaban a sí mismos escritores. Norma preguntó, con un pedazo de tortilla atravesado en la garganta, quiénes eran esos que se autonombraban escritores. Creo que ya desde antes en el Colectivo REZIZTE, en el Colectivo Tole, algo estaba roto por la presencia de Rogelio. Por supuesto que una vez que admití que Rogelio tenía razón los colectivos me consideraron su enemigo.


Información del libro:

Cínica, perspicaz y confrontando a personajes del mundillo literario, este libro de cuentos es una reseña que desnuda las miserias de quienes buscan ese parnaso tan ambiguo que es el prestigio de las letras. Un autor consuma su venganza gracias a un joven poeta ansioso de gloria, un narrador venido a menos lanza diatribas contra los autores que lo han sobrepasado y un joven asiste a un insípido encuentro de escritores en un pueblo perdido. Narrados mediante hábiles contrapuntos, estos cuentos son la visión amorosa y crítica de un mundo al que muchos desean entrar: el de la literatura, sin saber que éste se mueve por sus propias reglas de vanidad, pero en la mayoría de las veces, guiado por el ridículo al que se exponen sus creadores… (Ver libro)


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