Publicado en: Vie, nov 12th, 2010

Pétalos y otras historias incómodas, de Guadalupe Nettel

Share This
Tags

Hugo Valdés

Portada Pétalos <i>Pétalos y otras historias incómodas</i>, de Guadalupe Nettel Los seis cuentos de Pétalos y otras historias incómodas, de Guadalupe Nettel, tienen la extraña virtud, al cabo de exhibir una galería de personajes aquejados de tics que devienen manías existenciales, de conciliarnos con nuestros propios malos hábitos. Nos concilia también con la idea, balsámica para aquél que se abandone a rutinas que impliquen la devastación de su propio cuerpo o el examen obsesivo del otro, de que toda necedad es singularidad. Pero no nos llamemos a engaño: el espectáculo del fetichista, del ideático en la antesala del loco, produce una fascinación incluso clínica, siempre y cuando lo presenciemos desde lejos –o mejor: desde el elegante trabajo estilístico que hace Guadalupe Nettel–, nunca a unos pasos de nosotros. “Bezoar”, el cuento que cierra el volumen, ofrece una magnífica receta para desquiciar a cualquiera con adicción a un tic: haciéndolo vivir con otro que, como él, padezca manías compulsivas, aun cuando sus zonas de interés se hallen en otras partes de su anatomía.

Este gusto por el tic, por el hábito, radica tal vez en su gratuidad, en la forma como se instala al azar, inocentemente. Mas tal gratuidad es aparente, en realidad la máscara bajo la que se presenta el destino: “el gesto”, como también lo llama Guadalupe, llega a convencer de que se está predestinado a él, igual que una enfermedad crónica o hereditaria. El tic como una rutina infinita que tiraniza al hombre, volviéndolo su esclavo, el oficiante de un rito que perdió el sentido hace mucho tiempo o que tal vez nunca lo tuvo. Cuando estos personajes no caen en el gesto, aplican su talento a cazar la cifra de los otros en sus detalles físicos, como los párpados insólitos en “Ptosis” o la consistencia de la orina femenil en “Pétalos”, o de índole existencial como el apego a la identidad profunda en “Bonsái” o la soledad definitoria y definitiva en “El otro lado del muelle”.

Derivada de la sobriedad y elegancia de su prosa, resalta la forma en que, con apenas indicios, sin detenerse en el color local, Guadalupe urde historias en lugares como París, Japón o México. Empero, por ser tan discreta, la información se antoja a momentos espuria, mero ardid de narrador que se aventura incluso a crear escenarios urbanos que oscilan entre la alegoría y el arquetipo. El Palacio de la Danza que figura en “Bezoar” es inubicable en México, pero también en otros países –el de San Petersburgo, por ejemplo, no corresponde al descrito en el cuento–, de manera que los textos pueden ocurrir en lugares imprecisos, como en “Transpersiana”, o conformados por partes tomadas de ciudades de aquí y allá.

Un recurso que se aprecia a lo largo del libro es la técnica mediante la cual el narrador, al tiempo que cuenta la historia del otro, va contando también la suya, revelándose poco a poco. En “Ptosis” se irá perfilando, junto con la bella e inalcanzable mujer de su vida, la historia de un parisino cuarentón dedicado a la fotografía médica de párpados defectuosos, antes y después de su cirugía con el célebre oftalmólogo Ruellan, quien turna sus pacientes al estudio cercano a la Place Gambetta.

Pese a trabajar para el famoso médico, el fotógrafo, cazador de párpados en sus horas libres, aborrece que los clientes retratados acaben pareciéndose entre sí al cabo de la operación. Este rechazo se confirmará cuando visite el estudio una bella veinteañera a quien la vuelve insoportablemente sensual el párpado que cae unos milímetros más y que planea corregir sometiéndose al bisturí experto de Ruellan. Para el narrador, es preferible lidiar con monstruos naturales que con los creados en serie por su constante benefactor, en especial si uno de ellos encarna el ideal de belleza que buscó siempre en los rostros anónimos. Pero si conoció así a la joven, ¿no era natural que fuese alguien que iba a intervenirse con Ruellan? ¿No hay en esto un proyecto inconsciente de infelicidad, un afán secreto de ponerse a merced del fracaso?

Esta vocación por las relaciones frustrantes, sin futuro, es el tema de “Transpersiana”, donde una pareja incapaz de relacionarse con los demás se halla separada por las ventanas a través de las cuales uno observa y el otro, tal vez, acepta ser observado. El hombre, triste, tan enfermizo como la mujer que lo ve e interpreta para sí sus reacciones, encuentra placer en masturbarse en la cocina mientras su cita eventual, una rubia de piernas delgadas y grandes senos dispuesta al sexo, lo espera en la sala. La masturbación no opera como provocación o invitación, sino como ofrenda para su fiel mirona, quien a su vez obtiene placer sucedáneo en la soledad de su casa, a salvo del trato con su vecino, como si relacionarse implicara intrínsecamente un indeseable contagio.

En “Bonsái” una pareja bien establecida y conceptuada como feliz y modélica por los amigos, se separa por una razón por demás inusual: la tiranía de un punto de vista, ése al cual se acoge el narrador para no dejarlo ya más, a despecho de quedarse sin Midori, la mujer que ama. Okada asume así la quintaesencia de la manía: la idea fija, el punto de vista inamovible sobre tal o cual concepción, tornándose maldición, superchería aceptada, en este caso la creencia de que los seres humanos somos iguales que las plantas. Al convencerse de la incompatibilidad que se alza como un muro entre el cactus que cree ser y la enredadera interior que vislumbra en su pareja, Okada confiesa: “Me sentía solo en el mundo, encerrado en una perspectiva de la que ya no podía salir”. Luego, cuando abunda sobre su convicción en la identidad original, causante de que ahora su mujer y él se hallen “separados por un estúpido punto de vista como un vidrio insonorizado”, la imagen evoca las barreras que interpone el cristal entre dos personas en el cuento anterior: Okada y Midori, inhabilitados para vivir bajo un mismo techo, pueden ser, ahora occidentalizados, los amantes a distancia de “Transpersiana”.

“El otro lado del muelle” nos enseña y recuerda que la soledad, menos que un proyecto o un paraíso abstracto que aguarda para abordarlo a uno, según lo avizora años atrás la narradora, es una dolorosa condición que se descubre más bien con pesar en el rostro de la gente. Anhelada para soterrar la misantropía adolescente de la protagonista, la evocación de su búsqueda en Santa Helena, una isla cercana a la costa mexicana –si es que eso existe en los mapas–, llevará a la joven a vislumbrar en la francesa Michelle el sino de una soledad infranqueable, irresarcible. Llamada para sí, en mayúsculas, la Verdadera Soledad, como un homenaje paródico del Verdadero Amor de los cuentos de hadas, sabremos que su verdadera dimensión envuelve tristeza y desesperanza, y que es mejor desviar la mirada si se la encuentra por allí. Por más que se haya pulido, el don de advertirla se tornará un lastre; cuando la muchacha cree encararla y está por acceder a ella, recula: “justo en el umbral, el paraíso me dio miedo”.

“Pétalos” se liga directamente con el texto inicial por la singularidad de la manía: si en dicho cuento su protagonista busca párpados anormales, aquí recolecta olores de los baños femeninos. Su vocación olfateadora, tras la que se pone a cubierto la timidez de un joven que difícilmente se relaciona con las mujeres que ve a distancia, lo convierte en una especie de fetichista forense cuando advierte que la Flor a la que rastrea por las extrañas cualidades de su orina –“ahora el color de sus huellas era casi ausente, como las de alguien dormido, tal vez las de un loco”, nos dice– degenera en un estado mórbido contra el que nada puede hacer.

Pese a que somos testigos de su impotencia por no saber sino hasta el final lo que está sucediendo con la mujer –por sus ropas y actitudes acaso una drogadicta proveniente de los grupos de vagabundos que llegan en el verano a la ciudad–, se tiene la impresión de que el personaje se fascina no tanto por la Flor que persigue en el rastro de los sanitarios, sino por los alcances de su don maniático, esa obsesión amoral de voyeurista olfativo que lo dejaría, si no indiferente, al menos inerme ante el hecho de que el objeto de su búsqueda está por quitarse la vida en cualquier momento. Al respetar su destino trágico, su muerte tiene la dimensión de una efímera obra maestra.

En “Bezoar”, la narradora se escinde y se ve a sí misma en retrospectiva por medio de un diario que le servirá de elemento de descargo en un probable juicio o bien como carta de despedida. Ese otro se verá luego reflejado en un tercero: Víctor, el ser amado-odiado, tan maniático como ella, espejo de sus tics, de sus hábitos.

El diario se remonta al pasaje de la infancia en que, como una revelación insana, la narradora recibe el gesto: arrancarse los cabellos de raíz, maniática, minuciosamente con unas pinzas, hasta crearse pequeñas calvas que deberá ocultar si no quiere ser vista como un fenómeno. Al tanto, tiempo después, de las cualidades de la legendaria piedra bezoar, formada de pelo y hallada en las vísceras de ciertos animales, capaz de curar diversas enfermedades y procurar la paz, no duda en acogerse a su historia no obstante que su manía resulta ya desagradable y perniciosa: “había algo coherente en la leyenda: si me arrancaba el pelo era por la sensación de tranquilidad y calma perfecta que me prodigaba, así fuera durante una fracción de segundo”.

Esta calma perfecta que germina en ella tan pronto se aplica a quitarse los cabellos, no necesariamente a tragárselos, formará una suerte de amuleto espiritual que la acoraza contra la misma ansiedad compulsiva que, paradójicamente, la hace arrancarse el cabello. Un círculo vicioso que sin embargo puede sobrellevar: si la “bestia”, otro de los nombres del hábito, la humilla y victimiza por su caprichosa emergencia, al cabo se solaza y consuela en aquélla. Como la chica que busca la Verdadera Soledad y así apartarse del mundo en “El otro lado del muelle”, la narradora regresa “al ritual como quien se refugia en un conjuro. Era una manera –continúa– de desconectarse el mundo, de dar la espalda a la vida en la que, definitivamente, yo no quería participar”. A la arbitrariedad del gesto le sigue el rechazo de la gente, acaso lo que más la marca en su momento, de allí que pueda acceder a una forma de la felicidad cuando puede entregarse al hábito y ser funcional socialmente al mismo tiempo. Cuando la bestia de sus manías pasa inadvertida, la vida cotidiana es posible, para ella y para todos los que la rodean.

Todo cambiará cuando arriba Víctor a ella y la hace confirmar cuánta razón tenía al defender su concepto de una vida sin auténticas relaciones personales, a final de cuentas una existencia llevadera y prudente, aunque signada por el vacío y la falta de intimidad. Víctor, quien pese a la opinión del circuito del modelaje al que ambos pertenecen, no es abusivo ni perverso, es en realidad un buen partido que quiere además a la muchacha y, al tanto de sus manías, le propone que vivan juntos. Pero estar con él, dado que también carga con sus tics contantes y sonantes –y esto es literal: se casca los dedos todo el tiempo– será insufrible para la narradora: “Ver nuestros defectos reflejados en el ser con quien compartimos la vida es una experiencia insoportable”, confiesa. El diario enfrentamiento no traerá entonces compasión ni entrega, sino insania, rabia, y ya no sólo de ella hacia Víctor, sino también de éste hacia la chica: “Vivíamos al acecho, entregados al ejercicio de la censura y, al mismo tiempo, intentando huir de ella”. El amor no sólo es imposible y una abierta intromisión en el sagrado, aunque intolerable, territorio del otro: se convierte en su inevitable némesis.

Así  como se advertía un vínculo entre “Bonsái” y “Transpersiana”, en el sentido de que, desde una propuesta paralela, uno podría ser la continuidad del otro, por su declive físico y mental la ex modelo pelirroja de “Bezoar” puede desplazar su existencia a “Pétalos” –la Flor, recordemos, lleva una trenza larga y rojiza– y, por supuesto, prolongarla apenas un poco: ambas se saben destinadas a morir, en un cuento u otro. “Bezoar” también se liga a “Bonsái” en una cuestión sustantiva: la concepción que asume Okada sobre la correspondencia entre los hombres y las plantas es idéntica a la de Víctor, quien luego de hacerle el amor pregunta a la narradora si le gustan los cactus. Al responderle que no y ver que su presunción es errada, el joven se extraña: “Qué raro. Pensé que te encantarían”. Acepte o no ser un cactus, lo cual es irrelevante si en efecto se comporta como uno, es significativo que esta escena se desarrolle en un invernadero, pues fue también en aquél del parque-jardín botánico de Aoyama donde Okada escucharía por primera vez la idea que tiranizó su vida. Todo este intercambio entre los cuentos, el juego de ecos que se establece entre ellos, puede ser o no voluntario en la propuesta de Guadalupe Nettel, con el especial atractivo de que quizás se trate de simples manías de narrador. [Guadalupe Nettel, Pétalos y otras historias incómodas, Sinaloa, Anagrama-Colofón-Dirección de Investigación y Fomento de Cultura Regional, 2008].


Para saber más sobre Guadalupe Nettel

Guadalupe Nettel <i>Pétalos y otras historias incómodas</i>, de Guadalupe Nettel

Guadalupe Nettel (México, 1973) es autora de tres libros de cuentos y una novela. Con El huésped quedó finalista del Premio Herralde 2005. Pétalos y otras historias incómodas la hizo ganadora del Premio Nacional de Cuento Gilberto Owen 2007 y del VI Premio de Narrativa Antonin Artaud en 2008. Estudió un doctorado en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Algunos de los medios donde colabora son Quimera, Qué leer, Confabulario, Hoja por Hoja, Él Ángel y Letras Libres. España, Francia, Eslovenia, India, Alemania son algunos de los países en cuyas antologías de literatura contemporánea ha sido incluida Guadalupe Nettel.


botonautor <i>Pétalos y otras historias incómodas</i>, de Guadalupe Nettel botonimprimir <i>Pétalos y otras historias incómodas</i>, de Guadalupe Nettel botonemail <i>Pétalos y otras historias incómodas</i>, de Guadalupe Nettel botonnoticias <i>Pétalos y otras historias incómodas</i>, de Guadalupe Nettel botonparticipar <i>Pétalos y otras historias incómodas</i>, de Guadalupe Nettel
header linha <i>Pétalos y otras historias incómodas</i>, de Guadalupe Nettel

Deje su comentario

XHTML: You can use these html tags: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

Newsletter Powered By : XYZScripts.com