Poemas de Javier Sicilia
(Poemas)
A nosotros, que erguidos caminamos
como si en ese gesto se ocultara el sino de nuestra condición,
no el animal que avanza a ras de tierra hacia lo Abierto,
un atrás y adelante en el acontecer del infinito;
no el árbol que enraizado
–la boca entre la tierra,
el sexo contra el viento–
habita el puro espacio de su inmovilidad;
no el ángel, demasiado perfecto en su belleza,
esencia fabricada de espacio,
ave de luz suspendida en lo eterno;
sino nosotros que avanzamos a tientas
entre el cielo y la tierra, aterrados de muerte,
excavados de huecos;
a nosotros, viatores
–que a la vez anhelamos la tierra y lo celeste
y no estamos en paz con nosotros mismos–,
sólo el amor nos salva de la angustiosa fuga hacia adelante,
como si en los contornos de lo amado lo Abierto se cerrara
y el hueco de la carne encontrara el reposo en lo creado
y no viera la muerte,
sino un allá anunciado,
contenido en los límites del cuerpo.
Los amantes lo saben,
ellos que tan cercanos uno al otro
se miran asombrados en lo Abierto que sus ojos descubren en sus ojos.
Mas ni el uno ni el otro lo franquean
y regresan al mundo.
¿Será tal vez el miedo al llamado infinito
o la dulce nostalgia de quedarse por siempre en lo creado
que nunca los retiene?
O quizás ese sea nuestro sitio,
el lugar de lo eterno que nos corresponde:
contemplar y sentir el infinito arropado en la carne,
en ese mutuo darse el uno al otro,
mientras la lenta fuga hacia lo Abierto nos permite habitar la duración,
ese ya, pero aún no
que lo amantes viven al rozarse la piel;
esa eterna presencia
que nos hace presentes en el tiempo inasible
como una tenue grieta
en la alba porcelana de lo Abierto.
o0o
Toda ausencia es atroz
y, sin embargo, habita como un hueco que viene de los muertos,
de las blancas raíces del pasado.
¿Hacia dónde volverse?;
¿hacia Dios, el ausente del mundo de los hombres?;
¿hacia ellos, que lo han interpretado hasta vaciarlo?
¿Hacia dónde volverse que no revele el hueco,
el vacío insondable de la ausencia?
Hacia ellos, los muertos, que guardan la memoria
y saben que no estamos contentos en un mundo interpretado.
Mas las sombras, las sombras que la interpretación provoca
y nos separa de ellos,
las sombras con su viento todo lleno de la abierta ventana hacia el espacio,
las sombras donde no hay anunciación
trabajan nuestro hueco.
¿Será que ya no hay nada atrás de ellas,
o el oscuro dolor por nuestros muertos
–como el amanecer que empieza a medianoche,
a la hora más oscura de la noche–
anuncia su retorno en el sigilo?
¿No es tiempo de encontrarlos nuevamente
donde nada parece retenerlos,
así el roshi descubre el todo en el vacío que no contiene nada?
Tal vez sí, porque sus voces vienen de lo oscuro,
de su vacío vienen
como un rumor de río en un riachuelo,
como un dulce reclamo imperceptible,
como una tenue estrella entre las sombras
vienen sus voces, vienen desde lejos.
Óyelas, corazón, como sólo los mojes sabían escucharlas
atendiendo en el rezo su incesante llamado
con los pies en la tierra.
Así los escuchaban,
escuchando el arriba y el abajo,
preservando en sus tumbas el suelo que habitaron con nosotros.
No es así que tú puedes escucharlos en el espacio en sombras de un mundo interpretado.
Pero escucha la queja de lo Abierto,
el mensaje incesante, esa advertencia que viene desde lejos,
ese rumor tan suave que casi nadie escucha
y llega a ti de todas las iglesias,
como si en esas piedras, que guardan la memoria de los muertos,
habitara la llama de su estar con nosotros,
de su sola presencia en la resurrección
y descorriera un poco nuestras sombras.
Porque es difícil vivir en un mundo sin ellos,
difícil no sentir a nuestros muertos alimentando las obras de los hombres;
difícil no seguir sus costumbres, que apenas conocimos;
difícil habitar en las sombras
como un alucinado que repentinamente recobra la memoria
para luego volver a su intemperie;
difícil ver aquello que los hacía nuestros flotar en el espacio y diluirse.
Estar vivo es penoso,
y nosotros, nosotros, que los necesitamos con sus graves secretos,
nosotros, que sabemos que no podrán volver a un mundo interpretado,
a veces escuchamos, como un ligero viento, ascender de las sombras
la música primera
que forzando la nada trajo a Eurídice al mundo;
una nota tan tenue, tan pura como el Cirio
que promete su vuelta en medio de las sobras
y nos trae el consuelo.
Sicilia, Javier, “Lo Abierto” y “El sobreviviente”, en el Panel 2 “La noche de lo Abierto”, del libro Tríptico del desierto. Premio de Poesía Aguascalientes 2009.













