Polvo de pabilos, de Ricardo Muñoz Munguía
Todo rito iniciático consiste en morir para resucitar como otro. Este es el sentido del descenso a los infiernos, donde lo terrible, lo que realmente provoca el miedo es lo desconocido o ambiguo, lo que no puede controlarse. Así se inicia el nuevo poemario de Ricardo Muñoz Munguía, con una “Furia de soledades”: “Algo nace dentro del infierno/ algo sin nombre y sin dios”. Nace también el libro mismo y la revelación de que acaso ese algo no es otro que el poeta, quien para llegar al cielo erótico del último poema, titulado justamente “Paraíso de brasas”, debió antes bajar al “Infierno”. ¿Qué hay entre el infierno y el paraíso? El mundo, con toda su carga de nostalgia, dolor y alegría.
“Arder el canto” –siniestra y brillante sinestesia– es el segundo poema, y allí tal vez una sombra es la que hunde cautelosa al yo lírico “en polvo de pabilos”. La sinfonía macabra de la primera sección se halla hilvanada de sueños, “bañada de sufrimiento”. Incluso el mar, en “Verdadera cruz”, cobra dimensiones terribles: “mutilado en cada ola/ al estrellar sus brazos sobre rocas”, se compara con la imagen de un leproso de “nervios estrangulados” y “gritos de sangre”. El fuego, la luz recorren el volumen, y cada poema lleva como punto final, no un signo ortográfico, sino la imagen de una vela, la luminosidad más breve y efímera, cuyas connotaciones pueden ser a la vez negativas y positivas.
Todo poeta es el constructor de una mitología donde se aprecian los seres maléficos y las presencias contradictorias, que surcan la noche de los sueños; allí reluce la violencia del sacrificio hecho palabras: “La enloquecida perra/ arranca trozos de mi pecho/ para alimentar su rabia”. Mitos que explican o, por lo menos, extraen del yo sus angustias, temores, regocijos y congojas. Cada poema de Polvo de pabilos es una sorpresa que hace reventar la realidad, que nos impacta estéticamente por su intensidad, su ritmo, sus encabalgamientos, pero sobre todo por la belleza plástica de las imágenes. En “Vereda de fuego”, el poeta juega con elementos religiosos. Su libreta cae tres veces y “La viuda aún no sabe/ que es viuda,/ no ha recibido el polvo negro/ del pabilo”. Creo que se trata de un poemario que debe leerse en voz alta, a la luz de una sola, única vela, sin aire que la agite. La experiencia puede resultar apabullante y desintegrar nuestra propia conciencia para reintegrarla al sueño o al crepúsculo de la memoria.
Polvo de pabilo es –salvo algunos poemas– un volumen tanático, fantasmal. Incluso en poemas lúdicos como “El examen”, se siente la incomprensión, la debilidad, el acoso, así como en “La escuela” se siente la profunda nostalgia y la pérdida física, aunque no espiritual, del padre. Imágenes insólitas como la del “beso adiós” y las “veredas arrugas” cocinan el dolor por el retorno. Tal vez los únicos poemas eróticos sean “Noche luminosa”, donde se lee: “Tu boca que ahora son mis labios/ sin mancha de soledades”, y el más largo del libro: “Paraíso de brasas”.
En la poesía auténtica, los objetos cotidianos pierden su carácter accidental, contingente, mecánico e inconsciente, a fin de recobrar su esencia, su singularidad o transformarse violentamente. Así sucede en los versos de Muñoz Munguía: “La mirada de los árboles/ entre los ojos y las hojas/ del ebrio y la prostituta,/ nace y muere a diario. El día terminado/ sube su memoria/ a los músculos de las ramas”. Todos los “poemas-serpientes hundidos en los sueños” de este último libro de Muñoz se hallan repletos de esta intención primordial: sorprendernos con intensidad. [Ricardo Muñoz Munguía, Polvo de pabilos, México, K editores, 2009].
| Para saber más sobre Ricardo Muñoz Munguía |
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Ricardo Muñoz Munguía (Chignahuapan, Puebla, 1970) es poeta, narrador y crítico literario. Es autor de los poemarios Aire corredor (UNAM, 2000), Amanterio (UAM, 2005) y de Polvo de pabilos. Algunos de sus poemas se incluyen en antologías como Vuelta a la casa en 75 poemas (Planeta, 2001), Bestiario inmediato (Ediciones Coyoacán, 2000), 99 poemas de amor (Random House Mondadori, 2007), Anuario de poesía 2007 (Fondo de Cultura Económica) y en la Antología de poesía latina (Facultad de Filosofía y Letras, de la BUAP). Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Rubén Bonifaz Nuño en 1997. Su labor creativa y de crítica se ha publicado en distintos diarios y revistas, entre ellos La gaceta (FCE), Arena (Excélsior), la sección cultural de El Financiero, la revista Siempre!, donde actualmente es coordinador de redacción, y en la Revista de la Universidad de México. Ha sido jurado, entre otros, de certámenes del Colegio de Ciencias y Humanidades (UNAM), del Politécnico Nacional y del Instituto Cultural Chihuahuense. |
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Tengo que felicitar a la editorial por la excelente presentación de este libro mágico, ya que combina dosis de muerte y vida, por lo cual te obliga a seguir leyendo hasta acabarlo, con un enclave desconocido para la gente de hoy en d{ia, he descubierto de la mano del autor su sentir hacia su padre y el apego a la muerte.
Otra vez la palabra cobra vida a través de las letras de Ricardo Muñoz, exactas, atinadas, diáfanas, pletóricas de sentires que activan las fibras del afortunado lector.
Se ve que es un libro maravilloso. Y las citas de los versos ilustran a un poeta que sabe ir al fondo, donde las almas beben.