Con el apoyo del FONCA y CONACULTA, a través del Sistema Nacional de Creadores de Arte.



20. El rey cuervo
–Yo también –dijo Elizabeth Antúnez Tercera, en cuanto terminó el marinero– sé un cuento de pájaros, que me contó mi madre.
“Había una vez un cuervo tan astuto que los otros cuervos lo nombraron rey. El rey de los cuervos despreciaba a todas las demás criaturas. Estaba seguro de que nadie podría superarlo en nada.
Un día apareció un cisne y los cuervos, que jamás habían visto un animal como ése, le preguntaron si estaba al tanto de las hazañas de su rey. Como no las conocía, el rey cuervo fue a verlo y lo retó a volar.
El cisne abrió las alas enormes, comenzó a batirlas y despegó. Su vuelo era poderoso, suave, natural, y poco a poco comenzó a aumentar de velocidad. El cuervo hacía piruetas, quería mostrar las cien maneras distintas en que sabía volar. Cuando vio que el cisne lo dejaba atrás, comenzó a esforzarse para acelerar, pero pronto se cansó y, tembloroso, tuvo que detenerse, mientras el cisne se remontaba cada vez más aprisa y más alto”.
–El cisne –dijo el marinero, otro día, cuando alguien le preguntó–era firme y constante, conocía su objetivo, mientras el cuervo se desperdiciaba en acrobacias.
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19. El impaciente
En ocasiones, el marinero ilustrado hablaba de manera oscura, con ejemplos que no todos entendían de un mismo modo y que él se negaba a explicar. Mientras la gente discutía los sentidos de esas historias, él se escurría rumbo a Las Rayas, y caminaba por la playa, murmurando como suyos versos que otros habían escrito.
–Una vez –dijo el marinero– llegó a una isla de otros mares un pájaro maravilloso que anidó muy alto. Jamás nadie había visto nada semejante. Entonces los hombres decidieron atraparlo y comenzaron a subir unos sobre los hombros de los otros, para formar una escala. Llevó mucho tiempo llegar hasta el nido, y cuando ya uno de ellos estiraba los brazos para tomar al ave, alguien allá abajo perdió la paciencia, se retiró y echó a todos por tierra. No siempre –agregaba el marinero tras una larga pausa– esperamos el tiempo que hace falta.
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18. Ser santo
Una mañana de domingo, en que a nadie le interesaba el futbol y la televisión estaba apagada, la conversación llegó a las ventajas y a los peligros de la santidad.
–Yo nunca he visto a un santo –dijo el carnicero, diestro destazador de cerdos y borregos.
–Ni falta que hace –añadió Marta, que no estaba interesada.
–Una vez, antes de que ninguno de nosotros hubiera nacido, de esta isla sacaron a un santo –dijo con aire de misterio Ramón el Cojo y, ya que todos estuvieron atentos:
–Una vez, el gobernador del estado tuvo la urgencia de contar con un santo, pues se había comprometido a tenerlo con el presidente de la república, o con el papa, o con algún otro funcionario, así que habló con sus colaboradores y les encomendó que le buscaran uno. Encontraron a varios hombres y mujeres que, según ellos, podían pasar por santos; pero en cuanto fueron puestos a prueba, a las claras se vio que no lo eran.
El más impaciente era el presidente municipal de San Miguel de Afuera, bisabuelo segundo del Bien Peinado y en nada mejor que el bisnieto; según su costumbre, se había adelantado y le había asegurado al gobernador que ya le tenía el santo que necesitaba. De manera que habló con su jefe de Policía y le dijo:
–Ni modo: tú vas a ser nuestro santo. Desde hoy te sientas a rezar y a meditar todo el día; te dejas crecer el pelo y la barba y no vuelvas a matar ni una cucaracha, aunque se te suba.
El policía hizo lo que le pedían. Poco después, cuando el gobernador lo vio, sintió que en verdad era un santo. Se arrodilló, puso la frente en el piso, le pidió una diputación y lo mandó a la capital del país.
El presidente municipal supo cobrarse la gratitud del gobernador, y cuando su empleado regresó, fue corriendo a verlo. Le tendió un cheque y le dijo:
–Te felicito. Anda a bañarte, rasúrate y regresa a la chamba.
Pero el hombre había descubierto su vocación. De allí en adelante no hizo otra cosa que rezar y meditar.
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17. El hombre perfecto
Una vez, en sus correrías por otros mares, el marinero ilustrado pidió al cielo que le mostrara un hombre que fuera santo en su alma entera; es decir, en cada fibra de su cuerpo. Entonces soñó que se había quedado dormido y que, al retornar del sueño, estaba solo en el barco. Comenzó a descender por un laberinto de escaleras, y mientras bajaba una frescura suavísima, un perfume de naranjos lo siguió hasta una gran sala que jamás había visto. Allí había un hombre santo en cada fibra de su cuerpo, es decir, en toda su alma, y era todo de fuego.
–Cuando lo miré –contaba el marinero, y bajaba la voz para que le creyeran–, supe que estaba fuera de este mundo. Su corazón latía tan fuerte que pude escucharlo. La cara le ardía como una brasa. Cuando se dio cuenta de que lo estaba mirando, comenzó a temblar y dijo con voz clara, ajena y poderosa: “Cuando mi espíritu busca al Ser, dejo que hable mi boca. Sus palabras no me pertenecen: son del Ser y vienen del cielo”.
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16. Preguntas
Con el tiempo, la fama del marinero comenzó a corroerle el hígado al presidente municipal de San Miguel de Afuera, un muchacho fullero y poco avisado, de ojos soñadores y largas pestañas; pasaba el tiempo peinándose en público; tenía por su mayor orgullo que nunca, jamás, por ningún motivo, saliera de su lugar ninguno de sus cabellos.
Una mañana, deseosos de congraciarse con el Bien Peinado, varios hombres y mujeres fueron a ver al marinero ilustrado para ponerlo en ridículo. Acompañados por dos reporteros de La Voz, un fotógrafo y una muchacha que trabajaba para una estación de radio de la costa, irrumpieron en la cantina, rodearon la mesa del marinero, a quien acababan de ahorcarle la mula de cuatros, y sin previo aviso uno de los reporteros le preguntó:
–¿Quién es el peor de los hombres?
–El que se cree bueno –contestó el marinero sin alzar la vista.
–¿Quién habla, quiero decir… quién se expresa, quien hace uso de la palabra, del verbo… como se debe, quiero decir…? –le preguntó la muchacha de la radio y le acercó una grabadora.
–El que usa pocas palabras y no las repite –le dijo el marinero, que tenía ya solamente tres fichas, pero sabía que una de ellas estaba ahorcada.
–¿Qué necesitan todos los hombres? –preguntó el cantinero, que se había sumado al grupo sin malicia, porque admiraba a su amigo.
–Buena suerte –dijo el marinero mientras se esforzaba por encontrar una salida.
–¿Qué es lo que nadie debe decir, aunque sea verdad?
–Que es mejor que los demás.
–¿Cómo puede vengarse un hombre de sus enemigos?
–Haciendo crecer su propia fama.
–¿Qué es peor que un enemigo sabio?
–Un amigo idiota.
–¿Por qué no te quiere el presidente municipal? –le preguntó Ramón el Cojo, que estaba interesado en el juego y empezaba a fastidiarse con el interrogatorio.
–Porque no puede querer a nadie que valga más que él –dijo el marinero sin darle importancia y, con un manotazo puso el tres-seis, cerró el juego y se apuntó el triunfo.
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15. Nocturno
Por la axila de Elizabeth bajaba una gotita clara. El marinero dijo que en sueños había querido extender la lengua para recogerla.
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14. El queso del Conejo
–¿Vas a quererme? –le preguntó a Elizabeth uno de los músicos de la marimba. Y la muchacha, para contestarle, ocupó una de las mesas del centro, donde estaba Marta, y se dirigió a todos:
–Una noche de Luna llena –dijo–, el Coyote se encontró al Conejo, al lado de un estanque.
–¡Esta vez no te me escapas! –gritó el Coyote, muerto de hambre.
–Espera, coyotito –le dijo el Conejo–. Mira ese queso que estoy refrescando. Ya casi está listo. Te lo dejo para que meriendes. En un ratito lo sacas.
El Coyote vio bajo el agua un gran queso fresco, y sintió que se le hacía agua el hocico.
–Yo lo saco, vete sin cuidado –le dijo al Conejo y se quedó muy serio, al lado del agua. Una hora después, pensó que ya era tiempo: saltó al estanque y descubrió que había estado cuidando el reflejo de la Luna.
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13. El sordo
El marinero encontraba difícil cumplir con lo que decía, y no era raro que sus acciones contradijeran sus palabras, pero no aceptaba las críticas y menos aun las burlas. Protestaba con vehemencia y, si se sentía acorralado, confesaba con cinismo y humildad que estaba lejos de ser un hombre perfecto.
Una noche cargada de rayos, en que los parroquianos estaban distraídos y violentos, los retó y les dijo que le recordaban al sordo que no había escuchado al profesor.
–Porque una vez hubo en la isla –dijo el marinero– un profesor, o alguien que lo parecía: con el bolsillo de la camisa lleno de plumas, y libros y cuadernos bajo el brazo. Una tarde, ese profesor, si es que lo era, encontró una guitarra y comenzó a tocar: nos pusimos a bailar. En eso, un sordo que acababa de desembarcar nos vio a todos saltando, con las manos en alto, y no se dio cuenta de que el profesor estaba tocando, así que nos creyó locos y comenzó a reírse a carcajadas. Así son ustedes –dijo el marinero–; se ríen porque no entienden lo que digo.
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12. El árbol del universo
–Los árboles de la tierra –dijo el marinero, otro día, señalando la ceiba que se alzaba al final del malecón– hunden sus raíces en la tierra. El universo es un árbol con las raíces en el cielo. La semilla es el Ser, que se esparce por la creación. Todos somos fruto de la semilla; hasta los pensamientos y los sueños. El mundo, el universo, la creación son voluntad del Ser. Todo está en el Ser. El Ser no se encuentra en la creación, sino la creación en el Ser. Nosotros no estamos en nuestro cuerpo, sino nuestro cuerpo en nosotros… –dijo el marinero, que se había ido entusiasmando, pero al llegar a este punto advirtió que muchos se habían marchado, y los demás estaban aburridos, así que prefirió callar.
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11. El falso heredero
–Esa historia –dijo Marta, que se había sentado para tomar aire– me recuerda otra.
“Un rico comerciante en San Miguel de Adentro tenía un hijo. Un día el muchacho le pidió que lo dejara ir a traficar en otras tierras. Como el joven era responsable y muy trabajador, el hombre le dio dinero, mercancías y consejos, y se quedó en el pueblo, acompañado por un mocito que era hijo de la sirvienta.
Siete años más tarde volvió el hijo, que en ese tiempo había mandado a su padre lo que había ganado y ahora quería establecerse en el pueblo. ¡Qué horrible sorpresa! Se encontró con que su padre había muerto y el antiguo mocito, que ahora ya no era ningún criado, sino un señorón que manejaba el coche del año y tenía los dedos cubiertos de anillos, se había apoderado de las propiedades del padre y de todo lo que el hijo le había mandado: no le devolvió nada y lo amenazó con mandarlo a la cárcel.
El hijo del comerciante estaba contrito. Se hallaba arruinado, y además había perdido a su padre, y eso era lo que más le dolía. Fue entonces a ver al juez, el primero que hubo en San Miguel de Adentro: don Atanasio Argúndez y Ávila dictó una sentencia que sorprendió a todo el mundo:
–El único culpable –dijo Argúndez atusándose los bigotes– es ese comerciante que murió sin papeles y dejó este enredo. ¡Que abran la tumba y quemen sus huesos!
–Que los quemen –dijo el falso heredero, para cerrar el caso.
Pero el hijo protestó:
–Dejen en paz a mi padre. Prefiero irme a otras tierras y seguir trabajando. No quiero nada en este pueblo.
Apenas oyó esto, el juez, que era extrañamente probo y compasivo, revocó la sentencia y ordenó que todo le fuera devuelto al hijo fiel, que prefería verse despojado antes que profanar los restos de su padre. Pues en aquel tiempo, en esta isla, para fortuna de los hombres, la justicia era más importante que la ley”.
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