Sin respiro: del tutelar al Reclusorio
Abel

Mi nombre es Abel y soy originario de la colonia Juárez, ahí donde está la Zona Rosa, en el D.F. La conocí en el baño de mi casa: yo estaba haciendo, cuando entró y me vio. ¡Ay!, gritó; yo apenado sólo reí. Olivia, la hermana más grande, me pidió de favor que acompañara a Saraí al hospital pues se había caído de la moto y se había derramado un líquido de su pierna izquierda. Yo la acompañé porque me lo había pedido mi hermana más grande. Les platico esto. Estoy seguro de que si le digo que no tengo novia en ese momento, las cosas hubieran sido diferentes. Fuimos a un hospital que está en San Miguel Chapultepec, a la altura del metro Juanacatlán. En el camino me hizo muchas preguntas: oye, Abel, ¿le eres fiel a tu chava? Claro, le dije, mientras me hacía la siguiente pregunta: ¿es más bonita que yo? Ella esperaba que le dijera que sí, pero quién sabe, pues yo con las mujeres soy muy sensible y le dije que no, la verdad, no creo que haya una mujer tan linda como tú. Saraí se impresionó. ¿En serio?, me dijo, no puedo creer que no defiendas a tu novia. No es que no la defienda, le contesté, pero la verdad es así. Pasaron días, meses, yo la veía y nada más, pues yo pensaba en ver a mi novia, estar con mis amigos, las chelas y todo lo demás. Cuando ella estaba borracha en mi casa, me hablaba y me decía: oye, Abel, te caigo mal. No, Saraí, sólo que como tú vienes a ver a mis hermanas, pues yo ando en lo mío, por eso sigo mi camino. Veía tantas chavas en mi casa, que no les ponía atención, pues soy de esos que se conforman con su novia. Bueno, no le era fiel, pues había fiestas en que yo me le escapaba a aquella mujer y, ya borracho, me dejaba llevar: imagínense, ella de Costa Rica, güerita, dándole un aire a Demi Moore o a una española, era de las que cuando pasaba por la cuadra todos decían ¡wooow!, ¿ya viste a la Chelito? Yo era el único que no miraba, pues ya había probado ese chocolatito. Imagínense, son las cinco de la tarde, hace frío y afuera hay un diluvio, pero bueno, esa ya es otra historia… La verdad, no sé por qué pasan las cosas. Ese día había ganado México en la Copa América, ese día andaba con veinte amigos y amigas. En cuarto de hora, me quede solo con la mujer más rica de la Juárez, me agarraba de la mano pues corríamos de un lado a otro, todos aventaban piedras, botellas y todo lo que encontraban, para arrojarlo a los granaderos que nos impedían subir al Ángel de la Independencia, pues nosotros queríamos festejar en grande. Nos paramos a descansar un rato. Mientras, ella no me soltaba de la mano: me miró, la miré, y que me besa. Después me dijo en que soñaba que pasara este momento. Sacó unos chochos, Roche 2, la pastilla blanca. Me puse hasta atrás, pues a ella ya la había dejado con sus amigas, que seguían por ahí, festejando. Eran las diez de la noche cuando llegué a mi casa, saludé a mis hermanas, Olivia y Melina, que son más grandes; Tania es más chica que yo, y mi hermano Alejandro, el más pequeño, ya estaba en la cama. Aparte mi cuñado Manuel, novio de Olivia; José, novio de Melina, era, porque ya no son nada, además de Saraí, a la cual ni saludé. Me fui directamente a la cama pues ya estaba hasta atrás, pero aún consciente, digo consciente porque aún me acuerdo de ese día, recuerdo que preguntaron si quería ir a la disco… Como a las cuatro de la madrugada me despertó la cruda realidad: ya no podía dormir, nada más daba vueltas en mi cama, pero de repente, que me acuerdo: seguro tenía que haber una caguama en el refrigerador. Cuando llegué a la sala, ahí estaba Saraí, durmiendo en el sofá. Primero abrí el refrigerador y cuál fue mi sorpresa, ahí estaba la caguama. Después agarré una cobija y tapé a Saraí, pero al taparla abrió los ojos y me dijo: Abel, te caigo mal. No, Saraí, por qué dices eso. Es que nunca me apapachas. Yo quería irme dormir pero ella me abrazaba del cuello y me decía: Abel, deja duermo hoy en tu cama. Y yo, menso, le dije ¿y yo dónde duermo? Pues conmigo, tonto, y que se me ocurre cargarla y llevarla a la cama. Yo no pensaba en otra cosa más que en una caguama, pero mi instinto animal se dijo: ya ni modo y me dejé llevar. Ni me la creía, aunque también me preocupaba que llegara una de mis hermanas, pero no ocurrió así. Cuando desperté, no había nadie en casa. Me paré, fui por dos caguamas, me bañé, comí algo y salí como siempre sin importarme mi hogar y mi familia. Así vivía yo.

Pasaron dos meses hasta que la vi de nuevo. Se acercó y ahí es cuando por primera vez me puso nervioso Saraí. Le dije, hola, ¿cómo estás? No muy bien, me contestó y me pidió salir a caminar un rato. Yo le dije que sí. Pensaba que me iba a decir que lo que hicimos estaba mal, pero me fue peor. Llegamos al parque y me pregunta ¿te acuerdas qué es lo que hicimos, Abel? Le contesté que sí y que me dice: es que estoy embarazada. Me vio, lloró y yo no supe qué hacer. La abracé pensando qué iba a pasar: no tenía trabajo y robar y vender droga era lo único que sabía hacer. Después de un largo silencio me miró a los ojos y me dijo: lo siento, Abel, no sé en qué pensaba, pero yo la interrumpí: mira, Saraí, sé que no nos conocemos bien, pero podemos empezar como amigos estos meses y ya después vemos qué pasa. Ella me sonrío, se paró de la banca y corrió. Yo no sabía qué hacer pues ya tenía miedo. Mi mamá y mi hermana Melina seguro me iban a correr de la casa y pues, ni modo, no llegué a casa en dos semanas. Unos amigos me dijeron que había venido mi mamá a buscarme y que si no llegaba antes de las diez de la noche, que olvidara que tenía mamá. Fui, no luego, luego. Llegué al cuarto para las diez. Cuando abrí la puerta principal, donde está la cocina, ya sentía el regaño de Melina, las bromas de Tania y Olivia: uy, Abel, tú sí no pierdes el tiempo, verdad. Pero no fue así, pues mi mamá ya había hablado muchas veces conmigo: regaños, ponte a trabajar, Abel, o ponte a estudiar, yo te pago la escuela. Pues desde que caí al consejo tutelar, no me lava, no me compra ropa ni zapatos, y sólo tenía trece años. Imagínense lo que esperaba, pues ya tenía 21. Ahí estaba Saraí, llorando. ¡Ay, Abel! ¿Qué no conoces los preservativos? ¡Oh, qué cabrón! No contesté, me quedé callado. Melina me dijo: Saraí es mi amiga y no le puedes hacer esto. Mira, Melina, yo le dije que si quería intentarlo… ¿No les dijiste, Saraí? Sí, pero no me creyeron. Mamá, hermanas, creó que ya estoy grande. Aunque no he tenido una relación con Saraí, ya siento que la quiero. Y entonces ¿qué es lo que pasa?, decía mi mamá. Bueno, cuando algo así pasa, el afectado o la afectada, que somos Saraí y yo, buscamos la mejor manera de decírselo a nuestros seres queridos, así que, con permiso, agarré a Saraí y la saqué de la casa. Ella me preguntaba qué era lo que iba a pasar. Le dije ya veremos. Mientras tanto, te voy a llevar a tu casa, voy a hablar con tu papá, y pues ni modo, ya Dios dirá. No pasó ni una semana y que me vengo preso al Reclusorio Norte, por algo que yo no hice. Mi mamá y mis hermanas Olivia y Melina me vinieron a ver. Ya estando en Población, también Saraí, y me dijo que allá fuera me esperaba. Estuve un año seis meses y seis días y salí. Lo primero que hice fue ir a mi casa, porque ya no tenía dinero. Llegué y abrace a mi madre y a mi hermana Melina, pues Tania y Olivia estaban rentando un departamento en la Roma. Le pedí mi mamá para una torta. Me dio cincuenta pesos y que me salgo. Fui a la vecindad donde me agarraron: salió toda la banda, todos me decían pinche pambazo, el puto que te metió al Reclusorio sigue de Valet Parking. Les dije que quería una caguama y nos fuimos por Versalles, a ver si encontramos al güey ese, y que me lo topo, que se echa correr a un puesto de tortas, yo agarre el cuchillo y lo amenazaba: te vas a morir, puto, pero de ahí no pasó. Transcurrieron seis meses y yo no sabía nada de Saraí, ni de mi hijo, y mi familia jamás comentaba, y si preguntaba, siempre tenían algo que hacer, y pues a mí también me valía madres… Pero llegó día de muertos y todos decían, Abel, vamos a ir a la casa de Saraí, ¿quieres ir? Dije que no, aunque al final fui… ahí por fin de mi jardín nació un ángel. Cuando me lo presentaron, me desmoronaba por dentro, aunque Saraí nada más hizo eso para poderse divertir en la fiesta, mientras yo cuidaba a Judith. Fue algo bien chido; ese día ni tomé, ¿ustedes creen eso? No, verdad, al final hablé con Saraí. Empezamos a salir cada fin de semana. El problema era la comunicación para entendernos, sobre todo, conocer nuestras ideas para saber qué futuro nos esperaba. Hablamos con las dos familias. Su padre comenta que él trabaja en la refinería que está en Guanajuato y que, por medio de su trabajo, había conseguido una casa por allá. Dijo que si queríamos una nueva vida, teníamos que alejarnos de todo lo malo que nos rodea. Yo bien sabía que lo decía por mí, pero no me importaba pues iba a regalarme una casa y así nos fuimos a Salamanca, Guanajuato. De esto no hay mucho que decir, pues pasaron seis meses y que se rompe el encanto, ni modo. Ella se fue a Tijuana, Judith se quedó con su abuelo, el papá de Saraí, yo me quedé en Salamanca el resto el año. Pensaba que iba a ser la peor Navidad de mi vida, incluyendo las de 1999 y 2000, que me pasé en el Reclusorio Norte. Era 23 de diciembre del 2002 cuando tocaron a mi puerta. La sorpresa fue muy chida, pues llegaron mis sobrinas María, hija de Olivia, que no llegó, Susana, hija de Melina; Alison, hija de Tania; mamá, Melina, Tania y mi hermano el más chiquito, Alejandro. Ese 24 fue el mejor de mi vida. De Saraí y de Judith, ni platicamos, hasta el 31 que ella habló. A mi familia le prometí no tomar hasta mi cumpleaños, pero ya era 2 de enero del 2003 y yo todavía seguía tomando.

Me sentía mal y apetecía una y otra y otra, así pasé toda la tarde. El lugar donde vivía era una unidad grandota, pero sólo era una colonia chiquita de Salamanca. Está toda bardeada y sólo tiene una entrada. En las noches la gente cierra sus tiendas y a pesar de que están en su casa no te abren. Ni modo, tenía que caminar un kilómetro para traerme mi caguama, pero claro, siempre hay una mejor forma, pero es más peligrosa: me tenía que brincar una barda de tres metros de altura. Eran como las nueve de la noche cuando le dije a Alejandro que me acompañara a dar una vuelta por ahí. Ya habíamos ido al centro de Salamanca donde hay un viejo convento de monjas, estaba bien chido ahí, también fuimos a Moroleón, a Celaya, Irapuato, León, Guanajuato, pero dar la vuelta por fuera de la colonia nunca: brincamos la barda, del otro lado todo era diferente, como cuando sueñas. Primero estás en un lugar hermoso y luego aparece un precipicio o el fondo del agua. Aquí era diferente a mí colonia la bella, parecía un pueblo fantasma, no había nadie en la calle, no se oía ningún ruido de persona o animal, como un perro, que cuando oye algo sale y ladra. Caminamos unos quince minutos para llegar a la otra esquina. Al doblar la derecha, vimos una milpa y un campo de fútbol. Luz eléctrica no había pero nos alumbraban las estrellas y la luna alrededor de la cual había una aura muy hermosa y así no me daba miedo a mí porque a mí hermano creó que sí. Yo estaba borracho y no me importaba nada, simplemente caminaba sin sentido. Al terminar el campo de fútbol, nos dimos cuenta que había otro campo y al caminar hacia la milpa empezamos a ver tumbas. Alejandro me dijo: Abel, vámonos de aquí, vamos a regresarnos. Le dije que no, que ya faltaba poco, y no era así pues, al seguir caminando, vimos a lo lejos sombras que venían hacia nosotros, y que nos echamos a correr. Pasando el campo nos percatamos que otra sombra venía hacia nosotros y no nos quedó de otra que parar, pues si nos regresábamos por la otra parte nos iba a ir peor. Cuando la sombra se distinguió con más claridad, nos quedamos tiesos, sin habla: vestía pantalón, gabardina y sombrero negro el cual le tapaba la cara, botas mineras, habla y que nos dice: qué onda, chavales, qué hacen por aquí, qué no saben que los muertos se molestan cuando no los dejan descansar; mejor vayan a su casa, y que corremos sin orientación pues cuando nos dimos cuenta estábamos entre cañas y girasoles, flores de las cuales cortamos varias pensando en mamá, pero ¡oh!, sorpresa, pues nos topamos con pared. Era la parte trasera de mi colonia. Juntamos las piedras más grandes que por ahí había y así pudimos subir la barda. Eran las dos de la mañana cuando me fijé en el reloj. Llegamos a casa. Al abrir la puerta oímos la televisión que aún estaba prendida. Eran mis sobrinas que veían una película. Mi hermano se fue a la habitación donde estaba la computadora y ahí se quedó. Yo me fui a dormir pues ya me estaba haciendo cruda. Al día siguiente, me regresé con mi familia al D.F. pues ellos estaban de acuerdo en que en Salamanca estaba solo, y pensaron que ahí me iba a morir con mi alcohol. Así que llegué a delinquir otra vez con la banda, pues desde los trece años ya vendía pastillas, chochos, que son Roche 2; todavía hacían frascos, ahora es por caja. Ahora me dispuse a vender cocaína, puro polvo, de a 50 y 100. Todo era para el alcohol, mujeres, discos, antros. En eso gastaba mi dinero. No pasó otro año y que me agarran. Me acusaron de que robé tapones, espejos y partes de carro, pero yo no fui, pues vendía droga y por vender droga nunca me han agarrado. Llevo cuatro ingresos al reclusorio. La primera y la segunda yo no me robé nada y me vine a chingar. La tercera vez yo sí fui y llegué confeso al Reclusorio: me dieron una sentencia de ocho años nueve meses, pero en la apelación la bajaron a dos años seis meses. Ahorita esta cana es la cuarta y otra vez yo no fui: mierda gobierno, me hundió en Reno. Interno, los minutos son eternos. Y pasarán cuatro inviernos para abrazar a mi hermano. Familia, los amo. Derramo lágrimas cuando los llamo.
| Para conocer más acerca de Abel |
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Raúl Casado, coordinador del taller donde Abel produce sus textos, nos cuenta más sobre este autor: “Al conocerlo en octubre del 2008 en el Reclusorio Norte, tres aspectos de su persona captaron inmediatamente mi atención: su agresividad, fortaleza física y, sobre todo, la capacidad para expresarse en verso, rapeando todo aquello que para él tiene importancia. El trato continuo a lo largo de un año con este nativo de la colonia Juárez, quien actualmente tiene 31 años y cuatro ingresos en el Reclusorio –tres de los cuales, dice él, completamente injustos– me ha llevado a aprender a escuchar, poco a poco, la pista sonora, el soundtrack al ritmo del cual ha vivido con agresiva intensidad su agitada vida. La adolescencia rebelde y la familia ausente: el rap del tribilin-tutelar; a los trece años y el encuentro con la soledad, la droga y la calle; el rap del vendedor: primera caída a la cárcel, enjaulado por un delito no cometido y condenado por un sistema legal que no busca justicia sino chivos expiatorios; el rap de la soledad: la mujer y el hijo ausente, la búsqueda del amor; el rap de la ira: segunda caída al Reclusorio siendo inocente, la furia contra el sistema; el rap del encanado: si, lo acepto, fui yo y pago, esta cana me la he ganado; tercera caída al Reclusorio; el rap de la conciencia: quiero dejar atrás la ignorancia, cuarto descenso al infierno. Puras caídas, Emexcote, hasta me recuerdas al Cristo y la Semana Santa, pero no hay bronca, carnal. Como dice el poeta: Soy como el árbol talado que retoña, aún tengo la vida”. Cuando Cástor y Pólux se junten de nuevo, cuando lo oscuro y lo luminoso juntos estén, me apunto para hacer los coros. No le hace que sea a puro aullido, para juntos cantar el rap de la libertad. Mientras, recuerda, la llave que abre las rejas está hecha de palabras”. |













