Publicado en: Mar, jul 10th, 2012

Sobre los males de la política en México

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Esteban Marín Ávila

Algunas de las caras más feas de la política en México son la corrupción, negligencia, frivolidad y abuso de poder de nuestra clase política, es decir, de quienes se dedican profesionalmente a la toma de decisiones relacionadas con la administración pública. Sin embargo, no es raro encontrar estas mismas malas caras entre quienes no viven del presupuesto del gobierno en turno y supuestamente no tienen ambiciones de poder, en el resto de nuestras organizaciones, asociaciones, empresas e instituciones de todo tipo, privadas o públicas.

Esta sociedad es muy grande y muy compleja, así que considero que lo más honesto es que cada quien hable y proponga desde donde se mueve y desenvuelve en su vida cotidiana. En este caso yo lo haré desde mi profesión de filósofo, que es lo que estudié y sigo estudiando. ¿Qué puede hacer la filosofía ante estas situaciones de descomposición y corrupción social que lamentamos todos los días? Antes de responder esta pregunta, quiero indicar brevemente qué es lo que hacemos o lo que en mi opinión deberíamos hacer quienes nos dedicamos profesionalmente a la filosofía.

Los filósofos observamos el mundo y producimos conceptos que nos permitan entenderlo mejor. Pero a diferencia de los científicos experimentales, como los físicos o los químicos, nosotros no nos preguntamos por causas y efectos, es decir, por las relaciones causales entre unas cosas y otras. Nosotros nos preguntamos más bien qué propiedades hacen que una cosa sea lo que es, y qué propiedades esenciales o definitorias hacen que se distinga de otras cosas, especialmente de aquellas que más se le parecen. Así, por ejemplo, nos preguntamos qué es un Estado y cómo se distingue de un grupo de mafiosos que controla un territorio. Podemos hacer estas preguntas porque la experiencia de los seres humanos se refiere siempre, o bien a realidades que ejemplifican conceptos, o bien a conceptos que se ejemplifican en realidades. Dicho en otras palabras: porque vivir en el mundo y tener experiencia de él implica necesariamente entenderlo o concebirlo de cierta manera.

Esto viene a cuento a propósito de nuestra realidad política, pues me parece urgente dedicar mayores esfuerzos a reflexionar sobre la esencia del Estado, esto es, sobre las propiedades que hacen de una organización social un Estado. Seguir reflexionando sobre qué sean las organizaciones sociales en general y cuál tipo de organización social sea ésta en particular, pero sobre todo tenemos que aclararnos cómo esta forma de organización social vive en las acciones y relaciones sociales de sus miembros, que somos nosotros, y cómo es inconcebible sin éstas. Dicho en otras palabras, tenemos que aclararnos cómo existe nuestro Estado en las relaciones sociales de todos sus miembros, lo cual incluye a los gobernantes y a los políticos profesionales en general, pero también los demás ciudadanos que formamos parte de él. Estoy convencido de que la filosofía —y más en particular la filosofía fenomenológica— puede aportar mucho a esta reflexión. Con esto la reflexión teórica puede servir también como motor de un cambio en lo que abstractamente denominamos “el sistema”, pues sus conceptos nos ayudarían a entender nuestras acciones, concesiones u omisiones como fundamento del mismo.

Me parece que uno de los motivos más importantes de esas malas caras que mencioné al principio es nuestra tendencia a despreciar cualquier forma de convivencia que implique organización. Ese desprecio es también, pero no exclusivamente, desprecio por nuestras responsabilidades políticas. En conversaciones con amigos y conocidos suelo constatar que consideramos una virtud el mantenerse alejado del poder y de asumir cualquier responsabilidad que derive de él; mientras menos haya entrado alguien en contacto con el poder, mejor para su reputación. Esto tiene sin duda razones históricas, pero también obedece a razones esenciales: la convivencia organizada y el poder que se refiere a ella sólo pueden ser valiosos para quienes ven que mediante ellos se realiza algún proyecto que estiman valioso o beneficioso. Así, por ejemplo, en el caso de un Estado, este proyecto podría incluir garantías de seguridad, derechos y libertades, procuración de justicia y de reglas para la convivencia, fomento de condiciones favorables para la producción económica y el comercio que redunde en el enriquecimiento de todos, etc.

El poder implica capacidad para actuar

y las acciones son valiosas cuando hacen realidad cosas que estimamos valiosas. Sin embargo, el poder político en México se suele usar en gran medida para beneficio exclusivo de quienes lo detentan; es decir, se suele usar para enriquecerse o para llevar a cabo proyectos de vida personales a costa de los demás. Así que esto es un círculo vicioso. Por un lado, si no hay un proyecto que beneficie a todos los que contribuimos a su realización, entonces la convivencia organizada carecerá también de valor para quienes nos vemos obligados a participar en la realización de este proyecto, y el poder para decidir sobre acciones colectivas sólo será valioso para quienes sacan ventaja personal de él. Por otro lado, sin la voluntad para organizarse y el poder para emprender acciones colectivas no es posible realizar, y en ocasiones concebir, proyectos colectivos valiosos. Dicho de otra forma, sólo estimaremos valioso el cumplimiento de nuestros deberes civiles y políticos cuando veamos que con ello contribuimos a mejorar nuestra realidad en tanto que mexicanos, pero solo podremos mejorar esta realidad cuando estemos dispuestos a organizarnos y cumplir con deberes civiles y políticos.

Creo que una salida para este círculo podría consistir en dedicar mayores esfuerzos a aclararnos y renovar constantemente los propósitos de nuestra pertenencia a este Estado, es decir, en que los ciudadanos dialoguemos constantemente sobre proyectos que valga la pena realizar gracias a esta forma de organización social. Me refiero a impulsar lo que cada quien considere valioso, empezando por los bienes a los que todos aspiramos, como los consignados en las cartas de derechos humanos. Pero superar nuestro desprecio por la convivencia organizada no es necesario que esta aclaración de propósitos empiece por los proyectos más generales que corresponden a nuestra complejísima organización en la forma de un Estado, sino que puede hacerse en primera instancia en las formas más inmediatas que se refieren a las instituciones, empresas, despachos, asociaciones, etc., a los que pertenecemos. Así no habrá argumentos que valgan contra asumir el poder y la responsabilidad que nos corresponden en tanto que miembros activos de estas organizaciones; sólo así la sociedad civil mexicana llegará a empoderarse al grado que conviene a una organización política funcional.

Quiero aterrizar lo ya dicho a la situación de los filósofos profesionales en nuestra sociedad, donde parece haber cada vez menos lugar para la filosofía. Más allá del valor que pueda tener en sí misma, creo que la investigación filosófica puede ser una herramienta invaluable para la construcción de una civilización más valiosa y más justa. Serviría a este propósito el que los profesionistas de la filosofía nos pusiéramos a hacer filosofía en serio y a reflexionar sobre nuestra realidad y sus posibilidades, y no solamente sobre las palabras de otros filósofos. No obstante, para ello también es necesario que nos tomemos en serio la tarea de reflexionar sobre cómo organizarnos en nuestras respectivas instituciones para hacer realidad ese proyecto de constituir una comunidad en la que verdaderamente filosofemos y produzcamos investigaciones auténticamente filosóficas. Porque la filosofía es también una empresa colectiva, y sobra decir que en nuestros colegios de filosofía y en nuestras universidades hay también corrupción, negligencia, frivolidad y abuso de poder. Es posible que esto ocurra en menor grado que en otras organizaciones, pero me parece que con mayor hipocresía. También es necesario reflexionar sobre nuestro papel como filósofos profesionales en la sociedad, o más precisamente, en la sociedad u organización social posible que valga la pena construir. La filosofía puede ser mucho más que su función social, pero no podemos dejar de ocuparnos en aclarar esta función si pretendemos seguir defendiendo, con derecho, su inclusión en los planes de estudio de secundaria y bachillerato, por ejemplo.

Sin embargo, esta última cuestión no aplica sólo para los filósofos profesionales. Creo que lo más beneficioso para nuestra sociedad será el que cada quien busque abrir en ella un espacio desde el cual enriquecerla a partir de su vocación y de lo que mejor sepa hacer. No se trata de adaptar nuestras vocaciones o talentos a una sociedad corrupta y decadente, sino de transformar a esta sociedad para que quepa en ella lo que cada quien estime que puede aportar para mejorarla y aproximarla a una idea de sociedad más valiosa. Que el filósofo luche por más y mejores espacios para la filosofía, que el médico lo haga por mejores prácticas en su hospital y un mejor sistema de salud, que el abogado lo haga por mejores leyes y procedimientos, que el empresario, el agricultor o el productor tradicional luchen por el aprovechamiento de sus conocimientos y talentos, etc. Finalmente, que todos los ciudadanos de México asumamos nuestro papel como miembros de esta aún deficientísima organización política y luchemos por un Estado mejor, que nos permita a todos convivir de una manera organizada que redunde en beneficio de todas las personas que pertenecemos a él en calidad de ciudadanos.

Hacen falta proyectos para organizarnos en los ámbitos en los que nos movemos cotidianamente, y hacen falta también proyectos para organizarnos políticamente en la forma de una nación, un Estado, un municipio o una comunidad. No podemos abandonar la política a los políticos profesionales y limitarnos a mejorar lo que esté más directamente a nuestro alcance. Ese es un falso dilema que algunos repiten hoy en día y que vuelve a reflejar nuestro desprecio por la convivencia organizada. Lo que en mi opinión hace falta es que efectivamente nos esforcemos por mejorar todo lo que esté directamente a nuestro alcance en nuestra vida privada, social y laboral, pero que además participemos en las decisiones sobre leyes y políticas públicas que tengan que ver con lo que cada quien conoce mejor a partir de su situación y con lo que cada quien considere que hace falta incluir o reforzar en este proyecto político común. En una democracia tan pobre como la nuestra una parte importante de esta participación tiene que ver con presionar a nuestras autoridades para que nos representen y con denunciar sus fallas, omisiones o delitos. Por eso, más allá de la coyuntura electoral del 1 de julio, espero que la movilización y la organización ciudadanas sigan creciendo.












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