Publicado en: Vie, ago 7th, 2009

Un dramaturgo se define (continuación)

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Cuando yo era niño, la religión me dio lo esencial de lo que uno podría llamar los valores morales básicos. Me llevó a comprender que uno no podía vivir sin establecer una relación con el otro. Una de las primeras cosas que uno aprende es amarás a tu prójimo como a ti mismo. Un día, esta idea terminó por hacer surgir una pregunta: ¿quién es ese famoso prójimo? Esta religión nos revela que, de acuerdo con ella, el prójimo es la persona más apartada de nosotros. Es una idea que siempre me ha parecido espléndida. Uno puede ver que esto supone, en la vida adulta, dificultades, voluntad, odio, ira, rabia, estar frente a alguien que es muy diferente de uno mismo y con quien uno está en desacuerdo. Que nos asombra por completo. Esta idea me emocionaba. Esta idea despertó en mí la pasión, el gusto por la aventura. Ir hacia el otro, a veces, es como penetrar en una selva virgen.

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Actualmente estoy convencido de que uno no necesita una religión para viajar hacia aquél, el prójimo que está lejos de nosotros; entonces, extrañamente, soy como un funámbulo que intenta ponerse en equilibrio, un pie en la infancia, el otro en la razón. Soy ateo en el alba y creyente en el crepúsculo. En la noche sueño. Pero fundamentalmente creo en Dios. Intento detenerme. De veras. No lo consigo. Es patológico: me gusta.

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Practicar la marcha es mantenerse en una soledad profunda. Con nuestros fantasmas en la cabeza nos convertimos en alguien que sueña, en un medio que no sueña. La distancia. La resistencia al mundo también. Cuando marcho no sueño que soy rico. Sigo soñando en que soy un tipo que defiende a una hermosa atada a un poste, como me lo hicieron soñar cuando era pequeño. Ese deseo de heroísmo, ese deseo de dar a mi vida un sentido que sea más grande, en el fondo es muy sano. Para mí, la marcha se encuentra en el corazón de todo eso. Es muy pueril. Es como si uno le dijera a la vida: Voy a jugar fuera, y luego vuelvo. Y uno se pone en marcha, durante ocho horas…

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Cuando me preguntan si soy quebequense, francés o libanés, respondo que soy judío y checo: Kafka. Desde el punto de vista de la escritura, lo que cuenta más para mí, a lo que debo mi entrada al mundo es algo que sentí el día en que, cuando tenía unos catorce años, leí La metamorfosis. La primera frase donde se describe un hombre que, al despertar de sueños agitados, se encuentra convertido en una cucaracha, es para mí una frase epónima. Yo soy la cucaracha de la metamorfosis. Al leer esta obra, sentí que había sido escrita sólo para mí y que no trataba sino de mí. A partir de ese día, de esa lectura, de manera bien concreta, empecé a escribir. Comencé a inventar historias para intentar decir, como lo hizo Kafka, lo innombrable que yo presentía en el fondo de mi adolescencia.

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El árabe es una lengua muy rica en el plano sonoro; las sonoridades pueden matizar el relato. Aquellas historias me las contaban para dormirme, así que esta lengua está ligada también a la noche; para mí se ha convertido en la lengua del sueño, de la imaginación.

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Un cuento me marcó. Un personaje medio oso, medio hombre, vive bajo tierra y no soporta darles miedo a los niños. La historia cuenta las aventuras que pasa cuando intenta reducir el miedo que les causa; pero mientras más se esfuerza, más crece el miedo. Ahora, esta espiral imposible en que se encuentra el personaje era precisamente lo que lo volvía más espantoso a mis ojos. Ahora bien, yo me había identificado con ese personaje y, sin consuelo, me daba cuenta de que tomaba parte en la historia; por el miedo que sentía al ponerme en su lugar, en su desdicha. Para salvarme de esta pena, recuerdo haber creado un personaje que se parecía a mi terror. Un personaje al que le puse, en árabe, “la mujer con miembros de madera”. Yo estaba convencido de que se me iba a aparecer cuando yo fuera a encender la luz. Por ejemplo, cuando me despertaba a media noche y me levantaba para ir a la cocina a beber un vaso de agua, prendía la luz. El deslumbramiento era angustioso pues yo me hallaba convencido de que esta mujer estaba aprovechándose de mi ceguera para tomar forma y devorarme. Yo estaba convencido de que en el momento en que mis ojos se habituaran a la luz, la vería delante de mí con sus miembros de madera. Durante mucho tiempo, me dio miedo encender la luz. No apagarla.

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La vida me dijo: ¡exilio, guerra, muerte! Hoy le respondo: ¡teatro!

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El teatro es un arte vivo, bullente. Se hace con el público, y también sin el público. Cuando trabajo, no me ocupo del público para nada. Pero algo me preocupa: saber que lo que estoy haciendo será visto. Asimismo, cuando presento mi espectáculo, lo comprendo de manera diferente, porque veo lo que los espectadores han visto, y reconstruyo la comprensión del espectáculo. Una vez dicho esto, debo precisar que me niego a decidir por anticipado para qué público trabajo, simplemente porque eso me suena horrible. Decidir que es “para todo el mundo” no quiere decir nada. Yo no soy todo el mundo. Decidir que es “para una gran audiencia”: yo no sé qué es eso de una gran audiencia: ¿su largo, su ancho? Escoger es excluir. Yo no quiero excluir al adepto, ni al profano, ni al especialista, ni al enamorado. No escoger queda, pues, como la única posición, pues así uno trabaja para ese único espectador, el único con el que uno puede verdaderamente confrontarse: uno mismo.

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La mejor forma de ocuparme de mis interlocutores, poco importa quiénes sean, consiste en no ocuparme. En ese sentido, creo que la escritura, en el momento en que se produce, debe hallarse dos o tres fracciones de segundo por delante del mundo. Así conservará su misterio. Por supuesto hablo de mi manera de amar la escritura. Una escritura que coincide en el tiempo con su autor es una escritura más sociológica, más realista, más próxima al hecho inherente e indiscutible. Necesito estar en el asombro de lo que brota, no en su control. Si no, me aburro.

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Comencé a escribir para aprender francés. Durante nuestro primer verano en Francia, mi hermano, mayor que yo, que había aprendido francés en el Líbano, se dio a la tarea de enseñármelo. Me pedía que escribiera textos en árabe, y después me pedía que los tradujera al francés. Yo debía contar mi jornada, según principios muy simples: sujeto–verbo–complemento. Después de dos semanas de estar escribiendo lo mismo, pues nuestras jornadas eran siempre parecidas, me dijo: “Podrías contarme alguna otra cosa… inventa”. Comencé a inventar. Historias un poco delirantes. Todavía me acuerdo de una de esas historias, escrita en un francés bastante vacilante, sobre una comunidad que vivía en un basurero; había personajes como Bola-de-papel, Colilla-de-cigarro, Cartucho-de-tinta, y todos pensaban que eran gente importante, hasta que un día descubrieron que no eran sino desperdicios. Mi hermano me impulsaba a seguir ese delirio, que nos divertía enormemente. Al mismo tiempo, yo leía muchos libros para niños: historias donde el héroe vivía aventuras formidables. Con los años fui leyendo y escribiendo otras cosas, hasta que llegó La metamorfosis, de Kafka, de la que ya hablé. De un día para otro, lo que yo escribía, los cuentecitos delirantes para vacilar con mi hermano, cambió. Ya no me interesaba sino estar en contacto con ese universo que Kafka acababa de descubrirme y que existía en el fondo de mi persona. No me inicié en la escritura teatral sino más tarde, cuando estaba terminando mi formación en la École Nationale. Hoy en día la gente me conoce como dramaturgo, pero tengo la impresión de que todo mi trabajo teatral no será sino un preámbulo que me permita zambullirme en la escritura de novelas.

Tomado de Wajdi Mouawad, Ni el sol ni la muerte pueden mirarse de frente, México, Jus-CNT, 2009. (Jean-François Coté, Architecture d’un marcheur. Entretiens avec Wajdi Mouawad, Montréal, Leméac, 2005. Selección y traducción: Felipe Garrido.)
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  1. YELENA dice:

    Buenas tardes. Es muy interesante. Muchas gracias. Yelena. Rusia.

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