Un dramaturgo se define
No estoy seguro cómo se pusieron de acuerdo, sobre qué se pusieron de acuerdo las sociedades del pasado, para que el mundo resultara ser como es. Y vivo con la sensación de sufrir siempre apnea. Como si la existencia consistiera en atravesar lo que tenemos de vida reteniendo la respiración el mayor tiempo posible, para evitar los estragos.
Estragos que no puedo nombrar. Los sufro como una erosión interior, y no conozco su causa. Lo que veo en la calle, lo que leo en los diarios y lo que veo en los escenarios teatrales no me da respuesta; al contrario, aumenta mi confusión que se debe, pienso, a mi dificultad para plantearme la pregunta adecuada. Lo que hoy anhelo es la claridad. Por claridad no entiendo facilidad, sino limpidez. Ahora, me parece que si no sé plantear las preguntas es porque hay una manera de transmitirlas, de generación en generación, que se ha perdido. Cuando observo a la gente de mi edad, veo que cada quien se hace su propia idea de las cosas. No sé qué es lo que tengo en común con ellos. Es grande la tentación de olvidarlo todo y deslizarme en la corriente. Pero quisiera resistir aún. Aunque sepa que mi resistencia es vana y que de todos modos la corriente me arrastrará. Entonces, ¿para qué resistir?
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Quisiera arriesgar. Anclarme, atarme a un punto de vista respecto al mundo. Dejarme manchar por la existencia como un vaso de vino mancha para siempre el mantel blanco. Tomar riesgos al pensar en voz alta ante otros. Tal posición me parece soportable. Procurar, por todos los medios, agrietarme los ojos para ver, para ver bien la situación, mi situación. Nací ciego. ¿Cómo, pues, lograr que revienten estos ojos que me obstruyen la mirada? Viendo. Desarrollando una especie de videncia mediante la creación de un objeto que no existe en la naturaleza. Es el modo en que lo hacen esos que uno llama, a falta de algo mejor, los artistas.
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Las grandes obras parecen callar un secreto. Me perturbó encontrarme frente a El nacimiento de Venus, de Botticelli, cuando tuve la oportunidad, hace algunos años, de contemplar el cuadro durante más de treinta y cinco minutos, totalmente solo, en el gran salón donde está expuesto en la galería de Los Oficios, en Florencia. Para lograr eso, hace falta llegar muy temprano en la mañana, ser el primero en la cola, comprar el boleto y, en cuanto abran las puertas, sin mirar a derecha ni a izquierda, atravesar las mallas de una impresionante red urdida con obras de Veronese, Caravaggio, De Vinci, Giotto, Rafael y Miguel Ángel, subir los dos pisos e ir directamente a los Botticelli. Uno estará tranquilo durante un tiempo más o menos largo, hasta que los otros visitantes lleguen a su vez. Tuve para mí más de treinta y cinco minutos. Es una relación de otra clase la que se establece entre uno y el cuadro cuando uno está solo ante la tela. Y aun más cuando, como en ese caso, el sujeto te mira. Aquel día yo estaba solo frente a Venus. Puedo decir que nos miramos. Me atrevo a decir que estábamos muy emocionados, los dos. Vi a Venus tal como nos la reveló uno de los más grandes pintores del Renacimiento. Allí estaba ella, con su fragilidad, su desnudez. Una desnudez que uno no sabe si los ángeles y el hada que están a sus lados quieren cubrir o si, por el contrario, acaban de desvelarla apenas, para exhibir esa belleza imposible. Nada, en el movimiento de los velos, responde a esto. Pero yo, que disfruto tanto hacer que los cuadros hablen según mi conveniencia y el grado de mi fantasía, yo estaba emocionado profundamente, por la mirada de Venus, triste, ligeramente desolada. ¿Por qué me parecía tan triste su sonrisa? Tal vez porque allí, delante de mí, me hacía sentir, inflamando mi sensibilidad, que su belleza no salvará el mundo. Que la transparencia de su piel, la gracia de sus líneas, la dulzura de sus ojos, la llama de sus cabellos no podrán impedir las masacres ni los exilios. En ese cuadro percibí la necesidad de ir allí donde es patente el fracaso. De regresar al lugar mismo del fracaso. ¿Por qué? Justamente porque es en el fracaso, es allí, en ese lugar, donde la poesía encuentra su sentido y su razón. Venus, vuelta de su sorpresa, decide pese a todo nacer, como una manera de vencer en el momento de perderlo todo: la belleza no salvará el mundo, pero habrá surgido en el corazón del hombre. Venus nace para dar testimonio de ese surgimiento.
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Lo que cambia el mundo son los hombres y las mujeres que lo dirigen. El arte puede describir cómo vivimos. Puede presentar al espíritu humano un atajo para hacerle tomar conciencia de su situación. El arte pone al día nuestra imagen. La calidad de nuestros sueños. A quienes se miran en ese espejo es a quienes corresponde decidir si quieren actuar o no.
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A pesar de que la gran mayoría de nosotros vivimos con una angustia que no acertamos a relacionar con nada preciso, quienes tienen la palabra, en los medios y a través de los medios, generalmente se expresan con un cinismo terrible. Sin embargo, la gente está angustiada. ¿Por qué responder a la angustia con el cinismo? He ahí una cuestión que revela un asombro. Eso me asombra. Me siento extranjero a esa actitud. El cinismo, lo veo en el tono que se emplea, cuando el humor y la ironía son puestos al servicio de quien habla para aplastar a aquél de quien se trate y que no tiene la palabra. El cinismo, lo veo también en las contradicciones de aquellos que, siendo cínicos, no advierten que lo son, porque la máquina (diario, libro, tele, teatro) que les permite serlo está pervertida por sus necesidades innobles (como la venta, el monopolio del pensamiento). Es algo que me asombra. Es algo a lo que, lo digo de nuevo, no puedo adherirme porque es totalmente extranjero a lo que yo soy. Siempre me pregunto si estas personas están ciegas y por lo tanto son víctimas, o bien, por el contrario, si están conscientes y por lo tanto son colaboradores de esta máquina, y en consecuencia totalmente cínicas.
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Quiero permanecer asombrado. Si uno se pregunta en el presente qué es este asombro, cuál es su fuente, creo que su origen es la poesía. Amar la poesía permite, ayuda a permanecer asombrado.
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¿Cómo puede el asombro encontrar su camino? Por la ira. Descargando la cólera, pese a los yerros que puedan deslizarse en eso. Convertirse en un bárbaro. No ser conciliador. Para permanecer en ese asombro esencial.
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Nuestra imposibilidad de soñar nos ha enajenado. Hemos hecho abortar, en nosotros mismos, toda posibilidad de permitir que cada quien elija la vida que le conviene, sin necesidad de que nadie se suicide. El compromiso es precisamente el valor de elegir su vida; tal como se agite en nosotros.
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¿Puede uno reprochar a los actores el razonamiento que los impulsa a decirse: Hago publicidad, gano un montón de plata, y así podré después hacer el teatro que quiero? A pesar de la perversidad de tal razonamiento, es imposible no comprenderlo.
Ese razonamiento es perverso porque nos lleva directamente a ese consejo que padres bien intencionados prodigan a sus hijos: Estudia medicina o arquitectura, asegúrate el futuro; ya después harás teatro. Como si el teatro, o la creación, fuera un animal domesticable que dócilmente se dejara llevar. El arte es un tigre dientes de sable hambriento que entra de pronto a la casa. Intenta calmarlo. Sucederá una de dos cosas: va a devorarte o vas a matarlo. Ser artista hoy en día, en cuanto a mí concierne, es aceptar que el tigre nos devore para devenir, en el vientre del tigre, ¡un tigre! En ese sentido, todo razonamiento que pretenda hacerme creer que puedo ser un tigre dientes de sable de medio tiempo, me parece que es una perversidad.
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El actor no se dirige al espectador… El actor se sabe visto. Se dirige a su compañero de escena. Si uno retoma la situación del ciudadano respecto a su país, de acuerdo con la metáfora del teatro, ¿quiénes son los espectadores? Creo que son las generaciones por venir; uno representa su país ante las generaciones por venir. Por nacer. Ellas nos contemplan sin que estén aún aquí, al través de nuestros propios ojos. Yo creo en esta idea de la transmisión que pasa por lo invisible por venir. Si no hay representación, cuando no hay encarnación, cuando los ciudadanos no saben qué encarnar, qué van a interpretar, ¿qué espectáculo podrán dar a los niños que los seguirán?
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