Publicado en: Mie, jul 8th, 2009

Vasconcelos 2009

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Felipe Garrido

vasco Vasconcelos 2009

En abril de 1984 se celebró en México el XXII Congreso de la Unión Internacional de Editores. Excepto por una conferencia inicial de Carlos Fuentes, en principio no estaba programada ninguna ponencia de un editor mexicano. Llevé mi escándalo a los organizadores, y me dieron mi merecido: “Si tanto te preocupa, habla tú”. Por primera vez me ocupé en público de la urgencia de formar más lectores. La necesidad de formar más gente que, allende lo que día con día se lee por necesidad y obligación, dedique un tiempo a la lectura por el simple placer de leer. A partir de entonces, a formar lectores he dedicado buena parte de mi vida. De Punta Arriaga, en la costa de Chiapas, a San Felipe, donde termina el Golfo de California, ciudad por ciudad, pueblo por pueblo, incontables veces he hablado con padres de familia, alumnos, maestros para leer con ellos y para insistir en la necesidad de leer. Lo he hecho siempre bajo la sombra tutelar de José Vasconcelos.

José Vasconcelos fue nuestro primer secretario de Educación durante dos años y ocho meses, de octubre de 1921 a junio de 1924. Se dice que en ese tiempo –y no hay razón para dudarlo– ochenta de cada cien mexicanos no sabían leer ni escribir. El país había sido arrasado por la Revolución. Hacía falta reconstruirlo. Hacía falta otra revolución, que hiciera de una cultura común el eje de una nueva nación, consciente y alerta. Las batallas de Vasconcelos se libraron en muchos frentes: las misiones culturales, la valoración del arte indígena, la construcción de escuelas, los muros pintados, las conferencias en fábricas, los conciertos al aire libre, las bibliotecas, las clases de arte para obreros, el ejército de estudiantes alfabetizadores, las escuelas rurales, la edición de revistas y de libros…

Como ha dicho José Joaquín Blanco, “la redención mediante la educación exigía el esfuerzo coordinado de tres misioneros: el maestro, el artista y el libro: más aun, cada uno de éstos debía ser también los otros dos: un triple misionero”.

Manuel Gómez Morín, Carlos Pellicer, Vicente Lombardo Toledano, Julio Torri, Daniel Cosío Villegas, Miguel Palacios Macedo, Narciso Bassols y muchos más fueron maestros, conferencistas, traductores, alfabetizadores… También hubo algunos intelectuales llegados de otros países, como el peruano Raúl Haya de la Torre, el dominicano Pedro Henríquez Ureña, la chilena Gabriela Mistral… El propio Vasconcelos salió a la calle, sábados y domingos, para repartir libros. Cuenta Cosío Villegas:

Vasconcelos, muy típicamente, jamás se cuidó de prevenir a las autoridades del lugar de sus visitas, en buena medida porque le resultaba insufrible la idea de la banda municipal, la fila de estudiantes primarios y el contingente indio acarreado a la fuerza. Más que nada, sin embargo, por disfrutar la sorpresa de llegar de incógnito al pueblo, sacar los libros de la cajuela, encaminarse a la escuela o al ayuntamiento y decir: “Aquí les traigo esto que les hace falta”.

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Nada hizo Vasconcelos más importante que poner libros y revistas en manos de gente que no los había tenido. ¿Cuáles libros? La colección emblemática es la de los celebérrimos clásicos, que en teoría serían más de cincuenta y en la práctica fueron sólo diecisiete: la Ilíada y la Odisea; Esquilo y Eurípides; tres tomos de Platón; los Evangelios; dos tomos de Plutarco; la Divina comedia; Fausto, de Goethe; Selecciones fundamentales, de Tagore; las Vidas, de Romain Rolland; Plotino, y un tomo de Cuentos de Tolstoi.

A pesar de las exageraciones tanto de Vasconcelos como de sus enemigos, que hablan de cincuenta, cien mil, millones de ejemplares, los tiros deben haber ido de unos diez mil, a los apenas ochocientos de Plotino, según se lo contó a Alí Chumacero Julio Prieto, hijo de Valerio Prieto, quien tuvo a su cargo la tipografía y las ilustraciones de muchos libros publicados por la SEP en ese tiempo.

Como quiera que fuese, la influencia de los clásicos se extendió por el continente y ha llegado a nuestros días. Un posible eco literario: el viejo librero catalán que en Cien años de soledad regala libros de Séneca y de Ovidio a los alumnos de primaria y del cual dice García Márquez: “su fervor por la palabra escrita era una urdimbre de respeto solemne e irreverencia comadrera”.

-La SEP publicó otras colecciones:

-La de Tratados y Manuales, que hasta julio de 1923 comprendía seis títulos. Entre ellos, el Tratado de dibujo de Adolfo Best Maugard, y el primero –y único– tomo de los Principios críticos del virreinato de la Nueva España, de Agustín Rivera.

-La de Textos para las Escuela Primaria, que incluía, entre otros títulos, la Historia patria de Justo Sierra.

-Y los Folletos de Divulgación, donde aparecieron lo mismo Las cactáceas en México, de Isaac Ochoterena, un libro profusamente ilustrado que valía 2.50, hasta el Silabario, de Rafael Ramírez, que se vendía en diez centavos. Los clásicos valían un peso.

Algunos editores dijeron que el Estado competía deslealmente con ellos –lo siguen diciendo–. Vasconcelos contestó que sus ediciones formarían lectores y que eso iría en beneficio de los editores –hoy no hay quien sostenga esa respuesta, que es verdadera–. A partir de 2001, la SEP dejó de producir libros y abandonó el país a las fuerzas del mercado. Que los gobiernos hayan renunciado a su tarea rectora –ahora lo sabemos– es una de las causas centrales de la insidiosa crisis económica que padece el mundo. (Por otra parte, no se olvide que Vasconcelos también compró enormes cantidades de libros a los editores privados).

Hubo dos libros más, que aparecieron después de que Vasconcelos dejó la Secretaría, pero que se prepararon durante su gestión: Lecturas clásicas para mujeres, compilado por Gabriela Mistral, y Lecturas clásicas para niños.

La población masculina había sido diezmada. Vasconcelos abrió el magisterio a las mujeres –antes se habían ocupado sólo de los jardines de niños– y eso, por primera vez, les permitió tener una función importante en la vida política del país. Lecturas clásicas para mujeres buscaba orientar a esas maestras, en quienes resaltaba ante todo las virtudes maternales. Es posible que ahora no fuera considerado un libro progresista, pero en su tiempo lo fue.

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Los dos tomos de Lecturas clásicas para niños son uno de los mayores aciertos editoriales y uno de los más hermosos libros que se han producido en México. Se quería ofrecer un manual de lectura que no quedara por debajo de las posibilidades de la imaginación infantil. Según dice el Prólogo, la obra incluye “las más bellas ficciones que han producido los hombres”. Los textos fueron seleccionados y adaptados por dos equipos de redactores. En el primer tomo, Gabriela Mistral, quien tenía 33 años en 1922, Palma Guillén (24), Salvador Novo, que era el más joven de todos, con 18 años, y José Gorostiza (19). En el segundo, Jaime Torres Bodet (20), Francisco Monterde (28), Xavier Villaurrutia (19) y Bernardo Ortiz de Montellano (23). Las primorosas ilustraciones son de Roberto Montenegro, el mayor de todos, con 35 años –sin contar a Vasconcelos, que tenía 41–, y Gabriel Fernández Ledesma (22). Resalto su juventud. Otros jóvenes como ellos se ocupaban de reconstruir el país. A pesar de las terribles condiciones en que vivía México, a nadie se le ocurrió que tenía que traer de fuera a redactores, traductores, ilustradores… Del mismo modo que a nadie se le ocurrió rechazar la ayuda de quienes llegaron del exterior.

Los dos tomos incluyen, en orden cronológico, leyendas de la India; cuentos de las Mil y una noches; episodios de la mitología griega, de la Ilíada y la Odisea; pasajes bíblicos, del Cid y del Quijote; leyendas francesas y alemanas de la Edad Media; un milagro de San Francisco de Asís; El rey Lear y La tempestad; cuentos de hadas; leyendas prehispánicas; episodios del descubrimiento de América y de la caída de Tenochtitlan; vidas de los insurgentes de Iberoamérica; cuentos de Tolstoi, Wilde, Tagore y Schwob. La literatura del mundo, seleccionada, adaptada e ilustrada por una chilena y nueve mexicanos.
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